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lunes, 24 de febrero de 2020

Entre el Cielo y la Tierra, pintando mis deseos...

Deseos, deseos, deseos...

Estoy sentada en el suelo, frente a un papel gigante en blanco donde voy a intentar “crear” un collage en el que dibujaré mis deseos. Me siento como una niña, con tanta libertad para soñar y desear como tuve de niña. 
Deseos.  Deseos. Deseos.
No he dejado de desear ni un sólo día de mi vida, como no he dejado de soñar desde que me creció la niña. Deseos. ¿Cómo se ordenan los deseos, cuando todos son tan importantísimos y urgentes que trotan en tu corazón y afloran sobre el brillo de tu mirada? Debo pintar un collage porque mis deseos piden su lugar y sus colores, para que yo pueda contemplarlos y seguir llamándolos a mi vida cada mañana cuando despierte. Miro las revistas que nos han dejado para recortar. Busco las palabras que más me gustan para poner en mi collage. Recorto la palabra “magia”: magia con mayúsculas, tal como la deseo, porque voy a necesitar mucha magia en este sueño.
Dibujó a papá y mamá; están en su casita del campo, felices porque el cáncer de papa ya es muy pequeño y el corazón de mamá duerme mejor y eso hace que se sienta más tranquila y reparada de casi todos sus dolores.
No voy a dibujar a mis hijos, porque mi único deseo para ellos es que puedan dibujar un día su propio collage de los sueños y cumplirlo. Sólo deseo que sean siempre lo que sueñen SER.
Dibujo mis propias manos, porque ellas van a ser las que me ayuden a vivir este sueño. Primero sigo el contorno de la mano izquierda, apoyando la palma sobre el papel. Después hago lo mismo con mi mano derecha. Una mano ayuda a la otra, una mano pinta a la otra.  Recuerdo, que ya hice esto mismo más de una vez cuando era niña.
Pinto un árbol que florece junto a un huerto que empieza a dar sus frutos. Voy a cuidarlos para que crezcan y nos podamos alimentar todos en casa de ellos.
Amo lo natural, lo sencillo, lo que nace de mis manos,  lo que nos ofrece la tierra. Quiero vivir de lo que nace de mis manos: los masajes, mis terapias y el mundo que a menudo escribo aquí o en un papel y ahora estoy plasmando en mi collage de los deseos.
Empiezo a pintar mi arco iris. Nace justo del sol, por eso predomina el amarillo en él. Ahora sé que debo concentrarme mucho porque voy a dibujar a mi amor. El amor, hasta ahora, no ha sido nada sencillo en mi vida. Por eso, ahora DECIDO que esté sobre el arco iris: para que tenga mucha fuerza y mucha luz y color. Para que nazca en lo más alto del Cosmos y vaya del Cielo hasta la Tierra y de la Tierra hasta el Cielo.
Vamos juntos de la mano, mi amor y yo. Cada uno lleva en la otra mano sus tesoros. Me gusta mucho este amor; sé que aún no lo conozco del todo bien y sin embargo, siento que lo conozco desde siempre. Ojalá él también quiera conocerme mejor y si le gusto mucho, subir conmigo al arco iris. Estoy ilusionada como una niña. 
Ahora soy de nuevo mi niña-mujer del corazón. Ahora, tengo un collage precioso en mi habitación hacia el que dirijo mi intención cada mañana.
La vida es pura MAGIA
Y yo, llevo una MAGA en las entrañas



martes, 3 de agosto de 2010

La casa del viento

"Circ de Colomers" Imagen de Josep Tomàs, Thunthershead en Flickr


Se había levantado caminando de puntillas, tarareando una musiquilla para si misma como cuando era niña. Tuvo la sensación de que empezaban a quedar atrás aquellos días de tristeza, que habían estado atormentándola desde que él se había marchado de su lado. 

