Mostrando entradas con la etiqueta lecturas de relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lecturas de relatos. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de abril de 2011

Justo ahora...



Justo ahora, a estas horas, cuando me empieza a hablar el sueño de tu voz, me pierdo del mundo a lado viento y encuentro mi tiempo, a lado vos.
Entonces soy la dueña del silencio, mientras me miro y me espejo en tu cuerpo desnudo
y dilato mi vida en tu mirada.

Justo ahora, a estas horas…
Cuando empieza este: “te sueño en mi deseo y aún no te tengo a mi lado, pero a mi lado estás”
Soy de nuevo de memorias de carne que renacen, soy de recuerdos, que no huelen a niebla, ni a sal, ni arena, sino a estar viva y despierta contra tu cuerpo.
Soy del tiempo o de la era donde el amor se brinda don del agua, donde el amor se escancia y se levanta libertad y la primera estación que me llega, es tu mirada de hombre-niño a mi fe desnuda y niña, que se me abraza a la carne y se me pierden las dudas, en el aire, mientras me danzas las horas y me enciendes los sueños, a lado corazón y a lado beso.
Y me vas despertando, uno a uno, los sentidos, uno a uno, me amarras a tu pecho los latidos, y al ancla de tu vientre y a poniente, me deshaces por completo, y aún sabiéndome salvaje e indomable hebra de aire, me abrazas, me amas, me retienes. Y contigo nunca soy: la que tiembla en el viento, nada soy y soy por ti como aquel Pegaso blanco, que se viste en tu sueño de amor claro, que se sabe de amor rojo en tus labios. 

...Pero hoy aún me desespero.
Aunque sonrío y tacho días con esta mano de escriba, en un calendario de abril lluvia y sol incipiente que crece lentamente hacia el verano.
Y sé que todo ha de ser, tal como estamos imaginando, justo ahora que nada falta, para dejar de imaginarlo.

Pero como aún no he llegado a tu próximo sábado, como aún no estoy allí, o ahí mismo contigo. Soy de viento, soy de voz, para colarme en tu alma, soy tu cuento de amor.
Soy  del  pienso, del siento, del habla, del sigo al latido que me entraña… Soy del vibro y del eres, lo que le falta a mi vida para dejar de escribirla.
Soy del ya estoy llegando a dónde tu casa es la puerta, fe abierta a mi fe, que espera otro beso desnudo, vistiéndose de estreno en tu desnudez.

Soy del sueño que de tanto soñarlo se ha hecho loca realidad. Soy del corro por tus venas, libertad. Soy de tu cuerpo la sangre, el ritmo, la cadencia, que late desde dentro hacia a fuera. Soy de mi piel en tu piel, la espera de gozarnos primavera, otra vez.
Soy tu destino imperfecto o divino, quien lo sabe…
Soy mujer, ya no de aire ni de viento, porque puedo sentirme en cada célula, y en cada esquina, en que en mi alba camina hacia ti, soy mujer porque me habitas al alba.
Soy tu lado fantasía o la noche de tu día. 
Soy centro de gravedad en tu vuelco y ya sabes lo demás

Soy del mar, como el agua misma de la vida y no tengo otro lugar, ni otra gloria que la honda ola en que me arrastras y me apartas del mundo y me haces ser solamente de ti.
Porque el amor, bien lo sabes... Cuando es del bueno ha de celarse, porque hoy el mundo anda ciego y falto y muerto de hambre, por beberse de un soplo, un amor como el nuestro.

Soy del no tengo otra memoria, que tu aliento en mi nuca, respirándome la noche en duermevela, mientras me apartas los rizos y me besas.
Soy tal como en el sueño de vida o equipaje de ayer, en que fuimos-somos-seremos, como siempre, como este próximo finde, como otra vez: por fin libres y de Nos.
Eso creo, que soy o que somos. Solamente amor sencillo brillando en los ojos.

 Y el sólo creo en ti y en ti me alzo, no es más que el son de repetición, el bis a bis que nos lleva a las puertas de ese cielo, sabiendo, que no hay demora en el Ser cuanto deseemos. Mientras cada día, se nos va muriendo un poco la absurda irrealidad del mundo.

Y todo esto que te digo, no solamente es mi libre pensamiento, es el lugar al que he aprendido a volar junto a ti, con los ojos abiertos y en los tuyos, viajando al mismo centro de la selva, o de la vida, o de la tierra universal, o de este valle, dónde dicen... nos caímos del aire.
Donde no hemos de ser ni hombre ni mujer, ni leones hambrientos, ni sed, ni hambre, ni estaciones del sueño. Sino trémulos verbos del fuego del alma y alas del tiempo que se enlazan.

Y cada vez que yo me rompa en tu cielo, ámame más aún.
Recógeme del viento, niño amor, porque te llevo conmigo en mi vuelo, al paraíso de la aurora y cuerpo a cuerpo, haremos una fiesta sin bengalas, y a deshoras, antes de que nos derrita el sol y nos transforme otra vez en sola y simplemente tan humanos.

Y cuando despertemos,
no me preguntes lo que siempre sucede
Qué hora es…A qué hora se come, a qué hora se duerme, a qué hora no es hora otra vez para andar en cueros de lado a lado de la cama, sin descansar primero la calma y las alas, desnudas en el aire.
Y saldremos vestidos de verano, a dar un paseo por la vida, que seguirá ahí fuera, latiendo, sin saber que nada nos importa ya.

