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miércoles, 28 de julio de 2010

"Negra bandera" me llaman...























Recorro las aceras hasta el alba, madre.
Ahora me llaman “Negra bandera".
Que ya no soy aquella: “Pequeña flor”…
Aquí ya van dos años de carrera,
en la vieja patria,
o la vieja soy yo misma
con sólo veintitrés.

Y ya no quedó más flor
que aquel capullo de don Ricardo
que se me cobró hasta al alma
por hacerme dueña
de una miserable esquina
donde apenas nadie me veía.

Pero ya me he hartao
y al carajo con él, madre.
Que a mi me da lo mismo ser dueña de nada
a precio de unos oros que me desangren.
Por eso ando y ando y sonrío
hasta que el pulso me revienta en la punta
espachurrada de este dedo gordo 
de mi pie derecho,
subido a estos tacones de puta mierda
que sigo yo comprándole a mis chinitos.


Pero ya no le debo nada a nadie, madre.
Y muchas veces la suerte me sonríe
porque yo ando y canto al son de mi Cuba
y mis nalgas se menean
como nadie aquí sabe,
cuando al caer la tarde
salen los lobos buscando tregua
o alguna cordera con que apaciguar su sangre.
Y cómo le alivia el peso eso a usted madre…
Que del viejo oficio, yo me hago mis ganancias
y a mi me pesa mucho menos
sabiendo que a usted le está ayudando largo, mi negra.
Y hasta me quita el hambre
y ese tiritar de los huesos
cuando llueve sin parar
aquí en las calles.

Pero ahora ya es verano, mi negra.
Y que lindo está mi niño Juan…
Que ya son siete añítos ¿verdad?
Y dice usted que se le caen sus dientitos
Y su madre no está pa verlo…
Háblele de mí, mi negra
Qué no se olvide de su madre, por Diosito
Háblele mucho y bien largo,
dígale usted que sigo trabajando duro
en ese hospital nuevo de la ciudad
y que muy pronto voy a poder traerlos,
muy prontito para acá a los dos.

Ay madre, que yo no quiero escribirle
otra maldita carta embustera
a usted mi pobre vieja, mi negrita…
Que se debe estar pasando las horas
contándole a las comadres
que su Rosa está en España de enfermera.
Pero cómo contarle mi negra,
cómo decirle a una madre…
Que no he podido ser ni puta fina.
Que sigo siendo la “Negra bandera”
que vive haciendo las calles.
La “diplomada enfermera”
que aquí, aún sin papeles
entrega las flores de su vientre
al triste precio que se paga
por la carne que no se compra
en los lugares donde nada
a mares esa champaña,
que acá quieren llamarle cava,
y dicen, mire usted cómo es la cosa,
que hasta se lo derraman
las muy finas entre las sedas,
mientras aprietan pechuga contra
esos machos que tan bien pagan.
Pero yo no soy de esas madre,
no soy de esas…

Y a eso de la las 6 de la madrugada,
cuando el Raval empieza a dormir
la pena de otra noche,
esta “Rosa”, que sin papeles,
ni sedas, ni otro nombre en Barcelona
que el de “Negra bandera”
se recoge hecha un ovillo
sobre el camastro
y apoyada en la pared que tiene por cabecera
vuelve a escribir de su puño y letra
una nueva carta embustera.
Que la de antes ya está hecha un borrón
en el que nada se lee con tanta lágrima.

Y así, que cuando la que cuenta lo bonito
llegue a Cuba,
la vieja negra y el pequeño Juanito
sueñen el sueño más cercano,
la distancia menos lejana…
y España la tierra prometida
donde todo les sonría
cuando en una de esas cartas
al fin les llegue ese pasaje que esperan
con el alma en vilo
y el estómago pegando brincos.

“Madre, que contenta estoy,
 que bonita sigo viendo Barcelona
después de tanto tiempo viviendo acá…
Y  que buenos son en mi trabajo
que hoy estaba medio malucha
con esas cosas que nos pasan
a las mujeres, usted ya sabe,
y me dieron fiesta, mi negra…
Luego a  la tarde, 
me he puesto un poco mejor
y me he ido a pasearme por el centro
y le he comprado 
un coche teledirigido a Juan
y a usted una falda muy fina
y rebonita en el Corte Inglés,
 que es un sitio más  grande
que el callejón del pito enterito…
Imagínese mi negra,
Y allí hay de todo, allí hay de todo,
ya verá usted como es verdad
cuando se venga…”


su niña Rosa que tantísimo les quiere


mayde molina

*Esta no es una historia verdadera, pero sí que he visto más de una vez en el hospital donde trabajo mujeres de diferentes nacionalidades, que como "Rosa", dejan su piel en las calles, tratando de ganarse la vida y así poder ayudar a sus familias. Es para ellas, que escribo esta poesía, con todo mi respeto y el deseo de que sus vidas puedan un día retomar un camino que las haga más felices..

