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martes, 11 de enero de 2011

Nos hace tanta falta el Sur...



"La granada" de Teresa Salvador, "Fábulas" en Flickr







Pobre Platero...
Hoy te has dormido como yo
Arando nubes en silencio
Jugando en soledad con la risa de los campos
Te he visto dando brincos, bajando desde el cerro
Acudiendo a mis sueños y no he podido evitar
Quedarme blanda pensando en nuestra infancia
De caricias y pan de pueblo

Nos hace tanta falta el Sur
Y está tan lejos...

Ha llegado el invierno y se ha dormido también en tus pupilas
¡Pero mira!...¡Qué hermosa esta granada!
Cada grano un gajo de esperanza
El sol es un recuerdo de oro líquido
El sabor dulce de los duraznos
Su jugo resbalando por los labios
La casa de mi abuela
Blanca lunita recién encalada
Y yo tumbada en la hierba
Mirando como el viento ponía sobre tus lomos
Blandas carnes de piel de nube

Ahora ya me hecho tan mayor...
Tengo las lágrimas perdidas
Y ya no puedo  ver allí los animales trotando  
Veo los rastros de aviones
Volando hacia otros horizontes
Las líneas que han dejado a su paso fugaz
Te debes haber perdido detrás de ellos
Será mi abuela, la que te esté leyendo algún cuento allá en lo alto
Para que sueñes otra vez racimos tiernos de uvas
Y recuerdes la voz del cerro ronroneándote
Las estrellas diciendo que no vamos a estar ninguno de nosotros…
Pero tú sí, tú siempre seguirás allí
Bajando del cerro hasta la viña

Nos hemos hecho viejos, Platero
Mis sueños y yo
Las horas en el patio de la higuera
Los olivos y las cartas que guardaba sin señas
porque eran para ella y no podía poner ---> "al cielo"
Las leo muchas veces aun

Me falta el Sur entero, pero me queda ese brillo 
en la mirada
Mi nostalgia se inventa un mundo en que tú vives
Ella también está conmigo
Tan madre abuela como siempre
yo se lo cuento todo...

Que mi amor está llegando
Que a veces sueño demasiado
Pero sigo siendo fuerte, risueña, 
noble como entonces
Aun ahora…
Con tantas hebras y tantos Sures por las venas 
Aquí tan lejos y sin ella

viernes, 8 de octubre de 2010

El mar y volaaar...



A mi abuela María, y a todos los que saben soñar que vuelan…

Aquella tarde David estaba muy triste. Tenía la cara empapada y los ojos enrojecidos de tanto llorar por la abuela. 
Yo tenía nueve años y ya no lloraba, porque ella me había pedido que no llorásemos demasiado. Bueno, en realidad si lloré un buen rato pero me sequé las lágrimas antes de ir a buscarlo a él para arrancarlo de las faldas de nuestra madre.

_ ¡Vamos a jugar a volar!_ le dije a mi hermano

_¡Pero yo no quiero jugar a volar!. Yo quiero jugar a pistoleros…

_No, a mi no me gusta jugar a eso. Yo quiero volar, como la abuela.

_ ¡Pero yo no quiero volar, que me caigo!

_ No te caes, en realidad solamente sueñas que estás volando y entonces es como si volaras de verdad.

_ ¡Pero yo no tengo alas y sí que me voy a caer!!

_Sí tienes, lo que pasa es que no las ves. Ayer me lo dijo la abuela; que cuando juegas a que vuelas, sueñas que vuelas y entonces tienes alas y ya no te caes nunca.

_ ¿Estás segura?

_ Claro, justo ayer ella lo dijo antes de irse al cielo y darme un beso. Ella se puso a jugar a que se dormía para empezar a volar. Después se quedó dormida de mentira como la bella durmiente, pero todos han pensado que ella está dormida para siempre.

_ ¿Y no está dormida para siempre?

_ ¡No! Está despierta, lo que pasa es que se ha ido a vivir al cielo. Se puso a soñar que volaba muy alto y se fue al cielo. Se ha quedado allí a volar siempre, porque aquí le dolían mucho los huesos. Eso me dijo ayer, antes de marcharse y que por las noches iba a dormir junto a los ángeles. Por eso no he llorado como mami, porque sé que ella está en el cielo y que está muy contenta de estar allí.