Justo ahora, sueño que me miras y te pregunto quien soy, de dónde vengo a dónde voy. Pero tú no me respondes. Solamente sonríes y me coges con más fuerza las manos. Me aprietas la cintura,  me besas la sonrisa, me sabes la locura. Y cuando te miro y te leo otra vez esa prisa en los ojos; a lado vos te me llevas corriendo y me haces ser del cielo y no de mí, ni del mundo y entonces ya sé todo cuanto soy.

Porque de lado a lado de la cama, me levantas, me vuelas sin alas.
Nos amamos
desnudos y perfectos, como nadie lo sabe.
Y el alma sigue niña, el agua sigue viva y la vida es la esperanza de que nunca todo esto se nos caiga. 
Nunca
Porque yo no sé volar sin ti.
Porque yo  no puedo, ni quiero, ni aprendo, mi amor, a ser del aire sin vos…
Porque siempre fui Pegaso Blanco,
O alma desnuda a tu abrazo.

“mujer de aire”



lunes, 13 de septiembre de 2010

Cómo no querer volver, en un vuelo de otoño al Sur...2ª parte










Volvíamos cada vez, porque mi madre no podía estar sin ir allí, necesitaba cada año revivirse en los recuerdos, pegarse como con pegamento muchas horas a los brazos de mi abuela, sentir el aroma fragante de las tardes, en que se iban abriendo las flores por los patios, y algunas de ellas acababan prendidas al pelo de cada mujer morena, como mi madre también hacía en su melena.

Por eso cada verano estuvimos, mientras yo fui niña, regresando al Sur. A ver a mi abuela y a mis tías y a sentirnos las dos libres.
Mi madre libre, recorriendo las tardes de su juventud, con la única súplica en los labios para mi abuela de: “madre, no me malcríes a la niña”, cuando ella se iba algunas horas, al caer la tarde, a rememorar sus días felices entre el café y las risas junto a sus amigas de añoranzas, tanto las que nunca habían dejado el pueblo, como las que también regresaban a él sólo en verano, igual que hacíamos nosotros.

Ella libre en su cuna de origen y yo libre en el retorno a esa sangre del sur que me llamaba desde muy adentro, haciendo de cada verano una delicia de mi vida, llenándome la libreta de cosas buenas que yo aprendía y hacía  junto a mi abuela.
Escuchando desde mi ventana las guitarras, rompiendo el silencio de la noche, los cantos al cantar de los cantares, al cantar de los quereres y al cantar del alma entera.
Y yo me asomaba a ver los bailes y  las gentes y miraba las casitas blancas brillando en la noche como lunas pequeñas llenas de vida, y me bebía la luna con los ojos bien abiertos, detrás de la celosía de mi cuarto, que olía a damas de noche,  cuando éstas ya se habían quedado completamente abiertas bajo las estrellas.

Tal vez, lo que me pasa ahora, es que me falta el Sur regresándome a la sangre, y que ya estoy necesitando mucho volver a volar para allá, y descubrir en qué camino de en medio del sur a otro lugar, se me perdió la magia y el coraje y se me quedó dormida tras algún sueño la niña del aire.

La niña con las alas abiertas al mundo y a la esperanza, la que podía volar con sus pensamientos a cualquier lugar menos al sol, porque sabíamos mi abuela y yo que el sol quemaba y deslumbraba mucho.
“Figúrate con lo que quema al medio día en nuestro patio, lo que debe ser allí en lo alto del cielo”, me decía ella entre risas.

Y según mi abuela Dios, era un pintor que pintaba la tarde de colores y que también deslumbraba mucho aunque no quemase nada, y a Dios había que rezarle, para que no perdiese su magia y al sol contarle sus leyendas mitológicas, que eran casi tan antiguas como las primeras piedras del mundo, en las que se decía que el sol era el astro que te derretía las alas si te acercabas mucho a él y que te caías otra vez en picado a la vida que habías querido dejar atrás, haciéndote encima tremendo daño.
Y nosotras no queríamos caernos, ni hacernos ningún daño, por eso mi abuela y yo decidimos que nunca volaríamos al sol.  A la luna y a la noche sí, y al estreno de la aurora, como en un cuento de hadas, también, pero al sol nunca, jamás.

Ella alguna noche, necesitaba ponerse de rodillas, ponernos las dos juntos y a “cuatro esquinitas tiene mi cama”, como a ella tanto le gustaba, yo muy niña y ella muy maga, rezar para el sol y para que la magia del  Dios pintor de mi abuela, siempre lo dejara bien encendido antes de irse a inventar alguna fábula nueva.
Yo  llegué a estar en aquella época, completamente convencida de que ella era también maga y que en su mirada azul de lienzo,  había un pedazo de cielo contenido pestañeándome, y que en las pequeñas arrugas que rodeaban sus labios,  yo de niña nunca lo pensé, pero de mayor ya sí supe, que cada vez que había apretado muy fuerte la boca, había ido invitando año tras año a que se instalasen allí las huellas del tiempo, alrededor de sus labios, que silenciaron tanto el que habían vivido, en los años malos, para que mis ojos niños no supieran aún ni del dolor que había en el mundo ni del llanto de mi abuela.