Volver a despertar en aquel lugar era como una liberación para el espíritu, una sensación de auténtica armonía al reencontrarse con los recuerdos de la infancia, con la quietud de la montaña, escapando de los días grises que en la ciudad se solapaban haciendo que todo pareciera siempre tan igual y monótono. 
Aquel fin de semana iba a ser diferente, había regresado después de mucho tiempo a la casita de la montaña. El lugar donde sus padres veraneaban. 

Le encantaba conducir por aquellos caminos, se sentía feliz y segura. Avanzaba veloz, con la ventana bajada sintiendo como el aire golpeaba su rostro. Había aún rincones cubiertos por las últimas nieves y la luz del sol penetraba a través de las sombras descubriendo aquel bosque que empezaba a despertar del largo letargo del invierno. 

Aquella mañana se respiraba un frescor diferente, crecía un rumor a su alrededor y una brisa muy suave, como de primavera, se enredaba entre las ramas casi desnudas de los árboles. Era como si todo se preparara para recibirla y esa mañana de febrero, se podía sentir su aroma ya flotando en el aire. 

Paró el coche en un claro soleado del bosque para que sus hijos jugaran. Empezó a correr tras ellos intentando atraparlos, pero se escabullían retorciéndose entre risas porque ella nunca los alcanzaba. Ya cansados de jugar, se sentaron en la hierba para desayunar. Después caminaron hacia un mirador que quedaba allí cerca y recogieron piedras pequeñas del suelo para tirarlas al vacío. 

Aquel mirador era el lugar favorito de su infancia, el escondite secreto donde con sus amigos pasaba las horas buscando fósiles, tirando piedras al vacío y gritando sus nombres contra el eco de las montañas. 

“La casa del viento”, así habían llamado a ese lugar desde niños. Una casa abandonada, sin puertas ni ventanas donde circulaba siempre el viento a su antojo y la montaña se vertía inmensa y solitaria a sus pies. 

Recordó el día en que habían encontrado allí mismo un muerto tirado sobre la hierba; un ajuste de cuentas, un preso acuchillado que alguien había abandonado sin compasión en el mirador, a los pies de la casa. 

Desde entonces las gentes del lugar le llamaron “La casa del hombre muerto”, pero para ellos siguió siendo siempre la casa del viento y allí regresaban a escondidas de sus padres que ya no les permitían volver como antes a aquel extraño lugar. 

Lucía estaba sentada cerca del borde del mirador con sus hijos, contándoles aquella historia, cuando de repente, vio que subía un coche por la carretera. Llevaba algo enorme de colores amarrado sobre el techo: era un ala delta. 

Se emocionó al instante relacionando aquella visión con la aventura de un día de su infancia. Se levantó rápidamente, cogió a los niños de la mano y se los llevó hacia al coche mientras les decía: 

-Hoy es nuestro día de suerte chicos… ¡Vais a ver volar! 

De niña, subía en bicicleta con sus amigos por aquellas carreteras, aunque por aquel entonces no estaban aún bien asfaltadas. Solían inventar que eran los protagonistas de la pandilla de una famosa novela juvenil. 

Un día, mientras estaban en la casa del viento planeando nuevas aventuras, vieron como subía una furgoneta grande por el camino de tierra. Llevaba un ala delta amarrada sobre el techo y se dirigía hacia el montículo que quedaba frente a ellos. Uno de los chicos se levantó diciendo: “¡Vamos a ver lo que hacen!”. Y cogieron sus bicicletas y se pusieron en marcha pedaleando con fuerza. 

Aún no imaginaban que iban a contemplar cómo alguien se lanzaba al vacío con aquel gran pájaro de colores. 

Por fin llegaron sin aliento al montículo y allí se encontraron con unos hombres jóvenes desplegando el ala delta sobre el suelo, preparando todo para la gran hazaña. Tardaron más de una hora en montarla. Había uno de ellos que caminaba con el brazo extendido hacia arriba, mientras sostenía en su mano un extraño aparato. Cuando los muchachos le preguntaron que hacía, les dijo que estaba midiendo la velocidad del aire y aquel instrumento emitía unos ruiditos agudos mientras él caminaba sosteniéndolo. 

