la paz serena y en calma
mi dulce fantasía de colores
el alma volando entre las flores
Prendía secretillos en el aire
O en lo suave de cada blanco de mi almohada
Y solamente a mi linda abuela le contaba
Ella traía los sueños más bonitos de la luna
Siempre a punto para contarme sus dulzuras
Nos sabíamos las dueñas de la gracia de los gitanos
Bailábamos en el patio por alegrías y fandangos
Y hasta cuatro pasitos de flamenco
A veces, nos regalábamos
Nos llevábamos las manos al pelo,
a la cintura, a los volantes de la falda
Y ella siempre sonreía y prometía por su boca
entre risa y canto y zapateo:
Que bailar bien y bonito tan sólo era
Impregnar al aire con el alma entera
Luego llegaba la magia de la noche y sus sorpresas
Vestiditas de nardos y azucenas
Llenas de aromas, de fragancias, de derroche
El cielo ya con una luna brillante, redonda y clara
Iluminaba los pasos de aquel preciso sendero
Y subíamos al cerro cantando y contando sueños:
“Yo quiero ser de mayor…
Bailaora de flamenco Eso, quiero yo...”
Allí en lo alto, siempre me susurraba:
“Las casitas se ven blancas en Andalucía
porque la luna las quiere como a hermanas
como a lunas chiquititas que se duermen en su cama”
Entonces bajo los luceros
que ella misma procuraba con sus vuelos
Me enseñaba a beber las flores y los cielos
y los versos del romance por entero
Se asomaba a sus ojos todo el brillo en un instante
Recitaba con pasión y la voz grande a:
Federico García Lorca…
“Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados”
Luego llegaba el momento de decir lo que caía
Poetividad pura y espontánea, naciéndose en poesía
“Mi niña acuna suspiros de sol y luna junto al pelo
La luna la mira, mira y le regala su cielo”
Y yo reía y reía y así fue como supe
Del alma viva en mí por la poesía
Del embrujo de la noche en Andalucía
Bebiendo sorbo a sorbo de Federico
El primer gran poeta de mi mundo chico
Allí en mi tierna infancia, primorosamente recitado
Bajo el cielo más grande
Un mar de poesía
De la boca de María, mi abuela
En quien yo siempre me sentía:
Alma suya, alma mía, alma del aire ***
*Aquí os dejo, con cariño y recitados, dos de los poemas de Federico García Lorca que más me gustaban y aprendí de niña aquellas noches, con mi abuela María
Volvíamos cada vez, porque mi madre no podía estar sin ir allí, necesitaba cada año revivirse en los recuerdos, pegarse como con pegamento muchas horas a los brazos de mi abuela, sentir el aroma fragante de las tardes, en que se iban abriendo las flores por los patios, y algunas de ellas acababan prendidas al pelo de cada mujer morena, como mi madre también hacía en su melena.
Por eso cada verano estuvimos, mientras yo fui niña, regresando al Sur. A ver a mi abuela y a mis tías y a sentirnos las dos libres.
Mi madre libre, recorriendo las tardes de su juventud, con la única súplica en los labios para mi abuela de: “madre, no me malcríes a la niña”, cuando ella se iba algunas horas, al caer la tarde, a rememorar sus días felices entre el café y las risas junto a sus amigas de añoranzas, tanto las que nunca habían dejado el pueblo, como las que también regresaban a él sólo en verano, igual que hacíamos nosotros.
Ella libre en su cuna de origen y yo libre en el retorno a esa sangre del sur que me llamaba desde muy adentro, haciendo de cada verano una delicia de mi vida, llenándome la libreta de cosas buenas que yo aprendía y hacía junto a mi abuela.
Escuchando desde mi ventana las guitarras, rompiendo el silencio de la noche, los cantos al cantar de los cantares, al cantar de los quereres y al cantar del alma entera.
Y yo me asomaba a ver los bailes y las gentes y miraba las casitas blancas brillando en la noche como lunas pequeñas llenas de vida, y me bebía la luna con los ojos bien abiertos, detrás de la celosía de mi cuarto, que olía a damas de noche, cuando éstas ya se habían quedado completamente abiertas bajo las estrellas.
Tal vez, lo que me pasa ahora, es que me falta el Sur regresándome a la sangre, y que ya estoy necesitando mucho volver a volar para allá, y descubrir en qué camino de en medio del sur a otro lugar, se me perdió la magia y el coraje y se me quedó dormida tras algún sueño la niña del aire.