Ella me hacía viajar por el sueño de los cuentos, de las fábulas, de la prosa de lo escrito bien y bonito para soñar en vida bien y bonito.
Habíamos leído juntas el llanto y el canto de sus poetas andaluces, habíamos recitado sus poemas y luego ella había querido también que rezásemos por ellos, por los que ya no estaban, ni siquiera en el exilio y sin embargo seguían viviendo eternamente entre las letras y nuestros corazones y con toda certeza, según mi abuela, también en el centro de alguna estrella del cielos.

Ella me hizo ser la cuenta cuentos,  jugando a explicarle historias de mares y sirenas a una escuela de muñecas casi calvas, de tanto querer yo peinarlas.
Me hizo creer y sentir, que todo era posible si lo hacíamos sueño nuestro. Que un sueño bonito, era un mandato para el cielo, eso me decía,  mientras sonreía, completamente convencida.

Ahora retengo en mis ojos su mirada eterna y azul, la plenitud con que me inunda su recuerdo y cada tarde derretida entre sus brazos y el calor de Andalucía, y tal vez sí, sí que es verdad que estoy necesitando mucho, ya volver de nuevo al sur, a ver si allí encuentro la paz de mi alegría otra vez alborotada en el patio de mi abuela, y aunque ella ya no esté, seguro que me inunda su presencia, flotando entre las flores. Y tal vez pueda hallar las respuestas que aquí no atino a encontrar y las huellas de cada sueño, que se me fue perdiendo al dejar que se escapara de las manos, la niña del aire.

Así que en cuanto huela un poco a otoño, y el calor no me derrita esta piel ya poco acostumbrada al fuego vivo del Sur, me voy otra vez para allá, a ver si se me dora un poco el alma, a ver si latiéndome el lamento en la cuna de mis maestros y poetas, se me riegan de magia otra vez las venas.
A ver si me resuena y me retumba muy fuerte en el pecho el son de cada guitarra, y si en un ritual de fuego prendo con ascuas las tristezas…

Y  algún rallito de sol o de brillante luna del Sur, hace que se me olvide el olvido y se me ilumine de nuevo la alegría.







Manuel de Falla

“El Amor Brujo”

"Danza del Fuego Fatuo"


Cómo no querer volver, en un vuelo de otoño al Sur...1ª parte



“Los labios de la noche
se fundieron con los míos
p
ara curar mí pobre corazón
que está perdido…”

Letra de Estrella Morente
Música de Vicente Amigo






Yo quería haber tenido siempre intactos mis sueños, como en el Sur y cada soplo de mi infancia bailándome entre los dedos…
Seguir pintando cada día, dibujos a cuatro trazos de colores, de cada sueño que se me ocurriera, lanzarlos en un avión hacia el cielo, o meterlos a ellos y a mi en un velero blanco y así recorrernos juntos los cinco océanos del mundo, partiendo del puerto de Algeciras. Ver en mi viaje imaginario delfines y ballenas, saber si de verdad existían las sirenas. 
Yo quería llevar siempre a cuestas mis libretas de dibujos y sentir las flores revueltas con las mariposas, revueltas revoloteando entre la ventana, la almohada y el mundo que quería ver a través de mis ojos.
A veces siento, que tal vez debe ser por eso, que me sigue quedando cielo y mar y montones de recuerdos de mi infancia, impregnada del aroma y del color de mis vivencias en el sur, y cada vez que empiezo a soñar de nuevo, se me escapa todo, de pura añoranza.  

Yo jamás me había soñado, viviendo en un lugar rodeado de bloques de cemento, de calles grises y gentes llenas de prisa. Me soñaba más bien, inundada de olor a tierra y a mar y a verde, viviendo siempre cerca de campos y limoneros, de horizontes de olivares, de espigas de trigo dorándose al sol y al viento, para traernos tras la cosecha, el sabor delicioso del pan blanco de pueblo.
Quería caminos hacia la sierra, sendas de rocieros,  guitarras sonando en sus melodías, y un mundo lleno de niños y de risas y de juegos, para luego reencontrarme en la sapiencia y las horas tiernas entre las manos de los ancianos, de cabello blanco impoluto y sonrisa y ojos de conocer muy bien el mundo,  como tenía mi abuela María.

Ella fue la que me hizo ser la niña del aire,  la niña cantarina que saltaba a la comba de los sueños. Y yo había aprendido a resumir un mundo muy mío y completamente perfecto entre los limoneros y las flores del patio de su casa. Allí donde nacía el olor de los jazmines y el color de los geranios junto a las paredes encaladas, y el rumor de los olivos y los almendros se perdía en los campos cercanos y la tierra seca, por el sol perpetuo, era amable a la sonrisa y al paso humano.


Como cada una de sus gentes, que tenían también ese gesto agradable y ningún reparo en preguntarte si no te conocían o no te recordaban y te veían paseando por la calle cuando tú acababas de llegar para pasar allí el verano: "¿niña… y tú de quien eres?"
Y yo no supe que decir, la primera vez que escuche aquella pregunta, no acabé de comprender que querían decir con aquello, pero le pregunte a mi abuela al llegar a casa, sabiendo que ella me daría la respuesta y así yo sabría que contestar la próxima vez que la gente me preguntara…

“Tú diles, cuando te pregunten, que eres de los mineros y que estás viviendo en casa de María la minera, que es tu abuela”.
Entonces me contó, que ese era el mote que tenía la familia de mi madre desde que un tatarabuelo, mucho antes de la guerra, se había marchado a trabajar a las minas de plata de Linares, dejándose allí la piel y los sudores, para regresar a casa con los bolsillos llenos y ese mote para su familia y las próximas generaciones.
Así, que al día siguiente, cuando volvieron a preguntarme, yo dije bien contenta y segura de mí misma: 
“Yo soy de los mineros y de mi madre bonita” se me ocurrió añadir, así de repente.