Lucía y sus amigos miraban intrigados mientras seguían haciendo más preguntas al joven. Los demás parecían demasiado ocupados montando el gran pájaro de colores. Eran gente agradable, procedente de diferentes puntos de la comarca. 

Cuando todo estuvo listo, el joven se acercó a ellos y les dijo: “Bueno muchachos, si os quedáis ahí bien quietitos podréis ver como me lanzo con mi ala delta y vuelo bajo vuestros pies, pero sobre todo no os acerquéis demasiado al precipicio”. 

Estaban emocionados, aquello si era una aventura de verdad. 

El joven sonreía radiante, todo estaba preparado y su pequeño público lo esperaba lleno de ilusión. Se acercó hasta sus compañeros y los abrazó, después se situó en una especie de soporte que había en el interior del ala y les guiñó un ojo a los chicos, mientras levantaba el dedo pulgar en señal de listos. Ya muy cerca del borde del precipicio, inspiró profundamente mirando hacia el cielo. 

Todos estaban paralizados esperando el momento de la caída cuando finalmente, hizo una pequeña carrera respirando de nuevo con ansias y se lanzó al vacío… 

Unos instantes después un grito salvaje inundaba el valle. Era un grito impresionante que rebotaba contra su propio eco y volvía velozmente a oídos de aquel público entusiasmado. Todos empezaron a aplaudir, y de repente, Lucía sintió como se le erizaba el vello al escuchar aquel sonido humano dominando la montaña. Fue entonces cuando empezó a pensar que un día ella también lo haría; se lanzaría al vacío y gritaría bien fuerte, sintiendo aquella sensación de libertad y descubriendo el placer de oír su propia voz rebotando en las montañas, mientras planeaba en el aire sobre el valle. 

Y muchos años después de aquel día de su niñez, estaba de nuevo allí; con su niña de ayer, con sus niños de hoy, viendo como alguien se lanzaba de nuevo al vuelo poniendo la piel en tan apasionante aventura. 

Esta vez era una mujer. Morena, de estatura pequeña y aunque no aparentaba ser demasiado fuerte, se movía con energía y parecía muy valiente. 

Lucía sintió una gran envidia, cerró los ojos y pudo imaginarse así misma lanzándose al precipicio con sus alas de colores. Imaginó también como saldría de su pecho aquel grito salvaje, mientras vería la sombra de su silueta reflejada en la llanura. 

Y aterrizó de su propio sueño, justo a tiempo para ver el salto. 

Sus hijos aplaudían entusiasmados, tal como ella había hecho 22 años atrás. Esperó impaciente el grito, sabía que lo oiría de nuevo… 

Apenas transcurrieron unos segundos cuando se estremeció de pies a cabeza al sentir la voz de la mujer desgarrando el silencio de la montaña. 

- ¡Es el grito de la libertad! -les dijo con entusiasmo a los niños. 

Y sintió que empezaba a vivir la suya propia, saboreándola como nunca antes lo había hecho. Tantos años que habían pasado y aún no había aprendido a volar. 

Y esa mañana de febrero, mientras el viento volvía a golpear su rostro al borde del precipicio y la primavera ya era un presagio, se atrevió a pensar que aún no era demasiado tarde para hacerlo.




Aquella noche en sus sueños 
Su corazón quiso volar 
Sentir el canto de los valles 
Y con sus alas inmensas multicolores 
Surcar el viento 