La negra flor
Fito- Homenaje a Radio Futura

jueves, 3 de junio de 2010

La Zíngara y el Ilusionista



La última tarde de febrero se diluía entre el murmullo de las gentes.
Era sábado y el paseo de las Ramblas, estaba aquel día muy concurrido. Se podían encontrar a derecha e izquierda de la calle una infinidad de estatuas humanas; sorprendentes personajes a cual más original y llamativo, que se encargaban de despertar la curiosidad de la gente que paseaba relajadamente ramblas abajo.
A la altura de Canaletas, había un hada pintada de verde que sobre su pedestal danzaba moviendo un manto lleno de pequeñas flores.
Unos metros más abajo, un Napoleón muy logrado guiñaba el ojo a quien lo mirara y con su mano en el pecho, cambiaba de postura cada vez que escuchaba el tintineo de una moneda cayendo bajo sus pies.
A pocos metros más de distancia, casi ya frente al Liceo, un griego que parecía hecho de alabastro fruncía de repente el ceño ante los ojos risueños de los niños. Alguno de ellos, hasta se atrevía a acercarse para tocarlo y comprobar si era o no una persona de verdad.
Y así, a lo largo de la rambla iban cobrando vida un sinfín de personajes más.
Aquello era arte; un arte espontáneo y colorido que se mostraba libremente en cada esquina y rincón del paseo más pintoresco de la ciudad de Barcelona.
Al llegar a la altura de las Atarazanas, justo unos metros antes del puerto, un nuevo corrillo de gentes empezaba a formarse en torno a otra nueva pareja de artistas.
Él se había sentado con las piernas cruzadas sobre una gran caja rectangular, esperando a que el círculo de gentes se completase en torno a ellos.
Situada de pie, unos pasos por delante de él, la silueta de una preciosa mujer empezaba a captar con sus movimientos toda la atención de los que se acercaban.
Era zíngara. Tenía la tez morena, los ojos grandes y rasgados y un cabello muy negro y ensortijado que sostenía alzándolo entre sus manos mientras movía de un lado a otro las caderas y sobre su falda una ristra de monedas plateadas tintineaba al ritmo de la música.
Sonreía abiertamente, invitando a acercarse más y más a aquel pequeño grupo espontáneo que se detenía por momentos frente a ellos.
Una nueva melodía húngara empezó a sonar mientras ella danzaba descalza sobre el asfalto. Él, detrás, vestido con un traje de pantalón y chaleco negro repleto de dibujos oro y grana, aplaudía cada uno de sus pasos animando más aún al público.
Ya apenas quedaba espacio para una sola cabeza más. Fue justo entonces, cuando él se levantó y sosteniendo la mano de su compañera en alto hizo junto a ella una reverencia presentándose a la gente.

_ ¡Damas y caballeros… van ustedes a contemplar ahora el espectáculo más insólito que jamás hayan podido imaginar!_ dijo alzando la voz.
Su tono de voz era grave, su acento parecía ruso. Empezó a contar a todos la historia de cómo había encontrado a Erika años atrás en un crucero por el Danubio, aquel lugar del mundo en que desde entonces, habían unido sus destinos.
Les habló también de su largo deambular por circos y teatros; recorriendo cada rincón de la vieja Europa, hasta que un día no muy lejano habían decidido al fin ser libres, alejarse del frío y perpetuo invierno de las ciudades europeas y viajar solamente por España mostrando su arte en las calles a cambio de las monedas que su público pudiese ofrecerles…