De mi madre bonita, la que ahora tiene setenta años y cuatro olivos de aquel pueblo de Andalucía  nuestro, plantados en su jardín, en el otro extremo de España, en un pedazo de tierra que mira hacia el mediterráneo, para tener siempre que ella quiera un cachito de Andalucía donde sentarse a coser por las tardes, mientras la vista se lo siga permitiendo.


Y desde niña, yo la había visto con su mirada blanda perdida en ellos, más de una vez  viajando como a través del tiempo entre sus verdes ramas, respirando muy hondo y sonriendo, sintiendo como si estuviese en su tierra otra vez. Entonces, volvían a nacerle urgentísimas las ganas de verano, y cuando mi padre, por fin tenía vacaciones, regresábamos, de nuevo al Sur.  
...


Imagen obtenida de la red

sábado, 11 de septiembre de 2010

Volando hacia Casiopea...Volant fins a Casiopea



























"De niña,
en mis sueños
subía por las franjas luminosas de la aurora
antes de que se dibujara el sol.

Despierta ya,
recomponía historias,
desplegadas las alas junto a la almohada
sabía que todo era un invento…
Entonces bostezaba,
caminaba de puntillas por la casa
y olía el aire,
que inesperadamente,
me hacía inventar un mundo nuevo
en el que dormir un día más mis sueños
Allí veía cosas,
cosas tan increíbles y hermosas
que jamás supe como contar a nadie."






Sueño que estoy otra vez sentada frente al mar. Que nada como mirar aquel azul me está devolviendo la calma, que podría pasarme allí toda la tarde, hasta toda la vida podría pasarme allí,  sentada mirando el mar.
Todos los momentos en que no tengo nada que hacer, ni que decir, ni en que pensar, sueño que camino por una playa y me siento frente al mar, como estoy ahora en mi sueño.
De allí regresan las añoranzas, las fórmulas que encontraba para estar siempre feliz en mi infancia, sólo jugando con la arena, dejándola deslizarse entre mis dedos, cogiendo un puñado entre mis pequeñas manos, como si cogiese un trozo de mundo húmedo, como el mar, como mis pensamientos solitarios nadando dentro de mis ojos.
Sueño que vuelvo a ser la niña, que vuelvo a hacer castillos en la arena, y caminos con conchas, que me llevan por mundos de esperanza. Y mirando hacia el horizonte vuelvo a tener miedo de las olas fuertes del mar de Cadaqués.  Por eso no me baño, sólo me siento frente a él. Sueño que estoy dentro de un cuadro, que un pintor me está pintando, allí, sentada de espaldas, tal como estoy, jugando con las piedras y la arena, solamente mirando las olas con los ojos húmedos como él, como el pintor que me mira y mira hacia el horizonte, mientras me está dibujando a mí dentro de su cuadro.

Se hace de noche frente al mar, veo la luna llena; está reflejando sus espejos sobre el agua, que ahora ya se ha quedado en completa calma, como si las olas también necesitasen dormir sus propios sueños. El hombre que me ha pintado se ha marchado hace mucho rato y yo sigo siendo la niña sentada en la arena, y tengo un poco de sueño y me tumbo para descansar mientras miro el cielo y el infinito. Al cerrar los ojos, empiezo a soñar que soy una estrella, que ya no tengo cuerpo de niña, que estoy, en un cuadro muy bonito del firmamento y que el cielo está lleno de niños estrella, como yo, que vuelvo a encontrarme allí al pintor, que es él el que nos ha pintado en ese cuadro tan bonito. Estamos juntos allí brillando por encima de la luna blanca y un planeta que nos queda ahora muy lejano.

Miramos desde allí arriba el mundo de abajo y no tenemos ganas de volver, queremos seguir siendo estrellas. Allí la arena con la que jugamos es el polvo que dejan los cometas cuando pasan. Allí no hay olas fuertes, todo es un océano de azules envolviendo suavemente la luz del universo.
No tenemos hambre, ni sed, ni miedo de nada, ni tan siquiera tenemos que ir a la escuela, porque hay allí una estrella muy grande y luminosa que nos enseña todo lo que necesitamos aprender...
A caminar descalzos por la vía láctea, a sentir la música de las estrellas, a hacer piruetas y jugar delante de Casiopea, a sentir la melodía del silencio detrás de la melodía de cada estrella, que es como un canto de pájaros muy sutil. A sentirnos dentro del alma estrella, el alma que nunca hemos podido sentir en la tierra, ni siquiera cuando estábamos jugando, como niños felices, en la arena de un mar como el de Cadaqués.

Sueño que se hace de día, que ya no puedo salir del cuadro pintado en el cielo, que ya no quiero ser niña, ni mujer caminando por la arena, que ya no necesito soñar que soy una mujer de aire, que ser estrella y niña al mismo tiempo es mil veces más hermoso que nada en el mundo.