La niña con las alas abiertas al mundo y a la esperanza, la que podía volar con sus pensamientos a cualquier lugar menos al sol, porque sabíamos mi abuela y yo que el sol quemaba y deslumbraba mucho.
“Figúrate con lo que quema al medio día en nuestro patio, lo que debe ser allí en lo alto del cielo”, me decía ella entre risas.
Y según mi abuela Dios, era un pintor que pintaba la tarde de colores y que también deslumbraba mucho aunque no quemase nada, y a Dios había que rezarle, para que no perdiese su magia y al sol contarle sus leyendas mitológicas, que eran casi tan antiguas como las primeras piedras del mundo, en las que se decía que el sol era el astro que te derretía las alas si te acercabas mucho a él y que te caías otra vez en picado a la vida que habías querido dejar atrás, haciéndote encima tremendo daño.
Y nosotras no queríamos caernos, ni hacernos ningún daño, por eso mi abuela y yo decidimos que nunca volaríamos al sol. A la luna y a la noche sí, y al estreno de la aurora, como en un cuento de hadas, también, pero al sol nunca, jamás.
Ella alguna noche, necesitaba ponerse de rodillas, ponernos las dos juntos y a “cuatro esquinitas tiene mi cama”, como a ella tanto le gustaba, yo muy niña y ella muy maga, rezar para el sol y para que la magia del Dios pintor de mi abuela, siempre lo dejara bien encendido antes de irse a inventar alguna fábula nueva.
Yo llegué a estar en aquella época, completamente convencida de que ella era también maga y que en su mirada azul de lienzo, había un pedazo de cielo contenido pestañeándome, y que en las pequeñas arrugas que rodeaban sus labios, yo de niña nunca lo pensé, pero de mayor ya sí supe, que cada vez que había apretado muy fuerte la boca, había ido invitando año tras año a que se instalasen allí las huellas del tiempo, alrededor de sus labios, que silenciaron tanto el que habían vivido, en los años malos, para que mis ojos niños no supieran aún ni del dolor que había en el mundo ni del llanto de mi abuela.
Ella me hacía viajar por el sueño de los cuentos, de las fábulas, de la prosa de lo escrito bien y bonito para soñar en vida bien y bonito.
Habíamos leído juntas el llanto y el canto de sus poetas andaluces, habíamos recitado sus poemas y luego ella había querido también que rezásemos por ellos, por los que ya no estaban, ni siquiera en el exilio y sin embargo seguían viviendo eternamente entre las letras y nuestros corazones y con toda certeza, según mi abuela, también en el centro de alguna estrella del cielos.
Ella me hizo ser la cuenta cuentos, jugando a explicarle historias de mares y sirenas a una escuela de muñecas casi calvas, de tanto querer yo peinarlas.
Me hizo creer y sentir, que todo era posible si lo hacíamos sueño nuestro. Que un sueño bonito, era un mandato para el cielo, eso me decía, mientras sonreía, completamente convencida.
Ahora retengo en mis ojos su mirada eterna y azul, la plenitud con que me inunda su recuerdo y cada tarde derretida entre sus brazos y el calor de Andalucía, y tal vez sí, sí que es verdad que estoy necesitando mucho, ya volver de nuevo al sur, a ver si allí encuentro la paz de mi alegría otra vez alborotada en el patio de mi abuela, y aunque ella ya no esté, seguro que me inunda su presencia, flotando entre las flores. Y tal vez pueda hallar las respuestas que aquí no atino a encontrar y las huellas de cada sueño, que se me fue perdiendo al dejar que se escapara de las manos, la niña del aire.
Así que en cuanto huela un poco a otoño, y el calor no me derrita esta piel ya poco acostumbrada al fuego vivo del Sur, me voy otra vez para allá, a ver si se me dora un poco el alma, a ver si latiéndome el lamento en la cuna de mis maestros y poetas, se me riegan de magia otra vez las venas.
A ver si me resuena y me retumba muy fuerte en el pecho el son de cada guitarra, y si en un ritual de fuego prendo con ascuas las tristezas…
Y algún rallito de sol o de brillante luna del Sur, hace que se me olvide el olvido y se me ilumine de nuevo la alegría.
se fundieron con los míos
para curar mí pobre corazón
que está perdido…”
Letra de Estrella Morente
Música de Vicente Amigo
Yo quería haber tenido siempre intactos mis sueños, como en el Sur y cada soplo de mi infancia bailándome entre los dedos…
Seguir pintando cada día, dibujos a cuatro trazos de colores, de cada sueño que se me ocurriera, lanzarlos en un avión hacia el cielo, o meterlos a ellos y a mi en un velero blanco y así recorrernos juntos los cinco océanos del mundo, partiendo del puerto de Algeciras. Ver en mi viaje imaginario delfines y ballenas, saber si de verdad existían las sirenas. Yo quería llevar siempre a cuestas mis libretas de dibujos y sentir las flores revueltas con las mariposas, revueltas revoloteando entre la ventana, la almohada y el mundo que quería ver a través de mis ojos.