_ ¿Y allí ya no le duelen los huesos?

_ No, porque allí el cuerpo no pesa nada. Es como los globos de la feria cuando vuelan, que no pesan. Pero nosotros sólo jugaremos “a volar” un ratito y luego vendremos a cenar para que mami no se enfade y no esté triste.

_ ¿Por que aun no nos duelen los huesos como a la abuela?_ me pregunto con la carita sorprendida

_Claro, por eso _ le respondí yo

Aquella tarde estuvimos “volando” todo el tiempo por la casa: del patio al salón, de la cocina al cuarto y del cuarto a la luna. Cuando se hizo de noche
estábamos exhaustos y no habíamos llorado nada, nada, porque la abuela no quería que lo hiciésemos y además jugar a volar era muy divertido.  
Así que a partir de aquel día, cada tarde que estábamos aburridos jugamos a volar y no lo pasábamos en grande. Claro que David siempre llevaba enfundada la pistola y a veces la sacaba para pegar algún tiro contra el viento…

Al cabo de unos meses, una tarde en la playa, mi hermano vino con una caracola muy grande entre las manos corriendo hacia a mí y me dijo sonriendo:

_ ¡Mira, tata! El mar también sueña que vuela cuando está dormido que vuela y se mete dentro de las caracolas y suena como el viento_ se estaba poniendo la caracola en el oído.

_ ¡Sí!_  le dije yo_  El mar también sueña que vuela, por eso siempre está azul como el cielo y suena como el viento rugiendo dentro de las caracolas.







Silvio Rodriguez - Cita con angeles


lunes, 13 de septiembre de 2010

Cómo no querer volver, en un vuelo de otoño al Sur...2ª parte










Volvíamos cada vez, porque mi madre no podía estar sin ir allí, necesitaba cada año revivirse en los recuerdos, pegarse como con pegamento muchas horas a los brazos de mi abuela, sentir el aroma fragante de las tardes, en que se iban abriendo las flores por los patios, y algunas de ellas acababan prendidas al pelo de cada mujer morena, como mi madre también hacía en su melena.

Por eso cada verano estuvimos, mientras yo fui niña, regresando al Sur. A ver a mi abuela y a mis tías y a sentirnos las dos libres.
Mi madre libre, recorriendo las tardes de su juventud, con la única súplica en los labios para mi abuela de: “madre, no me malcríes a la niña”, cuando ella se iba algunas horas, al caer la tarde, a rememorar sus días felices entre el café y las risas junto a sus amigas de añoranzas, tanto las que nunca habían dejado el pueblo, como las que también regresaban a él sólo en verano, igual que hacíamos nosotros.

Ella libre en su cuna de origen y yo libre en el retorno a esa sangre del sur que me llamaba desde muy adentro, haciendo de cada verano una delicia de mi vida, llenándome la libreta de cosas buenas que yo aprendía y hacía  junto a mi abuela.
Escuchando desde mi ventana las guitarras, rompiendo el silencio de la noche, los cantos al cantar de los cantares, al cantar de los quereres y al cantar del alma entera.
Y yo me asomaba a ver los bailes y  las gentes y miraba las casitas blancas brillando en la noche como lunas pequeñas llenas de vida, y me bebía la luna con los ojos bien abiertos, detrás de la celosía de mi cuarto, que olía a damas de noche,  cuando éstas ya se habían quedado completamente abiertas bajo las estrellas.

Tal vez, lo que me pasa ahora, es que me falta el Sur regresándome a la sangre, y que ya estoy necesitando mucho volver a volar para allá, y descubrir en qué camino de en medio del sur a otro lugar, se me perdió la magia y el coraje y se me quedó dormida tras algún sueño la niña del aire.

La niña con las alas abiertas al mundo y a la esperanza, la que podía volar con sus pensamientos a cualquier lugar menos al sol, porque sabíamos mi abuela y yo que el sol quemaba y deslumbraba mucho.
“Figúrate con lo que quema al medio día en nuestro patio, lo que debe ser allí en lo alto del cielo”, me decía ella entre risas.