Pero despierto, conmocionada, otra vez en mi cama.
Hace rato que ha sonado el despertador y llego de nuevo tarde al trabajo. Me meto corriendo en la ducha, suerte que me quedaba un poco de café de ayer, me lo tomo de un solo sorbo. Me visto en dos minutos y salgo a la calle, me pongo alas en los pies y empiezo a volar sobre el asfalto, para no perder el autobús, otro día más.
Vuelvo a ser la mujer de aire, corriendo hacia donde no quiero ir. Al subirme al autobús veo que está allí el pintor sentado, me siento a su lado y me doy cuenta de que es casi como tú, de que se parece tanto a ti que por un momento pienso que eres tú. Él tiene aún más cara de sueño que tengo yo, pero me mira y me sonríe y me guiña un ojo.

Vuelvo a ser la mujer de aire, pero ahora sé,  que tú estás cerca y que estás pintando en un lienzo azul los sueños y que también te sueñas niño como yo, volando alguna noche hacia Casiopea.



“mujer de aire”



Somio que estic un altre cop seguda davant del mar. Que res com mirar aquell blau m’està retornant a dins la calma, que podria passar-me allà tota la tarda, fins i tot tota la vida podria passar-me seguda, mirant el mar.
Tots el moments en que no tinc res que fer, ni que dir, ni en que pensar, somio que camino per una platja i en sec davant del mar com estic ara en el meu somni.
D’allà tornen les enyorances, les formules que trobava per estar sempre feliç a la meva infantessa, només remenant la sorra, deixant-la lliscar  entre els meus dits, agafant un grapat entre les meves mans petites, com si agafes un tros de mon humit, com el mar, com els meus pensaments  solitaris nedant a dins dels meus ulls.
Somio que torno a ser la nena, que torno a fer castells a la sorra, i camins amb petxinetes, que en porten a mons d’esperança. I mirant a l´ horitzó torno a tenir por de les onades fortes del mar de Cadaqués. Per això no en banyo, només en sec davant de tell.
Somio que estic a dins d’un quadre, que un pintor m’està pintant, allà seguda d´ esquenes, tal com estic, jugant amb les pedres i la sorra,  només mirant les onades,  amb els ulls humits com ell, com el pintor que en mira a mi i mira l’horitzó mentre m’està dibuixant a dins del seu quadre.

Es fa de nit al mar, davant meu veig la lluna plena, que està reflectint els seus miralls sobre l’aigua que ara ja ha quedat molt serena, com si les onades també necessitéssim dormir els seus propis somnis. L’home que m’ha pintat ja ha marxat fa molta estona i jo segueixo sent la nena seguda a la sorra, i tinc una mica de son i en tombo per descansar i miro el cel i l’infinit i en tancar els ulls començo a somiar que soc un estel, que ja no tinc cos de nena,  que estic en un quadre molt bonic del firmament,  que el cel està ple de nens estel com jo, que torno a trobar-me allà al pintor, que es ell  qui ens ha pintat en aquest quadre tant bonic. Estem  junts allà brillant per sobre d’una lluna blanca i d’un planeta que ens queda molt llunyà.

Mirem des d’allà el mon de sota, no tenim ganes de tornar-hi, volem seguir sent estels i allà la sorra amb que juguen es la pols que deixen quan passen els cometes. I allà no hi ha onades fortes, tot es un oceà de blaus embolicant suaument la llum de l’univers.
No tenim fam, ni gana, ni set, ni por de res, ni tan sols tenim que anar a la escola, perquè hi ha una estrella molt grossa i lluminosa que ens arreplega a tots per ensenyar-nos  tot el que necessitem aprendre...
 A caminar descalços per la via làctia, a sentir la música dels estels, a fer piruetes i jugar davant de Casiopea, a sentir la melodia del silenci darrera de la melodia de cada estel, que es com un cant d’ocells molt subtil, a sentir-nos dins de l’ànima estel l’ànima que mai havien pogut sentir a la terra, ni tan sol quan estaven jugant, com nens feliços, a la sorra de un mar bonic com el de Cadaqués.

Somio que es fa de dia, que ja no puc sortir del quadre pintat al cel, que ja no vull se nena, ni dona que camina per la sorra, que ja no necessito somiar  que soc una dona d’aire, que ser estel i nena al mateix temps es mil cops mes bonic que res al mon.

Però desperto trasbalsada, un altre cop al meu llit. Fa estona que ha sonat el despertador i arribo tard de nou a la feina. En fico corrents a la dutxa, sort que en quedava  una mica de cafè d’ahir. Me’l prenc d’un sol glop. En vesteixo amb dos minuts, surto al carrer, en poso ales als peus, i començo a volar per l’asfalt, per arribar a temps i no perdre el autobús un altre dia més. Torno a ser la dona d’aire, anant corrents cap on no vull. En pujar al autobús veig que hi ha el pintor allà segut, en sento al seu costat i en dono compte que s’ha sembla molt a tu, s’ha sembla tant que per un moment en  penso que ets tu. Fa més cara de son encara que jo, però en mira i en somriu i  en cluca un ull.

Torno a ser la dona d’aire però ara sé que tu estàs a molt a prop, que estàs pintant en una tela blava el somnis,  i que també et somies nen com jo,i volant alguna nit fins a Casiopea.
  


martes, 17 de agosto de 2010

TODO VUELVE A SER AZUL, RELATO 3ª PARTE





Pasé aún un largo tiempo encajado entre sus paredes, ni siquiera me atrevía a abrir los ojos, pero de repente, algo terriblemente frío se aferró a mi cabeza y empezó a tirar de ella, mientras yo iba perdiendo el latido acelerado, de mi madre tras mi cuerpo.