_ ¡Señoras y señores!_ decía él muy convincente_ Este espectáculo que van a contemplar a continuación les costaría al menos 20 o 30 euros en cualquier teatro de la ciudad. ¡Hoy van a poder disfrutarlo sólo por unas monedas!
Y ceremoniosamente, se acercó hasta el gran rectángulo que había en el suelo.
La sábana de satén azul que lo cubría voló por los aires a golpe de varita mágica, dejando al descubierto una preciosa caja dorada labrada con incrustaciones de soles y estrellas.
Entre los dos la abrieron y sacaron de su interior otra caja más pequeña que estaba decorada con los mismos motivos. Empezaron a mostrar a todos las cosas que había en su interior.
Lo primero que sacaron de ella, fue una alfombra persa que desplegaron frente a la caja más grande, extendiéndola sobre el suelo. Después vaciaron sobre ella todo el contenido de la caja pequeña: un par de sogas gruesas y largas, un montón de pañuelos de seda, unas esposas y un arnés…
Varios espectadores ya iban imaginando lo que iba a suceder mientras ella se disponía a empezar con su trabajo.
Primero, cogió las esposas y llevando los brazos del joven ilusionista detrás de su espalda, las situó sobre sus muñecas, cerrándolas. Caminó de puntillas hasta el público y entregó sonriendo la llave a un niño lleno de pecas, que sostenía la mano de sus padres.
Después regresó junto a él, cogió el arnés y se lo pasó entre ambas piernas hasta situarlo a la altura de su cintura. Luego, cogió del suelo una soga gruesa y larga, se arrodilló y ató fuertemente las piernas de su compañero; anudándola primero sobre los tobillos, luego sobre las rodillas y finalmente a la altura de las caderas. Con la otra soga que le quedaba, hizo un gran nudo corredizo que le deslizó alrededor del cuello, se la bajó por delante del pecho, pasándola después por el interior de cada brazo y le dio un par de vueltas sobre el tronco hasta que unió el extremo con la otra soga que venía de haberle amarrado antes las piernas. Finalmente, enlazó ambos extremos en un gran nudo doble que cerró anclándolo con una vaga metálica al arnés.
Erika se acercó de nuevo hasta el público e invitó a un hombre de mediana edad, que llevaba un sombrero gris, a que la acompañara para comprobar ante los ojos de todos la verdadera solidez de aquellos nudos y que el interior de la caja más grande estaba completamente vacío y sin fisuras.
El joven escapista se encontraba perfectamente amarrado frente a su público: sus manos esposadas detrás de la espalda, las sogas rodeándole todo el cuerpo, el arnés amarrado a su cintura…
El hombre del sombrero ayudó a Erika a situarlo en el interior de la caja más grande. Sólo había un pequeño círculo por debajo de la cerradura para dejar paso hacia el exterior a la soga que sostenía el arnés que él llevaba anclado a la cintura.
Cerraron la caja con un gran candado. Ella unió el extremo de la cuerda con un gancho a un grueso brazalete plateado que llevaba en el tobillo derecho y se dispuso a anudar pequeños pañuelos de colores a la cuerda, empezando en el extremo que nacía del brazalete de su pierna y llegando hasta el final visible de la soga que luego se perdía tras el orificio de la caja.
Se giró para inclinarse ante todos haciendo de nuevo una reverencia.
_ ¡Damas y caballeros!_ les dijo sosteniendo entre las manos los extremos de su falda_ Mientras el gran Kabir se deshace de sus nudos, yo voy a ofrecerles una danza de mi tierra. ¡No se distraigan demasiado y no pierdan ni un momento de vista la caja!
Y empezó a bailar sonriendo, alzando la pierna y creando un movimiento ondulante en los pañuelos de colores que había anudado sobre la soga.
Giraba sobre si misma; movía de lado a lado las caderas, ondulaba su cintura dibujando ochos en el aire, mientras aquellas monedas tintineaban y sus brazos se agitaban serpenteando al ritmo de la música. Era una danza preciosa, delicada y llena de armonía.
Los ojos negros de Erika brillaban destellando las últimas luces de la tarde. Su inmensa sonrisa, repartía entre aquellas gentes un manto de ilusión más grande que toda su tierra de Hungría.
Era curioso observar las caras de los espectadores; casi todos movían rápidamente la vista paseándola entre la caja y la joven zíngara, pero otros habían olvidado la caja por completo y no podían dejar de contemplarla a ella.
En el interior de la caja, el gran Kabir ya estaba agitándose por dentro…Su pulso se había acelerado. El ritmo de la música le ayudaba a controlar el tiempo que le quedaba.
Podía imaginar perfectamente los pasos que ella estaba dando sobre la alfombra. Los había visto tantas veces…
No había dejado de hacerlo, desde aquel día en que la había conocido, justo en aquel momento de su vida en que todo empezaba por fin a asentarse y cobrar un nuevo sentido.