Y según mi abuela Dios, era un pintor que pintaba la tarde de colores y que también deslumbraba mucho aunque no quemase nada, y a Dios había que rezarle, para que no perdiese su magia y al sol contarle sus leyendas mitológicas, que eran casi tan antiguas como las primeras piedras del mundo, en las que se decía que el sol era el astro que te derretía las alas si te acercabas mucho a él y que te caías otra vez en picado a la vida que habías querido dejar atrás, haciéndote encima tremendo daño.
Y nosotras no queríamos caernos, ni hacernos ningún daño, por eso mi abuela y yo decidimos que nunca volaríamos al sol.  A la luna y a la noche sí, y al estreno de la aurora, como en un cuento de hadas, también, pero al sol nunca, jamás.

Ella alguna noche, necesitaba ponerse de rodillas, ponernos las dos juntos y a “cuatro esquinitas tiene mi cama”, como a ella tanto le gustaba, yo muy niña y ella muy maga, rezar para el sol y para que la magia del  Dios pintor de mi abuela, siempre lo dejara bien encendido antes de irse a inventar alguna fábula nueva.
Yo  llegué a estar en aquella época, completamente convencida de que ella era también maga y que en su mirada azul de lienzo,  había un pedazo de cielo contenido pestañeándome, y que en las pequeñas arrugas que rodeaban sus labios,  yo de niña nunca lo pensé, pero de mayor ya sí supe, que cada vez que había apretado muy fuerte la boca, había ido invitando año tras año a que se instalasen allí las huellas del tiempo, alrededor de sus labios, que silenciaron tanto el que habían vivido, en los años malos, para que mis ojos niños no supieran aún ni del dolor que había en el mundo ni del llanto de mi abuela.

Ella me hacía viajar por el sueño de los cuentos, de las fábulas, de la prosa de lo escrito bien y bonito para soñar en vida bien y bonito.
Habíamos leído juntas el llanto y el canto de sus poetas andaluces, habíamos recitado sus poemas y luego ella había querido también que rezásemos por ellos, por los que ya no estaban, ni siquiera en el exilio y sin embargo seguían viviendo eternamente entre las letras y nuestros corazones y con toda certeza, según mi abuela, también en el centro de alguna estrella del cielos.

Ella me hizo ser la cuenta cuentos,  jugando a explicarle historias de mares y sirenas a una escuela de muñecas casi calvas, de tanto querer yo peinarlas.
Me hizo creer y sentir, que todo era posible si lo hacíamos sueño nuestro. Que un sueño bonito, era un mandato para el cielo, eso me decía,  mientras sonreía, completamente convencida.

Ahora retengo en mis ojos su mirada eterna y azul, la plenitud con que me inunda su recuerdo y cada tarde derretida entre sus brazos y el calor de Andalucía, y tal vez sí, sí que es verdad que estoy necesitando mucho, ya volver de nuevo al sur, a ver si allí encuentro la paz de mi alegría otra vez alborotada en el patio de mi abuela, y aunque ella ya no esté, seguro que me inunda su presencia, flotando entre las flores. Y tal vez pueda hallar las respuestas que aquí no atino a encontrar y las huellas de cada sueño, que se me fue perdiendo al dejar que se escapara de las manos, la niña del aire.

Así que en cuanto huela un poco a otoño, y el calor no me derrita esta piel ya poco acostumbrada al fuego vivo del Sur, me voy otra vez para allá, a ver si se me dora un poco el alma, a ver si latiéndome el lamento en la cuna de mis maestros y poetas, se me riegan de magia otra vez las venas.
A ver si me resuena y me retumba muy fuerte en el pecho el son de cada guitarra, y si en un ritual de fuego prendo con ascuas las tristezas…

Y  algún rallito de sol o de brillante luna del Sur, hace que se me olvide el olvido y se me ilumine de nuevo la alegría.







