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sábado, 27 de agosto de 2011

Nuevo número de la revista El Descensor: Lluvia de verano



Nuevo número de la revista El Descensor
Año 2, número 2- Lluvia de verano
"La lluvia milagro", es el relato con el que participé en esta edición
(páginas de la 5- 10)



 Podéis descargar este número en el siguiente enlace:


https://sites.google.com/site/revistaeldescensor/numeros/0202-lluvia-de-verano


El descensor - A02N02 - Lluvia de Verano




viernes, 4 de marzo de 2011

Nuevo número de la revista "El Descensor"




Uno de mis relatos en el número de Marzo de la revista El Descensor
(páginas de la 28-36)
Año 2, número 1- El escapista
Marzo 2011


Si no lo veis bien arriba, también podéis leer o descargar la revista en el siguiente enlace:

http://sites.google.com/site/revistaeldescensor/numeros/0201-el-escapista

martes, 3 de agosto de 2010

La casa del viento

"Circ de Colomers" Imagen de Josep Tomàs, Thunthershead en Flickr


Se había levantado caminando de puntillas, tarareando una musiquilla para si misma como cuando era niña. Tuvo la sensación de que empezaban a quedar atrás aquellos días de tristeza, que habían estado atormentándola desde que él se había marchado de su lado. 

Volver a despertar en aquel lugar era como una liberación para el espíritu, una sensación de auténtica armonía al reencontrarse con los recuerdos de la infancia, con la quietud de la montaña, escapando de los días grises que en la ciudad se solapaban haciendo que todo pareciera siempre tan igual y monótono. 
Aquel fin de semana iba a ser diferente, había regresado después de mucho tiempo a la casita de la montaña. El lugar donde sus padres veraneaban. 

Le encantaba conducir por aquellos caminos, se sentía feliz y segura. Avanzaba veloz, con la ventana bajada sintiendo como el aire golpeaba su rostro. Había aún rincones cubiertos por las últimas nieves y la luz del sol penetraba a través de las sombras descubriendo aquel bosque que empezaba a despertar del largo letargo del invierno. 

Aquella mañana se respiraba un frescor diferente, crecía un rumor a su alrededor y una brisa muy suave, como de primavera, se enredaba entre las ramas casi desnudas de los árboles. Era como si todo se preparara para recibirla y esa mañana de febrero, se podía sentir su aroma ya flotando en el aire. 

Paró el coche en un claro soleado del bosque para que sus hijos jugaran. Empezó a correr tras ellos intentando atraparlos, pero se escabullían retorciéndose entre risas porque ella nunca los alcanzaba. Ya cansados de jugar, se sentaron en la hierba para desayunar. Después caminaron hacia un mirador que quedaba allí cerca y recogieron piedras pequeñas del suelo para tirarlas al vacío. 

Aquel mirador era el lugar favorito de su infancia, el escondite secreto donde con sus amigos pasaba las horas buscando fósiles, tirando piedras al vacío y gritando sus nombres contra el eco de las montañas. 

“La casa del viento”, así habían llamado a ese lugar desde niños. Una casa abandonada, sin puertas ni ventanas donde circulaba siempre el viento a su antojo y la montaña se vertía inmensa y solitaria a sus pies. 

Recordó el día en que habían encontrado allí mismo un muerto tirado sobre la hierba; un ajuste de cuentas, un preso acuchillado que alguien había abandonado sin compasión en el mirador, a los pies de la casa. 

Desde entonces las gentes del lugar le llamaron “La casa del hombre muerto”, pero para ellos siguió siendo siempre la casa del viento y allí regresaban a escondidas de sus padres que ya no les permitían volver como antes a aquel extraño lugar. 

Lucía estaba sentada cerca del borde del mirador con sus hijos, contándoles aquella historia, cuando de repente, vio que subía un coche por la carretera. Llevaba algo enorme de colores amarrado sobre el techo: era un ala delta. 

Se emocionó al instante relacionando aquella visión con la aventura de un día de su infancia. Se levantó rápidamente, cogió a los niños de la mano y se los llevó hacia al coche mientras les decía: 

-Hoy es nuestro día de suerte chicos… ¡Vais a ver volar! 