Él que había escapado de todo hasta entonces…
De las inmensas palizas que su padre le propinaba cada vez que llegaba a casa cargado hasta las cejas de vodca…

De los nudos con que le amarraba a la silla de su habitación durante horas, aquellos días en que se sentía tan miserable y desgraciado, que lo castigaba sólo por que no podía soportar que el muchacho le recordara en cada gesto a su madre…

Llegó el día en que aquel cretino, dejó de encontrárselo llorando cuando llegaba completamente ebrio a casa.

Él pequeño, había aprendido al fin a huir…

Y de cada una de las miserias en que se había desarrollado su dura y triste infancia, había escapado antes de que llegara a hacérsele demasiado insoportable…

Hasta que se convirtió en un hombre y siguió escapando de todo cuanto intuía que podía llegar a someter de alguna manera su espíritu…

Y esquivó de nuevo, la rigidez de un trabajo convencional y rutinario al emigrar hasta Yugoslavia.

Y huyó de aquel país, años después, ante la incertidumbre de que de seguir allí tendría que ir a luchar a la guerra de Bosnia…

Pero ya en Hungría, no pudo escapar de ella cuando la vio por primera vez bailando a orillas del Danubio.

Ahora sólo pensaba que tal vez algún día, podría darle todo cuanto se merecía…

Y una casita frente a la playa donde realizar sus sueños…

Quimeras, quimeras, quimeras.


El tiempo transcurría demasiado deprisa, no era aquel el mejor momento para ponerse a soñar.
Y tuvo que volar veloz de aquellos pensamientos, para concentrarse en el único escape que verdaderamente tenía que hacer en aquel momento.
El último nudo que había unido ambas sogas al arnés de su cintura se deshizo al fin entre sus dedos. Estaba completamente libre en el interior de la caja.
Fuera, el ritmo creciente de la música y los movimientos de la bailarina indicaban que el espectáculo estaba llegando a su fin.
Y así fue, porque Erika dio un último paso en el que giró nuevamente sobre si misma y se paró de golpe deteniéndose en un hermoso gesto mientras extendía los brazos hacia el cielo.
El público empezó a aplaudir.
Ella, risueña, se dirigió hacia ellos cogiendo de la mano al mismo caballero del sombrero gris, que antes la había ayudado y lo llevó de nuevo frente a la caja. Entre ambos la abrieron: en su interior no quedaba ni rastro del Gran Kabir.
Misteriosamente y en el interior de aquella caja dorada, el joven escapista se había desvanecido del mundo, ante la sorpresa del gentío que se aglomeraba en aquel rincón de las Ramblas de Barcelona.
Allí solamente estaban las sogas, el arnés y las esposas aún cerradas, que sacaron mostrando a todos.
La gente no daba crédito a lo que estaba viendo. Aplaudían exaltados mientras algunos de ellos gritaban bravos con energía.

Unos instantes después, el Gran Kabir aparecía por detrás de todos ellos. Lucía una gran sonrisa y caminaba hacia el centro del círculo haciéndose paso entre la gente, mientras sostenía sobre su cabeza una gran daga dorada que nadie había visto antes.




Todos, sin dudarlo un momento, empezaron a acercarse a depositar sus monedas en una pequeña cajita que Erika había colocado sobre la alfombra.
Se iban acumulando una tras otra, hasta que la caja volvía a llenarse una vez más al final de espectáculo y sin tener que entregar comisión alguna al dueño de un circo o de un teatro.
El día había sido largo; habían realizado más de diez números sólo durante la tarde y aquella noche, cuando ella completamente agotada se quedó dormida sobre el camastro que tenían alquilado en una pensión del barrio gótico, él la abrazó por detrás uniéndose a su cuerpo. Inspiró con fuerzas y reposó las manos en el incipiente vientre que crecía día tras día, mientras su hermosa madre danzaba sobre una alfombra persa amarrada a la soga que la unía a él.

… Al gran mago que una y mil veces, en el interior de una caja dorada, deshacía cada uno de sus nudos y de sus miedos más antiguos y oscuros.
Y así debía de ser. Porque sabía perfectamente que en unos meses, el pequeño ser que crecía en el cuerpo de Erika haría cambiar para siempre el escenario de su vida.