mayde molina

viernes, 18 de junio de 2010

El mundo de Daniela




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Hace años que trabajo como terapeuta, de lunes a viernes, en la una unidad de oncología de uno de los hospitales más grandes de Barcelona.
Cada día unos cuarenta pacientes acuden hasta allí, en mi turno de trabajo, para someterse a un tratamiento con radiaciones ionizantes, que hará que sus cánceres se reduzcan para poder de ese modo operarse, o bien se eliminen porque aún son lo suficientemente pequeños para ello, o acaso se paralicen por un tiempo que nadie nunca sabe, y así poder ganarle horas y un sentirse mejor y con menos síntomas antes de tener que partir hacia el último viaje…
Hace unas semanas que tratamos a Daniela, una chica invidente de 33años.
Los especialistas nos han contado que no tiene muy mal pronóstico, porque ya ha sido operada y sometida a quimioterapia, aunque la gente joven siempre corre mayores riesgos de recaída, ya que sus células tanto las buenas como las malas responden locamente al ritmo de las hormonas, que como ríos de muerte o vida a veces hacen que todo se acelere inevitablemente.

Ahora la radioterapia va incrustando, entre las células más diminutas de las mamas de Daniela, pequeños martillos invisibles que tratan de destruir a golpe de rayo duro cada átomo que no ven nuestros ojos de ese cáncer maldito. De ese cáncer que hoy creo firmemente, que jamás podrá vencerla.
Porque Daniela es vida pura y la vida, sin duda, llama siempre a la vida.
Ella llega cada mañana y desprende ante todos nosotros la luz que no pueden ver sus azules ojos. Siempre alegre, nos da las gracias mil veces por nada que le hagamos, por cualquier pequeño detalle de afecto que le demostremos.

Hoy me ha pedido extender sus manos para palpar lentamente mi cara y así poder saber “cómo soy yo”. Después de palparme ha dicho sonriendo: “lo sabía, eres linda como tu voz”
Creo que ha notado entre sus dedos la humedad de esa lágrima que se deslizaba sin remedio por mi mejilla.
Me ha vuelto a dar las gracias, mientras yo me quedaba allí muda, parada frente a ella.
Daniela es mejicana y está sola en España. Su única compañera es Joy, una preciosa perra guía que la acompaña todos los días y se tumba a esperarla con la carita triste, frente a la puerta cerrada de la sala de tratamiento, hasta que ella sale agarrada de mi brazo, después de la sesión.
Daniela conoce y habla perfectamente 5 lenguas, trabaja de intérprete en una de las universidades de la ciudad,  sueña con acabar pronto su tratamiento y también con poder quitarse ese pañuelo azul que cubre su cabeza, porque su cabello empieza a crecer después de haber finalizado todas las quimios que le quedaban pendientes.
Este verano quiere viajar a Méjico para poder pasar las vacaciones junto a su familia y sus amigos de siempre.
Cada mañana, cuando Daniela se marcha sonriendo, me deja el corazón en un puño y me paso parte del día recordando su valor y su fuerza, su rostro rápidamente atento hacia el sonido de la voz humana que le hable en cada momento. 
Pero hasta hoy, después de que Daniela recorriera con sus manos los relieves de mi cara, no he empezado a pensar en la escasa importancia que tienen muchas de las cosas que a veces tanto me preocupan.
Como que el amor se haya marchado de mi lado, o que tal vez este año, no tenga dinero suficiente para marcharme cerca del mar de vacaciones, que mi hijo ha suspendido dos asignaturas, o que mi tristeza a veces se vuelva amarilla como el sol de las doce de la mañana y luego por la tarde se desprenda de mí y deje de pertenecerme y mi pequeño mundo vuelva a ser un lugar de tránsito agradable.
Y aunque no siempre sepa lo que quiero, ni lo que busco o lo que mejor me conviene, o ni siquiera hacia donde me dirijo cuando camino…  mis ojos pueden ver cada detalle del mundo que Daniela solamente puede tocar con sus manos y escuchar con su afinado oído mientras sonríe radiante y verdadera, como un ángel lleno de esperanza.
Y después de esas reflexiones he cerrado los ojos,   he dado gracias al cielo y he soñado que me parecía un poquito a Daniela, al alma azul de Daniela a su alegría, a sus manos blancas.