De niña, subía en bicicleta con sus amigos por aquellas carreteras, aunque por aquel entonces no estaban aún bien asfaltadas. Solían inventar que eran los protagonistas de la pandilla de una famosa novela juvenil. 

Un día, mientras estaban en la casa del viento planeando nuevas aventuras, vieron como subía una furgoneta grande por el camino de tierra. Llevaba un ala delta amarrada sobre el techo y se dirigía hacia el montículo que quedaba frente a ellos. Uno de los chicos se levantó diciendo: “¡Vamos a ver lo que hacen!”. Y cogieron sus bicicletas y se pusieron en marcha pedaleando con fuerza. 

Aún no imaginaban que iban a contemplar cómo alguien se lanzaba al vacío con aquel gran pájaro de colores. 

Por fin llegaron sin aliento al montículo y allí se encontraron con unos hombres jóvenes desplegando el ala delta sobre el suelo, preparando todo para la gran hazaña. Tardaron más de una hora en montarla. Había uno de ellos que caminaba con el brazo extendido hacia arriba, mientras sostenía en su mano un extraño aparato. Cuando los muchachos le preguntaron que hacía, les dijo que estaba midiendo la velocidad del aire y aquel instrumento emitía unos ruiditos agudos mientras él caminaba sosteniéndolo. 

Lucía y sus amigos miraban intrigados mientras seguían haciendo más preguntas al joven. Los demás parecían demasiado ocupados montando el gran pájaro de colores. Eran gente agradable, procedente de diferentes puntos de la comarca. 

Cuando todo estuvo listo, el joven se acercó a ellos y les dijo: “Bueno muchachos, si os quedáis ahí bien quietitos podréis ver como me lanzo con mi ala delta y vuelo bajo vuestros pies, pero sobre todo no os acerquéis demasiado al precipicio”. 

Estaban emocionados, aquello si era una aventura de verdad. 

El joven sonreía radiante, todo estaba preparado y su pequeño público lo esperaba lleno de ilusión. Se acercó hasta sus compañeros y los abrazó, después se situó en una especie de soporte que había en el interior del ala y les guiñó un ojo a los chicos, mientras levantaba el dedo pulgar en señal de listos. Ya muy cerca del borde del precipicio, inspiró profundamente mirando hacia el cielo. 

Todos estaban paralizados esperando el momento de la caída cuando finalmente, hizo una pequeña carrera respirando de nuevo con ansias y se lanzó al vacío… 

Unos instantes después un grito salvaje inundaba el valle. Era un grito impresionante que rebotaba contra su propio eco y volvía velozmente a oídos de aquel público entusiasmado. Todos empezaron a aplaudir, y de repente, Lucía sintió como se le erizaba el vello al escuchar aquel sonido humano dominando la montaña. Fue entonces cuando empezó a pensar que un día ella también lo haría; se lanzaría al vacío y gritaría bien fuerte, sintiendo aquella sensación de libertad y descubriendo el placer de oír su propia voz rebotando en las montañas, mientras planeaba en el aire sobre el valle. 

Y muchos años después de aquel día de su niñez, estaba de nuevo allí; con su niña de ayer, con sus niños de hoy, viendo como alguien se lanzaba de nuevo al vuelo poniendo la piel en tan apasionante aventura. 

Esta vez era una mujer. Morena, de estatura pequeña y aunque no aparentaba ser demasiado fuerte, se movía con energía y parecía muy valiente. 

Lucía sintió una gran envidia, cerró los ojos y pudo imaginarse así misma lanzándose al precipicio con sus alas de colores. Imaginó también como saldría de su pecho aquel grito salvaje, mientras vería la sombra de su silueta reflejada en la llanura. 

Y aterrizó de su propio sueño, justo a tiempo para ver el salto. 

Sus hijos aplaudían entusiasmados, tal como ella había hecho 22 años atrás. Esperó impaciente el grito, sabía que lo oiría de nuevo… 

Apenas transcurrieron unos segundos cuando se estremeció de pies a cabeza al sentir la voz de la mujer desgarrando el silencio de la montaña. 

- ¡Es el grito de la libertad! -les dijo con entusiasmo a los niños. 