Una luz cegadora, me estaba deslumbrando, a pesar de que mis ojos querían seguir cerrados.
Aquellas palas, asidas a mi cráneo, me presionaban de tal manera, que ni siquiera era capaz de concentrarme en pensar.
Estaba anclado allí de tal forma, me dolía tanto, que apenas podía distinguir si el dolor era solamente en mi cráneo o se había extendido a todo mi cuerpo...
En ese momento no tuve dudas. Tenía que salir de allí, escapar de tan inmensa agonía.
Logré concentrar toda mi energía, pensé en la fuerza de mi estrella y en un último impulso: salí, dejando atrás el ritmo de mis propios latidos.

Me quedé flotando en el aire, tal cómo estoy en estos momentos, observándolo todo desde arriba.

Vi como seguían tirando de mi cabeza con aquellas palas metálicas y frías y cómo finalmente lograban. Sacaron del interior de mi madre, mi pequeño cuerpo ya sin vida.

Uno de los hombres lo cogió por los pies, zarandeándolo con energía, mientras mi madre contemplaba la escena con la respiración entrecortada y el rostro inundado en lágrimas.

Nadie estaba haciendo nada por ella, sólo había un hombre a su lado que le estaba cogiendo una mano con todas sus fuerzas.
Todos los demás se movían nerviosos, tocando aquel cuerpo inerte del cual yo me había desprendido. Sentí que alguien murmuraba en voz muy baja: "¡Lo hemos perdido!" y al escuchar aquellas palabras, mi madre estalló en un llanto que me desgarró completamente.

Empecé a preguntarme, cómo si ella estaba sintiendo aquel dolor, no escapaba de su cuerpo como yo mismo había hecho minutos antes.

Tuve que acercarme mucho hasta ella para ver la bruma de luz azul que la rodeaba. Ya no era la misma que yo había visto mientras estaba al otro lado.
Entonces me di cuenta de todo, no era su cuerpo ya el que estaba padeciendo aquel dolor tan espantoso, era su alma de luz... ¡Se estaba apagando!
El hombre, que antes le sostenía las manos,  lloraba ahora roto, apoyando su cabeza junto al rostro de mi madre.
Le oí balbucear algunas palabras entrecortadas y entonces puede reconocer su voz, la había sentido muchas veces mezclada con la de mi madre. Era mi padre.

Sentí y vi con mis propios ojos todo lo horrible que se presentaba este mundo: terriblemente frío,  con aquella luz blanca y cegadora inundando toda la estancia en que nos encontrábamos.
Nada era azul, ni había rastro de paz alguna en mí.
Sentí que no era capaz de vivir en un lugar cómo ese. Había llegado el momento de partir definitivamente de allí. Miré hacia arriba, invocando a mi estrella. ¿Dónde estaba ahora el camino de regreso?, ¿Acaso podría  también mi madre venir allí conmigo?
Traté de hablarle, pero no pudo comprenderme, no entendía el lenguaje en el que yo trataba de comunicarme con ella.

De repente, sentí una extraña fuerza que me atraía hacia su pecho, quise estar unos instantes junto a ella, a su lado. Algo empezaba a decirme, que no podía marcharme de aquel modo, después de ese largo tiempo en que había estado viviendo en el interior de su ser.
Pasé frente a mi pequeño cuerpo, vi un hilo plateado practicamente imperceptible, que me unía todavía a él.
En aquel momento sentí un fuerte deseo de volver a tomarlo, de regresar, a pesar del dolor que pudiese causarme de nuevo la experiencia.
Me concentré pensado en aquella luz rosada, que lo envolvía todo cuando yo entré por primera vez en este mundo y en la aureola  que el cuerpo de mi madre desprendía cuando yo la vi, antes de entrar en el interior de su ser.

Sentí una fuerte sacudida. Una corriente energética me estremeció. Sorprendido me di cuenta que ya no existía el dolor. Ya sólo sentía frío, mucho, mucho frío...

Empecé a mover mis pequeños brazos, aturdido. Alguien se abalanzó rápidamente sobre mí, al darse cuenta de mis  movimientos. Me cogieron nuevamente por los pies, palmeando esta vez con suavidad mi espalda.

Un aire espeso estaba penetrando a través de mi boca llegando cómo una ráfaga hasta el centro de mi pecho. Algo se me quebró por un instante dentro y sentí aquella punzada que el aire clavaba en mi interior y estallé en un inmenso llanto.

Aquel hombre que me sostenía, gritó al instante en voz alta: “¡Está vivo!, ¡Está vivo!, ¡Es increíble!".

Me cubrió rápidamente con una tela muy suave. Me puso sobre el pecho de mi madre. Abrí los ojos y pude ver su rostro y cómo brillaba de nuevo aquella luz tan hermosa que lo rodeaba. Había dejado de llorar y cobijaba entre sus brazos tiernamente mi cuerpo, mientras empezaba a arrullarme contra su pecho.
Sentí como mi padre también me tocaba; deslizando suavemente una mano por mi cabeza y cogiendo con su otra mano, una de las mías, como si fuese el tesoro más grande del mundo.

Una oleada de calor me estremeció por completo, cuando al silenciar mi llanto pude sentir a través del pecho de mi madre de nuevo el latido de su corazón. Aquel sonido tan familiar que siempre lograba devolverme la paz y la calma.

Decidí quedarme allí para siempre, aprender a vivir al lado de su corazón, y empecé al fin a comprender lo que acababa de sucederme…

Había nacido en el mundo de los hombres.