Manuel de Falla

“El Amor Brujo”

"Danza del Fuego Fatuo"


Cómo no querer volver, en un vuelo de otoño al Sur...1ª parte



“Los labios de la noche
se fundieron con los míos
p
ara curar mí pobre corazón
que está perdido…”

Letra de Estrella Morente
Música de Vicente Amigo






Yo quería haber tenido siempre intactos mis sueños, como en el Sur y cada soplo de mi infancia bailándome entre los dedos…
Seguir pintando cada día, dibujos a cuatro trazos de colores, de cada sueño que se me ocurriera, lanzarlos en un avión hacia el cielo, o meterlos a ellos y a mi en un velero blanco y así recorrernos juntos los cinco océanos del mundo, partiendo del puerto de Algeciras. Ver en mi viaje imaginario delfines y ballenas, saber si de verdad existían las sirenas. 
Yo quería llevar siempre a cuestas mis libretas de dibujos y sentir las flores revueltas con las mariposas, revueltas revoloteando entre la ventana, la almohada y el mundo que quería ver a través de mis ojos.
A veces siento, que tal vez debe ser por eso, que me sigue quedando cielo y mar y montones de recuerdos de mi infancia, impregnada del aroma y del color de mis vivencias en el sur, y cada vez que empiezo a soñar de nuevo, se me escapa todo, de pura añoranza.  

Yo jamás me había soñado, viviendo en un lugar rodeado de bloques de cemento, de calles grises y gentes llenas de prisa. Me soñaba más bien, inundada de olor a tierra y a mar y a verde, viviendo siempre cerca de campos y limoneros, de horizontes de olivares, de espigas de trigo dorándose al sol y al viento, para traernos tras la cosecha, el sabor delicioso del pan blanco de pueblo.
Quería caminos hacia la sierra, sendas de rocieros,  guitarras sonando en sus melodías, y un mundo lleno de niños y de risas y de juegos, para luego reencontrarme en la sapiencia y las horas tiernas entre las manos de los ancianos, de cabello blanco impoluto y sonrisa y ojos de conocer muy bien el mundo,  como tenía mi abuela María.

Ella fue la que me hizo ser la niña del aire,  la niña cantarina que saltaba a la comba de los sueños. Y yo había aprendido a resumir un mundo muy mío y completamente perfecto entre los limoneros y las flores del patio de su casa. Allí donde nacía el olor de los jazmines y el color de los geranios junto a las paredes encaladas, y el rumor de los olivos y los almendros se perdía en los campos cercanos y la tierra seca, por el sol perpetuo, era amable a la sonrisa y al paso humano.


Como cada una de sus gentes, que tenían también ese gesto agradable y ningún reparo en preguntarte si no te conocían o no te recordaban y te veían paseando por la calle cuando tú acababas de llegar para pasar allí el verano: "¿niña… y tú de quien eres?"
Y yo no supe que decir, la primera vez que escuche aquella pregunta, no acabé de comprender que querían decir con aquello, pero le pregunte a mi abuela al llegar a casa, sabiendo que ella me daría la respuesta y así yo sabría que contestar la próxima vez que la gente me preguntara…

“Tú diles, cuando te pregunten, que eres de los mineros y que estás viviendo en casa de María la minera, que es tu abuela”.
Entonces me contó, que ese era el mote que tenía la familia de mi madre desde que un tatarabuelo, mucho antes de la guerra, se había marchado a trabajar a las minas de plata de Linares, dejándose allí la piel y los sudores, para regresar a casa con los bolsillos llenos y ese mote para su familia y las próximas generaciones.
Así, que al día siguiente, cuando volvieron a preguntarme, yo dije bien contenta y segura de mí misma: 
“Yo soy de los mineros y de mi madre bonita” se me ocurrió añadir, así de repente.

De mi madre bonita, la que ahora tiene setenta años y cuatro olivos de aquel pueblo de Andalucía  nuestro, plantados en su jardín, en el otro extremo de España, en un pedazo de tierra que mira hacia el mediterráneo, para tener siempre que ella quiera un cachito de Andalucía donde sentarse a coser por las tardes, mientras la vista se lo siga permitiendo.


Y desde niña, yo la había visto con su mirada blanda perdida en ellos, más de una vez  viajando como a través del tiempo entre sus verdes ramas, respirando muy hondo y sonriendo, sintiendo como si estuviese en su tierra otra vez. Entonces, volvían a nacerle urgentísimas las ganas de verano, y cuando mi padre, por fin tenía vacaciones, regresábamos, de nuevo al Sur.  
...


Imagen obtenida de la red