A veces siento, que tal vez debe ser por eso, que me sigue quedando cielo y mar y montones de recuerdos de mi infancia, impregnada del aroma y del color de mis vivencias en el sur, y cada vez que empiezo a soñar de nuevo, se me escapa todo, de pura añoranza.
Yo jamás me había soñado, viviendo en un lugar rodeado de bloques de cemento, de calles grises y gentes llenas de prisa. Me soñaba más bien, inundada de olor a tierra y a mar y a verde, viviendo siempre cerca de campos y limoneros, de horizontes de olivares, de espigas de trigo dorándose al sol y al viento, para traernos tras la cosecha, el sabor delicioso del pan blanco de pueblo.
Quería caminos hacia la sierra, sendas de rocieros, guitarras sonando en sus melodías, y un mundo lleno de niños y de risas y de juegos, para luego reencontrarme en la sapiencia y las horas tiernas entre las manos de los ancianos, de cabello blanco impoluto y sonrisa y ojos de conocer muy bien el mundo, como tenía mi abuela María.
Ella fue la que me hizo ser la niña del aire, la niña cantarina que saltaba a la comba de los sueños. Y yo había aprendido a resumir un mundo muy mío y completamente perfecto entre los limoneros y las flores del patio de su casa. Allí donde nacía el olor de los jazmines y el color de los geranios junto a las paredes encaladas, y el rumor de los olivos y los almendros se perdía en los campos cercanos y la tierra seca, por el sol perpetuo, era amable a la sonrisa y al paso humano.
Como cada una de sus gentes, que tenían también ese gesto agradable y ningún reparo en preguntarte si no te conocían o no te recordaban y te veían paseando por la calle cuando tú acababas de llegar para pasar allí el verano: "¿niña… y tú de quien eres?"
Y yo no supe que decir, la primera vez que escuche aquella pregunta, no acabé de comprender que querían decir con aquello, pero le pregunte a mi abuela al llegar a casa, sabiendo que ella me daría la respuesta y así yo sabría que contestar la próxima vez que la gente me preguntara…
“Tú diles, cuando te pregunten, que eres de los mineros y que estás viviendo en casa de María la minera, que es tu abuela”.
Entonces me contó, que ese era el mote que tenía la familia de mi madre desde que un tatarabuelo, mucho antes de la guerra, se había marchado a trabajar a las minas de plata de Linares, dejándose allí la piel y los sudores, para regresar a casa con los bolsillos llenos y ese mote para su familia y las próximas generaciones.
Así, que al día siguiente, cuando volvieron a preguntarme, yo dije bien contenta y segura de mí misma: “Yo soy de los mineros y de mi madre bonita” se me ocurrió añadir, así de repente.
De mi madre bonita, la que ahora tiene setenta años y cuatro olivos de aquel pueblo de Andalucía nuestro, plantados en su jardín, en el otro extremo de España, en un pedazo de tierra que mira hacia el mediterráneo, para tener siempre que ella quiera un cachito de Andalucía donde sentarse a coser por las tardes, mientras la vista se lo siga permitiendo.
Y desde niña, yo la había visto con su mirada blanda perdida en ellos, más de una vez viajando como a través del tiempo entre sus verdes ramas, respirando muy hondo y sonriendo, sintiendo como si estuviese en su tierra otra vez. Entonces, volvían a nacerle urgentísimas las ganas de verano, y cuando mi padre, por fin tenía vacaciones, regresábamos, de nuevo al Sur.
Aquí te hablo de cuando era niña, de mi abuela María que era hija de mineros y nació en Córdoba, de la higuera que tenía en el centro del patio allí en su casa del pueblo y de todas las fragancias y cantares del sur; del sentir que yo me aprendí aquellas músicas y aquellos olores ya en el vientre de mi madre, quetambién era cordobesa
y morena de piel blanca y sonrosada
como todas las mujeres mineras.
Te hablo de las lluvias del verano, aquí en la tierra bonita y verde del mar, del pueblo más grande del mediterráneo, del país pequeño y entrañable, que me vio crecer, cada verano más alta, al regresar del sur… Del olor de los melocotones y las manzanas verdes que tenía mi padre en el huerto, de los dos olivos que le plantó a mi madre en el jardín, para que tuviese un cachito de Andalucía
donde sentarse a coser por las tardes.