domingo, 28 de marzo de 2010

La lluvia milagro





Recuerdo todavía aquel verano en Andalucía. Era el mes de agosto y estábamos pasando nuestras vacaciones en un pequeño pueblo de Córdoba donde vivía casi toda mi familia.
Mi abuela tenía una higuera enorme y vieja en el patio de su casa y un sinfín de macetas con flores inundando las paredes y los rincones de color.
Siempre pensé que ella tenía la fuerza de adivinar cada uno de mis pensamientos si se lo proponía y en sus ojos claros, aun cuando ya se hizo muy mayor, seguía chispeando el fuego y la brisa de una mirada limpia y sin trampas.
Aquel verano descubrí, que le habían salido un montón de arrugas en torno a los labios y más tarde comprendí que no habían sido repentinas, como a mi me pareció en aquel momento, sino que cada una de ellas había crecido con el tiempo, surcando un camino tenue en torno a su boca. Dejando la huella de los silencios y del dolor que había contenido en el transcurso de aquellos difíciles años apretando bien fuerte los labios.
Las tardes más calurosas, yo solía dormir una pequeña siesta bajo la higuera. Un día me despertó su voz canturreando feliz, sólo porque estaba empezando a llover.
La miré sorprendida ante aquella repentina dicha y entonces ella me explicó, que aquello si que esra un verdadero milagro en Andalucía.




Y sacó rápidamente los cubos de metal al patio y al poco rato, un sonido tintineante empezó a repicar en su interior mientras las gotas caían y los llenaban haciendo música con el agua.
A lo largo de aquel verano, hubo alguna tarde más de lluvia; a veces era una lluvia rocío muy finita, que llenaba las hojas y las flores de gotitas brillantes y minúsculas y otras era un lluvia brava y torrencial, que encharcaba completamente el patio y chorreaba surcando como pequeños ríos por el viejo tronco de la higuera.
Pero siempre, después de la lluvia, el cielo se despejaba y la tarde se teñía de colores, mientras mi incansable curiosidad le volvía a preguntar a ella por qué se había puesto de repente el cielo de aquella manera y las nubes en torno al sol lucían tan anaranjadas…
Y mi abuela me contaba, guiñándome un ojo, que aquello simple y sencillamente era magia. Que había alguien allí arriba pintando con su paleta el cielo, solo por el placer de que los humanos pudiésemos ver con nuestros ojos aquella hermosura desde la tierra, Y yo, por aquel entonces bastante conformo con la explicación sonreía también y me imaginaba aque Dios pintor que con la bata y las manos llenas de manchas coloreaba la tarde a su antojo.
A veces, mi fantasía me llevaba a imaginarme hasta a su madre… Que tal vez lo regañaría, como hacía conmigo la mía cuando me ensuciaba las manos y la bata con las témperas, tratando de dar color mis pequeños mundos de garabatos, sobre el papel que más tarde mi abuela colgaría orgullosa en las paredes de su casa.
Una de aquellas tardes intensamente rojas, nos tumbamos las dos bajo la higuera, mirando solamente las nubes, hasta que vimos aparecer en el cielo la primera estrella despuntando.
Entonces ella me contó que aquella estrella era “el Lucero del alba”, porque era el astro que más brillaba cuando empezaba a caer el sol y ya no desaparecía hasta bien entrada la luz de la mañana.
Hoy, que sé que no era una simple estrella sino que se trataba del planeta Venus, recuerdo que le pregunté a ella aquella tarde, quien había decidido que fuese justo “el Lucero” la primera y la última estrella que debía brillar en el cielo. Ella contestó muy seria, que por supuesto también era Dios.
Yo sonreí de nuevo sorprendida y ella entonces me dijo, que tenía los hoyuelos de Venus en las mejillas cuando me reía y que eso iba a regalarme sin duda una vida afortunada.
………………..
Ahora estoy contemplando de nuevo Venus; sus destellos por momentos se están tornando anaranjados, veo a través de la ventana los matices de su color y pienso que eso sucede porque está tan cerca del sol que es capaz de reflejar los tonos de éste en el ocaso.
Hace una hora que quedó atrás tu Nueva York y estamos volando ya a más de 5000 pies de altura.
He visto los rascacielos de la gran manzana, transformarse en pequeños rectángulos grisáceos, destacando tímidamente entre las últimas luces de la tarde…
Y aunque resulte gracioso pensarlo, ese monstruo de ciudad que a la altura de nuestros ojos parecía tan grande y poderosa apenas se asemeja a un montón de juegos Lego para niños desde aquí arriba. Una ciudad de juguete, hecha de plástico duro, que se ha ido perdiendo sin más bajo mi vista.
Y tú, que me decías el otro día cuando paseábamos juntos por las grandes avenidas, sintiéndonos bien pequeños a su lado: “Fíjate… esos rascacielos… hieren el cielo como flechas...”
Hoy apenas he visto sus flechas tres segundos antes de que se perdieran en la distancia, conforme nos alzábamos entre las nubes.
Ahora volamos sobre el océano; ese inmenso océano que me está separando nuevamente de ti y que me vuelve a dejar en el patio de la casa de mi abuela llorando.