Pasaron apenas unos minutos y yo me iba sintiendo cada vez mejor entre sus brazos. Me sumergí en el olvido, mientras lloraba y lloraba de frío, hasta que me quedé completamente dormido, sobre su pecho.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora ya soy un anciano, con un cuerpo tan grande y viejo que últimamente hacía que me sintiese demasiado torpe y cansado.

Recuerdo los sueños de los últimos días aquí en la tierra; alguien me pedía que me retirase, que regresara al espacio donde el cuerpo no es necesario.

Hoy sé que cumplí la meta que me trazaron.
Aprendí a vivir en este mundo tan raro, tan denso, tan extraño y tan confuso.
Conocí la risa intensa y el llanto amargo, el dolor y el placer pegado al cuerpo y al alma. Vi a mi alrededor hombres bondadosos y hombres terribles, animales vivos y animales muertos por esos hombres mezquinos.
He sido niño y hombre, amigo y enemigo, hijo y padre, amado y amante.
Sí, he sido amado y amante, pero sobre todo he sido hasta al final, la luz y la sombra de mi propio reflejo interno, aquel que nació en el alma de una estrella.

Ahora solo deseo volver junto a ella. No quisiera escapar esta vez del olvido, pero aún desconozco lo que va a sucederme.
Vuelven a pasar todas las imágenes de nuevo fugaces frente a mí…
Veo en una proyección inmensa toda mi vida. Pasan velozmente cada uno de los sentimientos que me han acompañado en este camino, las sensaciones que he vivido, los mejores recuerdos, los más bellos y todo aquello que no desearía olvidar, sino llevarme conmigo, para contarle a mi estrella.

Empiezo a regresar al sueño en el que vuelvo a ver a todas mis almas más queridas: a mi madre, a mi amada María, a mi estrella. Me siento empujado por esa extraña fuerza del cielo que me obliga a salir del tiempo, de la carne vieja y arrugada.
Aparece de nuevo el túnel frente a mi, su increíble y maravillosa luz, inundándolo todo. Primero rosada, luego color oro y allí al final del camino, al fondo del trayecto....
Azul, azul, intensamente azul índigo.

Hoy es viernes de un día de la Era de Acuario. Sé que está reinando piscis en el cielo estelar, el último signo del camino del alma. El final de la rueda.

Todo es azul de nuevo. Índigo, como el lugar al que pertenezco y al que estoy regresando, en un largo sueño, flotando entre nubes de brumas azules y doradas esperanzas de reencuentro.

Fin





TODO VUELVE A SER AZUL, RELATO 2ª PARTE



Moraban allí, junto a nosotros,  unos maestros de luz inmensa, unos sabios; aquellos que mediante su energía nos protegían y nos enseñaban a permanecer en armonía con el cosmos, con el señor de los cielos, que reinaba más allá de las galaxias y de los cuerpos estelares.

Ellos fueron, quienes me dijeron que debía emprender un largo viaje hacia otro mundo. Durante el transcurso del cual se borraría de mi memoria el recuerdo de todo cuanto antes había sido, mientras estuve allí.

Un día pronunciaron su nombre, aquel lugar se llamaba “La Tierra", era un planeta azul y verde que estaba en una galaxia muy lejana a la mía.
Según fui comprendiendo; allí debería vivir primero en una madre para luego crecer fuera de ella y transformarme poco a poco en hombre.
Recuerdo que empecé a preguntarme, cómo sería ser un hombre y si acaso no iba a ser demasiado doloroso vivir esa experiencia de estar tan solo y tan lejos del cuerpo de mi estrella.  
Pronto supe que no iba a estar tan solo. Me contaron que allí había millones de seres como yo, y que aquel lugar hacia dónde yo me dirigiría, era un planeta muy rico, pero agotado y ensombrecido día tras día, a causa de que los seres que lo habían ido habitando no habían respetado la armonía de su naturaleza y generación tras generación, en el transcurso de los tiempos, se había ido destruyendo en gran parte su hermosura.









Contaban que allí existía un sentimiento profundo que no se vive en el cosmos. Lo llamaban dolor y todo era confuso en él. Reinaba el miedo y la soledad en los seres que así se sentían y que incluso la mayor parte de ellos, que procedían de cuerpos estelares como el mío, se inundaban en ese dolor al haber perdido completamente sus recuerdos, al llegar a la tierra, 


Supe también, que allí las personas, a menudo se sentían solas y extrañas, que no veían la lu luz, ni crecían dentro de ella. Que todo era bastante contradictorio, que se vivía en los extremos de sentimiento, de la razón, de la mente, del corazón y de los egos.


Había hombres que amaban intensamente y se entregaban a una vida noble y otros que sin embargo, vivían confundidos entre el odio y la desesperanza y hasta llegaban a matarse entre ellos alimentando la maldad y la venganza, sin averiguar nunca lo que buscaban con aquello.
No cesaba de preguntarme, cómo viviría yo en aquel lugar, quien iba ser mi nueva madre, aquella que me iba a dar una vida nueva, diferente a la única que yo conocía hasta entonces. Pero sobre todo: cómo iba a poder reconocerla y encontrarla, en aquel mundo tan extraño.

Recuerdo que pensé, si acaso debía tener ella una luminosidad azul tan hermosa como la de mi estrella.