Mayde Molina

relato para la revista "El Descensor" imagen de Josep Tomàs "Thundershead" en flickr:

domingo, 18 de abril de 2010

Perdidos en el tiempo...



Recuerdo nuestro primer viaje al pasado. Habíamos estado muchas horas metidos en la máquina del tiempo.

Al fin habíamos llegado a algún lugar. Algo debía haber fallado en nuestros cálculos, porque no supimos exactamente donde estábamos, cuando vimos todo aquello.


Una exuberante vegetación lo envolvía todo a nuestro alrededor. Inhóspitos senderos se abrían camino entre los árboles, frente a nuestros ojos. Empezamos a caminar, dejando la máquina del tiempo atrás, sumergiéndonos de lleno en las entrañas de aquella jungla maravillosa. Sentíamos un calor sofocante, el grado de humedad era muy elevado y nos traía envuelto en el aire denso, fragancias a flores exóticas y a frutos tropicales.


No llevábamos guía con nosotros, estábamos completamente solos en aquel mundo que se parecía tantísimo a cualquier imagen de la selva amazónica que hubiésemos visto anteriormente en el televisor. Un lugar lleno de cataratas, de agua precipitándose con inmensa fuerza sobre los cristalinos lagos.

Un río muy caudaloso regaba ruidosamente el corazón de aquel paraíso. Era un lugar hermosísimo.


De repente, nos vimos acorralados. Estaba ya oscureciendo, pero aún así pudimos ver sus rostros y aquellas flechas apuntándonos a escasos metros. Levantamos las manos sin atrevernos a mover ni un solo músculo.

Parecía un pueblo primitivo, una civilización extraña o perdida, que vivía en aquel rincón de la jungla, ajeno completamente al mundo.


Dos mil años atrás en los arcanos de la historia del hombre, habíamos encontrado en aquel lugar tan inhóspito como hermoso, a unos humanos menudos que iban semidesnudos y nos miraban con los rostros perplejos, mientras seguían sosteniendo sus arcos alzados frente a nosotros.

Dos de ellos se acercaron sigilosamente. Nos husmearon. Olisquearon nuestras ropas y tocaron extrañados nuestros blancos rostros con la yema de sus dedos.

Empezaron a reírse, mientras nos seguían observando. Todos bajaron entonces los arcos. Debieron decidir que no representábamos ninguna amenaza para ellos, porque nos llevaron a su aldea y nos dieron comida hasta que nos saciamos. Estábamos tan exhaustos que nos quedamos dormidos enseguida.


Convivimos unos días más con ellos, dormimos junto a sus hijos en sel interior de sus endebles cabañas de paja, nos bañamos en los lagos también desnudos, los vimos pintarse el cuerpo con tintes vegetales rojizos para celebrar danzando frente a una hoguera, algo que nosotros no llegamos a comprender del todo. Aún así dejamos que nos pintaran la piel y contemplamos en silencio su rito.


Aprendimos mucho en aquel viaje al pasado. Nos había hecho más livianos.

Allí no existían agendas, ni asuntos pendientes que ir tachando en una lista interminable a lo largo del día. Las horas transcurrían simplemente, entre la frondosidad de aquel mundo sin prisas. Aún así vimos que era una época de lucha, de instintos de supervivencia; trabajando de sol a sol las tierras, cultivando los frutos, las plantas medicinales, viajando por el río en aquellas sencillas canoas, en busca de un nuevo horizonte.


Llegaba el momento de partir. Así que tras despedirnos de ellos, subimos de nuevo a nuestra máquina del tiempo y en un corto viaje de retorno llegamos otra vez hasta el presente.


Nuestro artilugio del tiempo había sido solamente un pequeño aeroplano, que nos había transportado de un salto a la prehistoria, en un vuelo que habíamos tomado en Ecuador y que por un mal cálculo nos había hecho aterrizar muy cerca del corazón de la selva amazónica brasileña.


Aquellos hombres menudos, vivieron en nuestra memoria durante muchísimo tiempo. Aún así seguimos, sin darnos apenas cuenta, anotando nuestras vidas en una agenda, mientras ellos debían seguir allí , perdidos en el tiempo… construyendo con sus pequeñas manos, la historia de la humanidad.