Cómo aquella mañana en que al despertarme salí corriendo a buscarla, con la cara empapada en llanto, porque se habían marchitado durante la noche todos los jazmines que ella había colocado la tarde anterior en mi cabello.
Ella me llenaba la cabeza de tirabuzones; liándome los mechones de cabello entre los dedos, sin ayuda de peines ni de nada más que sus propias manos.
Luego, antes de que oscureciera, yo la ayudaba a recoger las flores aún cerradas del patio y me enseñaba a ensartarlas, una a una en un hilo blanco. Hacíamos adornos para el pelo que ella disponía entre mis rizos y que justo al anochecer empezaban a abrir sus flores desprendiendo un intenso aroma.
Recuerdo la primera vez, que al instante de sentir su olor, pensé que aquello era una forma más de magia…Y respiré muy hondo, sintiendo la fragancia de los jazmines flotando alrededor de mi cabeza. Por eso aquella noche quise dormir con ellos.
¡Cuantos recuerdos, viven aún en mi memoria de aquellos días...!
Por eso será, que aún me gusta tanto el olor de los jazmines y que añoro inmensamente las noches de Andalucía a las que quiero volver contigo…
Para que veas como lucen las estrellas y brilla el Lucero del alba y te inundes con los aromas de las flores mezclándose en el aire de la noche y respires también el olor intenso del aceite flotando sobre los campos y puedas ver las casitas desde el cerro del pueblo, que se ven blancas y brillantes como pequeñas lunas llenas de vida…
Y así, aprendas a reconocer aquella tierra por sus olores cómo yo aprendí a hacerlo cuando era niña.
Y volveré a ponerme flores en el pelo… como aquel verano, cuando cumplí los 9 años.
Ayer por la noche, eran tus manos las que estaban enredadas entre mi pelo, deshaciéndome los rizos que con tanto empeño hiciese mi abuela hace ya tanto tiempo.
Y ahora, ya no quiero sostenerme más en la nostalgia, ni vaciarme frente a estas hojas de mi pensar, sólo me evadiré del mundo, de su realidad… Para ver como nace la noche empezando a salpicar el cielo de múltiples luces pequeñas y brillantes.
No quisiera dormirme en el transcurso del vuelo, no quisiera que me venciera el sueño y cerrar los ojos y perderme todo cuanto se puede ver desde aquí arriba, ni esta, la noche más corta, porque apenas en dos horas estaremos en otro continente y allí serán ya las primeras horas del alba.
….…….
Acaba de amanecer en Europa y el mapa que tengo frente a mis ojos me indica que ya volamos sobre Francia. Miro por la ventana y a pesar de mi tristeza, allí está Venus de nuevo cambiando de continente.
Creo que falta apenas una hora y media para aterrizar en Barcelona, la ciudad donde nací y crecí la mayor parte del tiempo, lejos de mi abuela María.
Y me detengo a pensar si acaso…
Pudiese tener tanta magia como aquel Dios pintor que dibujó con colores las tardes de mi infancia y poner el día boca abajo…
Para atrapar el giro del tiempo y así caerme de nuevo en tu noche, tibia y limpia…
Y ser como la lluvia-milagro que cayó aquel verano en Andalucía.