Estuve bastante triste unos días antes de marcharme, pues  ella era todo cuanto yo necesitaba y en aquel cuerpo de luz y polvo cósmico era donde desde que tuve memoria de ser, yo había aprendido a fluir, presente y consciente en la totalidad, en la paz absoluta que mi estrella se había proporcionado siempre.

Fue un larguísimo viaje, más no tuve dudas cuando al fin la encontré. Había soñado con su imagen, tuve una visión clara: vi su rostro humano, sus ojos brillantes y una bruma azulada que la envolvía, del mismo modo que una nebulosa azul rodeaba a mi estrella, cuando yo me separaba de ella para contemplarla en la lejanía.

Sé que estuve un tiempo distante de ella, simplemente observándola. Hasta que un día, mientras soñaba, me vi arrastrado de una forma casi mágica hacia su cuerpo. Sentí una fuerza increíblemente poderosa y me encontré de repente en el umbral de un largo túnel rosado. Empecé a sentirme en él blando, cálido y muy dichoso.

Cuando pude darme cuenta, ya había traspasado la barrera que nos separaba y me encontré viviendo en el interior de su ser, de su útero, de su cuerpo de carne, huesos y luz femenina, como la de mi estrella.


Poco a poco, envuelto en aquel pequeño mundo de calor y sensaciones, iba creciendo aquello que empecé a percibir como mi propio cuerpo.
Empecé a abrirme a los sentidos, aprendiendo a controlar los movimientos de cada uno de mis miembros. Cuando agitaba los brazos, para acercarme las manos hasta la boca y llenarla con mis dedos, en ese afán de chuparlos, sentía un placer inmenso. Eso me gustaba muchísimo.

También movía con fuerza las piernas y daba patadas a las paredes blandas que me rodeaban, para probar mis propias fuerzas y mis pequeñas habilidades desarrollándose día tras días.


Intuía que a ella le gustaba, sentirme jugando, en movimiento y percibía lejano el calor de sus manos posándose sobre mí a través de aquellas paredes de carne, músculo y piel que nos separaban de otro contacto más cercano.
Y allí complacido, con la boca llena de dedos, la escuchaba hablar a menudo y a veces hasta tatarear una musiquilla que me encantaba, porque me serenaba hasta caer en un dulce y profundo sueño.
Aprendí más adelante, a agudizar mi oído, para apreciar cada matiz del más grande de todos los sonidos: el de su corazón. Con el tiempo pude percibirlo con más intensidad que el mío propio.
Aprendí a conocer sus ritmos y escuchando aquellos latidos podía saber cómo mi madre se sentía. Y así, si ella descansaba, si no percibía yo ningún movimiento, me dormía también sereno completamente, en la paz de sus latidos.

Era entonces cuando podía percibir la vida que ella vivía en ese mundo, a través de mis sueños y no de mis sentidos.
También solía viajar desde ellos, de nuevo hacia la luz de mi estrella. Era un viaje sin cuerpo, sin otro deseo que el de seguir viéndola día tras día, aunque fuera solamente por un tiempo muy breve.

Llegaban también hasta mis sueños los maestros de la luz, y me contaban más detalles acerca de mi presente y de cómo iba a desarrollarse todo, conforme yo estuviese preparado para el momento de abandonar el cuerpo de mi madre y vivir con el mío propio, fuera de aquel tierno espacio que entonces era mi único mundo.

Un día al despertar supe que no podría permanecer demasiado tiempo más allí. Apenas tenía ya sitio para moverme. Ese día, lo reconozco, tuve muchísimo miedo. Un miedo que jamás antes había sentido y me acurruqué, escondiendo la cabeza entre mis brazos, escuchando su latido para recogerme aún más en mi mismo, para no ocupar demasiado espacio, ya que yo no quería abandonar aquel lugar que era para mi tan cálido y placentero.

Me había acostumbrado a jugar con el agua tibia que me envolvía; intentaba atraparla con mis manos, con mi boca, entraba y salía de ella, se escapaba hacia dentro y cuando en mi torpeza, me la tragaba, me divertía sintiendo como recorría todo mi cuerpo.

Un día, mientras dormía, me despertó su latido extrañamente acelerado. Sentí por primera vez, cómo me oprimían las paredes de mi casa con una fuerza casi insoportable. Todo temblaba a mi alrededor.
Tuve tanto miedo, que empecé a luchar contra aquellas paredes que aparecían ante mi hostiles y extrañamente contraídas. Di varios golpes con insistencia y de repente una fuerte sacudida me bloqueó. Sentí como perdía mi agua, me agité inquieto buscándola, pero ya nunca más pude recuperarla.

Algo se había quebrado bajo mi cabeza y me veía cada vez más impulsado hacia ese precipicio que se abría sin remedio ante mí.
Apenas sentía ya fuerzas para resistirme. En un momento de breve quietud, pude sentir como mi madre gritaba asustada, llamaba a alguien desesperadamente, mientras todo se nublaba en mi mente.

Entonces, pude ver el fondo de mi casa quebrándose bajo mi cabeza, mientras esa fuerza aplastante me empujaba hacia el hueco que acababa de surgir frente a mí.

No sé cuanto tiempo transcurrió, probablemente demasiado, pues apenas pude soportar ya el dolor. Sentía mi cuerpo magullado, sin fuerzas para oponer resistencia e inevitablemente, tuve que empezar a atravesar aquel estrecho túnel.


imagen de Teresa Salvador, "Fábulas" en Flickr

******