Lucíabluesindreams




http://www.historiadelahumanidad.com/2008_05_01_archive.html

miércoles, 7 de abril de 2010

El crepúsculo

"EL CREPÚSCULO" OBRA DE ANNA CALERO



_ Párate. Detente. Deja de seguir pintando más hojas, mujer_ pensaba él en silencio mientras caminaba, mirando el reloj por el pasillo del aula de pintura.

No obstante, a pesar de verla aún tan entusiasmada con los pinceles en la mano y la paleta llena de ocres y azules disueltos, a pesar de que solamente faltaba media hora para acabar ya la clase, tuvo el presentimiento de que aquel día, por fin, Anna, iba a terminar con su obra.

La caída de la tarde, había logrado resaltar cada matiz de su luz en aquel hermoso lienzo que ahora se había acercado a contemplar de nuevo.

Él estaba de pie, con los brazos cruzados apenas unos pasos detrás de ella, que seguía deslizando el pincel, moviéndose casi imperceptiblemente hacia delante en cada trazo; matizando el reflejo de la puesta de sol en el cuerpo de las últimas hojas del viejo árbol que había plasmado desde el primer día en el centro de la estampa.

Armando, su profesor de pintura, el hombre de los mil matices bajo el pincel, de los sueños esponja de la niñez, de los pocos y sencillos esquemas para una vida ahora y del escaso equipaje al emprender un viaje fuera más largo o más corto… Se quedó observándola unos minutos más, antes de que sus pasos se alejaran para llevarlo hasta el final de la estancia a revisar el trabajo de otros alumnos.

Armando, el artista que se había trazado una propia identidad por ser el creador de los lienzos “vida-paisaje”, o “lluvia-rocío-blanco”, o “muerte-invierno”, como el mismo bautizaba con letras pequeñitas bajo cada obra finalizada. El pintor de los fantásticos mundos acuarela-densa desdibujándose sobre un lienzo….

Y sin que nadie más que él pudiese imaginarlo; también el Armando de las palabras, el escriba silenciado que de noche no se olvidaba que ya llevaba siendo pintor casi toda una vida y sin embargo, no había sabido plasmar aún sobre un lienzo lo que para él habían sido los mejores paisajes.

Aquellos que solamente se exponían mudos y llenos de color frente a su alma de soñador, al cerrar los ojos al final de un largo día.
Por eso, cuando a veces, no podía dormir, trataba de llenar huecos de alma, con las palabras que fluían de su pluma, ganando clara ventaja a los colores que de día había estado estampando con ágiles trazos de sus dedos.

Soñar, amar, pintar, escribir… Sus cuatro grandes razones para caminar por el mundo, aún en aquellos tiempos extraños.

Unas a veces con más peso que las otras y también mucho más sencillas de plasmar en el día a día unas que las otras…

Había sido mucho más fácil por ejemplo soñar, que amar, seguía siendo mucho más sencillo escribir que dibujar por las noches y sin embargo, sin darse cuenta, por esas cosas inexplicables que a veces le suceden a una persona en la vida, había logrado su reconocimiento solamente pintando de día, pintando hasta que moría la luz de la tarde y era ya la hora de retirarse.

Jamás nadie había sabido, ni pudo ver exhibiéndose en alguna exposición suya los verdaderos paisajes de sus noches, los mundos que solamente relataba sobre el papel, para que la memoria ya nunca los olvidara.

Aquellos “paisajes” que aún ahora lo seguían transportando a la nostalgia más profunda.

Él los llamaba “paisajes del interior”. O “paisajes de adentro” y los sentía como las cometas volando cuando era niño, o los días de novillos en la escuela para tocar la guitarra y cantar alegremente junto a las muchachas. O quizás como las fotos amarillas guardadas en una caja de madera bajo la cama, o las tardes de pesca junto a su padre o el inolvidable verano en que lo llevaron por primera vez quince días de vacaciones junto al mar.

Y cada uno de aquellos paisajes únicos, podían ser revividos solamente de ojos para pecho adentro, o de mano hacia papel en la noche… Pero nunca había logrado pintarlos.