Te hablo de mis temores,
de quitarse la hojarasca del pecho, de mis ojos hinchados después del llanto, de las tardes de tormenta en la casita del campo, que me daban tanto miedo, y de cómo luego cuando todo quedaba en calma y mojado, empezaba yo a pasearme para inventar sueños burbuja... y me paraba a escuchar a las hormigas en su sigilo y envidiaba a los gorriones en su vuelo... y dibujaba mis alas con gotas de lluvia para creerme escapar libre, como ellos,
antes de regresar de nuevo a casapara recogerme.
Fue cuando aprendí a ser de aire y a volar entonces, al menos el alma, para no perderme en la noche o en este mundo, cuando sólo tenía nueve años y se marchó mi abuela María hacia otro espacio en el aire, poco después de regalarme la pluma roja, que aún me sigue escribiendo tan y tan bien
cuando la uso.
Te hablo también del fuego, del fuego crepitante que ella me enseñó a sentir corriendo a ríos por la sangre, del fuego que supe que me habitaba y del fuego coraje que fue la única fuerza que me ayudó a ser valiente, cuando la vida me había hecho
tener miedopor ser sólo de aire.
Te hablo de mis poetas andaluces, de esos niñosazules, que hicieron de mí un alma blanda y sencilla para comprenderlos...
Te hablo de las amapolas rojas,
de ser también roja y vestirme ahora como ellas aunque me gustara tanto ir de azul cuando era niña y entonces el rojo fuera solo mi pobre abuelo y los poetas andaluces.
Hablo de los quilómetros que he recorrido desde entonces casi sin poner los pies sobre la tierra, del hechizo que sigue ejerciendo sobre mi vida la nocturnidad de la luna, de soñar despierta y seguir aún así haciéndome mujer y ver aparecer frente al espejo, las primeras líneas del tiempo en mi mirar.
Te hablo de mis amores de selva o de jungla, de aquellos que me hicieron perder la razón cuando fui joven y demasiado poética, de los corazones salvajes que jamás
se rindieron ante nada.
Ante nadie.
Estoy hablando de esos inmensos corazones de verde selva y amplio horizonte, que me han hecho llorar muchas veces por no parecerme a ellos y que me han hecho reconocerme después como un espejo, volcando gotas de sal, entre los versos que los hicieron ya eternos, en estas páginas o en mi memoria poética.
Te cuento de mi inocencia, a pesar de haber sido dos veces madre, de mis noches a solas, de mis horas brujas cercando el alba mientras mis niños dormían como los ángeles, de mis versos inmaduros y con poca coherencia sosteniéndome un día más después del café y la ducha instantánea y de marcharme al trabajo medio dormida...
De pasar las horas esperando a que llegara de nuevo la luna y la noche para volver a ser chiquita y colarme en una pluma roja, de relatar hasta el cansancio mis sueños y así hacerlos creíbles y alcanzablespara el mañana y de reírme sin remedio cuando pienso que voy a tener una casita cerca del cielo si llego a anciana, aunque no me guste nada por ahora estar tan lejos del mar...
Imagen de Josep Tomàs
Te hablo de ser nada para ser tú mismo, de no llevar a cuestas nombres ni equipajes, de respirar, de caminar descalza entre el heno, de latir, de sentir solamente, de no cavilar demasiado para no tener que perderte en tus cavilos, de vivir siempre en primavera y de olvidar fríos diciembres que me helaron a veces la nostalgia y me hicieron dormitar como en sueños de oruga, cuando yo sólo ansiaba ser mariposa y volver cada verano
en un vuelo hasta el sur.
Hablo de ti y de mí, de los corazones rojos, encendidos,
del hombre y de la mujer y otra vez del fuego y de la rueda del tiempo encadenándonos las manos, de las hogueras del alma y de las auroras prendidas en la piel.
Hablo de todo eso, aunque en el fondo, de lo que pretenda es hablarte tan solamente de mis recuerdos, de mi mundo poético, del material con que estoy hecha, de mi mujer de aire, o de aquella chiquilla extraña que a veces miro al caer la tarde y sigue allí meciéndose muy fuerte, en el columpio de madera que cuelga sobre un manto de hierba densa, bajo las ventanas de mi casa.
Entonces yo corro para pararla, para que no se caiga por querer volar tan alto, la tomo en brazos y me tumbo en la hierba en su regazo, solamente a ver nubes.