Lucíabluesindreams

Imagen "Venus y Luna" tomada de Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Lucero_del_alba
Imagen "Invocación a la lluvia" de Teresa "Fábulas" en Flickr: http://www.flickr.com/photos/teresafabulas/3758850554/in/set-72157620825094270/
Relato para la revista "El descensor", si quieres conocer esta revista pincha aquí:


sábado, 27 de marzo de 2010

Cuando José Romero...



Cuando José Romero, miraba por la ventana, con aquellos ojos líquidos que el tiempo había dejado en su carne, uno nunca sabía donde estaba mirando exactamente.

No en vano, hacía ya tanto tiempo que no nos recordaba a ninguno de nosotros, que nos sentíamos extraños bailando en su mundo de sombras y olvido.

Mi hermano ya no quería sentarse sobre sus piernas a darle un poco de apoyo a su desmemoria y mi madre se desesperaba, cuando lo veía alzar el puño en cólera frente a la televisión en blanco y negro de la sala.

Eran épocas difíciles, en que la falsa España progresista, se aireaba tiritando entre las sombras de otra nueva derecha, como volviendo sin remedio a la misma pesadilla mortífera.

Como aquel verano del 36 en que los señoritos del pueblo se pavoneaban en las tabernas de sus gracias, mientras mi abuelo José Romero, regresaba a su casa después de un largo día de calvario bajo el sol imposible de los campos de Córdoba.

Su madre, entre llantos, lo estaba esperando aquella noche para darle la mala noticia: se habían llevado a Juan en un furgón.

Habían ido a la casa preguntando por él después de la siesta y cómo no estaba presente se habían llevado a su hermano Juan para interrogarlo.

Al pobre Juan Romero, que nada tenía que ver con las tretas republicanas que se habían ido alzando tiempo atrás en el pueblo y de las que mi abuelo, había sido el más rojo y encendido de todos. Lo habían ido a buscar a él, a José Romero, y sin embargo, se llevaron al pobre Juan en su ausencia. Y ya jamás supieron de él ni volvieron a verlo, después de aquel verano.

En aquellos tiempos de la España maldita, a veces un desgraciado pagaba la culpa con su sangre por los errores hermanos.

Por eso, cuando mi abuelo, ya muy viejo y cansado de pasado, a pesar de haber sido presa de aquella maldición que ahora andan bautizando con el nombre de “Alzeimer”, cuando veía en la tele de la sala, ensalzados en sus comedias de contra vanguardia, a los hijos de los viejos franquistas disfrazados de políticos de la nueva era derechista, alzaba el puño en alto mientras gritaba poseído por la rabia:

_ ¡Bastardos! ¡Hijos de mala madre! ¡Os llevasteis al pobre Juan y él era un inocente!

Y recuerdo, que mi madre sólo atinaba a decirle al pobre viejo, hecha un completo manojo de nervios:

_ ¡Papá… por Dios bendito! ¡Qué están delante los niños!

Pero él repetía una y otra vez sin hacerle el más mínimo caso:

_ ¡Hijos de mala madre!, ¡Bastardos!, ¡Asesinos!, ¡Cobardes!

Mi abuelo José Romero, murió hace diez años ya de anciano, poco después de haber cumplido los noventa y su memoria se liberó para siempre de los recuerdos de aquellos tiempos malditos.
Lucíabluesindreams

Imagen: "Nostalgia" de Teresa, "Fábulas" en Flickr
http://www.flickr.com/photos/teresafabulas/2909019865/in/set-72157607692260362/


Imagen: "El tiempo es un viaje de escalas infinitas" de Teresa, "Fábulas" en Flickr
http://www.flickr.com/photos/teresafabulas/4170300198/in/set-72157607692260362/