Y ahora él, el hombre de las mil palabras, casi siempre más vivas en el papel que en los labios, se iba quedando sin ninguna conforme iba viendo crecer el alma viva de aquel cuadro, que llevaba ya incontables tardes contemplando mientras Anna no cesaba de seguir pintándole nuevas hojitas a su árbol…


Cómo describirle las sensaciones que le transmitía aquel crepúsculo. Cómo hablarle de su hermosura, sin que pareciera un mero cumplido de maestro a alumna.

Mil veces se había imaginado qué le diría cuando ella le preguntara, el día que al fin lo terminase, si le gustaba.

Y cómo iba a poder entonces explicarle, que aquella pintura se parecía tantísimo a uno de sus mejores “paisajes de adentro”.


Las manos de Anna seguían dándole vida a las ramas pobladas del viejo árbol.
Estaba más que dichosa, bastante más que satisfecha con su trabajo, aún completamente entregada a su mundo de colores, donde los tonos del fuego que ella sentía alumbrándola en secreto, revivían en mil matices plasmados junto a la caída del sol antes de fundirse con los azules clareándose en el horizonte.

Empezó a acariciar el cuadro con sus dedos y pasó por el viejo árbol, que ella había querido que pareciera mover las hojas en el lienzo, al compás de la brisa que se iba desvaneciendo ligera y liviana hasta el mar.

Como en esas horas, en que al caer la tarde, casi siempre se levanta un suave vientecillo que uno no sabe nunca de donde viene y tal vez sólo surja para anunciar a las gentes, que el día está llegando a su fin, que faltan muy pocos minutos para que la luz se rinda completamente ante la noche y el mundo que soñamos cada uno se empiece a despertar sigilosamente.


Se quedó pensando que le gustaba tanto, porque aquel cuadro hablaba de ella misma. Porque cada hojita pintada, había sido un pensamiento volado de dentro a fuera, un deseo enviado del corazón a la ilusión, un nuevo sueño por el que vivir antes de que llegaran los otoños a los árboles amontonando sobre sus raíces, aquellos millones de hojas, que cumplían solamente con su misión natural de ser momentos secos cayéndose.
Cayéndose para sembrar el suelo del largo invierno…


En aquel instante imaginó que el árbol de su cuadro sería perenne.
Al menos, así lo deseaba. Por eso, supo que ya había terminado. Ya no iba a pintarle hojas caídas sobre el suelo tal como ayer había estado pensando.

Así siempre habría una sombra apacible bajo él y un rumor de hojas danzando entre las ramas. Allí esperaría para poder contemplar el final de la tarde. Sentada en el banco que también había dibujado en primer plano, frente al mar azul de su cuadro.

Un árbol, un mar, un crepúsculo y un banco de madera. También cuatro razones para soñar. Y verse ella desde su imaginación sentada y el crepúsculo o el mismo mar contemplándola.


Sí, definitivamente sería un árbol perenne, sin apenas hojas secas caídas a sus pies, sin apenas olvidos meciéndose en los recuerdos.

Acababa de terminar su primer crepúsculo. Se puso de pie, para mirarlo desde un poquito más de distancia. Tardó dos minutos en llamarlo a él para enseñárselo:

_ ¡Armando! ¡Ven, al fin he terminado!_ le dijo mientras surgía en su cara una sonrisa inmensa.

Armando se acercaba en silencio. Su presagio había sido cierto. Aquella tarde Anna había acabado su crepúsculo y al fin estaba allí ahora de pie, junto a él, preguntándole:

_ Dime… ¿Te gusta?

Él solo pudo entre abrir los labios un poco para decirle en voz baja:

_ Sí. Me gusta.
_ ¿Vaya, sólo te gusta? ¿Pero te gusta un poquito…? ¿Mucho? _ dijo ella sosteniendo aún los pinceles entre sus dedos.
_ Me gusta. Me gusta muchísimo Anna_ contestó él con un temblor extraño en los ojos_ Muchísimo… ¿Y sabes porque me gusta tanto?


Ella esperaba ansiosa la respuesta…


_Me gusta, porque has logrado pintar tu primer “paisaje de adentro”.

Y Anna se quedó entonces sonriendo unos instantes, mirándolo en silencio, sin acabar de comprender del todo lo que quería decirle con aquello.

Mientras la imaginación de Armando empezaba a volar muy lejos de aquella sala, soñando como sería pintarla a ella, a uno de sus más hermosos "paisajes de adentro", antes de que llegara el próximo otoño cualquier tarde cerca del mar.

Obra: "El crepúsculo" de Anna Calero