Y sintió que empezaba a vivir la suya propia, saboreándola como nunca antes lo había hecho. Tantos años que habían pasado y aún no había aprendido a volar. 

Y esa mañana de febrero, mientras el viento volvía a golpear su rostro al borde del precipicio y la primavera ya era un presagio, se atrevió a pensar que aún no era demasiado tarde para hacerlo.




Aquella noche en sus sueños 
Su corazón quiso volar 
Sentir el canto de los valles 
Y con sus alas inmensas multicolores 
Surcar el viento 

mayde molina

domingo, 28 de marzo de 2010

La lluvia milagro





Recuerdo todavía aquel verano en Andalucía. Era el mes de agosto y estábamos pasando nuestras vacaciones en un pequeño pueblo de Córdoba donde vivía casi toda mi familia.
Mi abuela tenía una higuera enorme y vieja en el patio de su casa y un sinfín de macetas con flores inundando las paredes y los rincones de color.
Siempre pensé que ella tenía la fuerza de adivinar cada uno de mis pensamientos si se lo proponía y en sus ojos claros, aun cuando ya se hizo muy mayor, seguía chispeando el fuego y la brisa de una mirada limpia y sin trampas.
Aquel verano descubrí, que le habían salido un montón de arrugas en torno a los labios y más tarde comprendí que no habían sido repentinas, como a mi me pareció en aquel momento, sino que cada una de ellas había crecido con el tiempo, surcando un camino tenue en torno a su boca. Dejando la huella de los silencios y del dolor que había contenido en el transcurso de aquellos difíciles años apretando bien fuerte los labios.
Las tardes más calurosas, yo solía dormir una pequeña siesta bajo la higuera. Un día me despertó su voz canturreando feliz, sólo porque estaba empezando a llover.
La miré sorprendida ante aquella repentina dicha y entonces ella me explicó, que aquello si que esra un verdadero milagro en Andalucía.




Y sacó rápidamente los cubos de metal al patio y al poco rato, un sonido tintineante empezó a repicar en su interior mientras las gotas caían y los llenaban haciendo música con el agua.
A lo largo de aquel verano, hubo alguna tarde más de lluvia; a veces era una lluvia rocío muy finita, que llenaba las hojas y las flores de gotitas brillantes y minúsculas y otras era un lluvia brava y torrencial, que encharcaba completamente el patio y chorreaba surcando como pequeños ríos por el viejo tronco de la higuera.
Pero siempre, después de la lluvia, el cielo se despejaba y la tarde se teñía de colores, mientras mi incansable curiosidad le volvía a preguntar a ella por qué se había puesto de repente el cielo de aquella manera y las nubes en torno al sol lucían tan anaranjadas…
Y mi abuela me contaba, guiñándome un ojo, que aquello simple y sencillamente era magia. Que había alguien allí arriba pintando con su paleta el cielo, solo por el placer de que los humanos pudiésemos ver con nuestros ojos aquella hermosura desde la tierra, Y yo, por aquel entonces bastante conformo con la explicación sonreía también y me imaginaba aque Dios pintor que con la bata y las manos llenas de manchas coloreaba la tarde a su antojo.
A veces, mi fantasía me llevaba a imaginarme hasta a su madre… Que tal vez lo regañaría, como hacía conmigo la mía cuando me ensuciaba las manos y la bata con las témperas, tratando de dar color mis pequeños mundos de garabatos, sobre el papel que más tarde mi abuela colgaría orgullosa en las paredes de su casa.
Una de aquellas tardes intensamente rojas, nos tumbamos las dos bajo la higuera, mirando solamente las nubes, hasta que vimos aparecer en el cielo la primera estrella despuntando.
Entonces ella me contó que aquella estrella era “el Lucero del alba”, porque era el astro que más brillaba cuando empezaba a caer el sol y ya no desaparecía hasta bien entrada la luz de la mañana.
Hoy, que sé que no era una simple estrella sino que se trataba del planeta Venus, recuerdo que le pregunté a ella aquella tarde, quien había decidido que fuese justo “el Lucero” la primera y la última estrella que debía brillar en el cielo. Ella contestó muy seria, que por supuesto también era Dios.
Yo sonreí de nuevo sorprendida y ella entonces me dijo, que tenía los hoyuelos de Venus en las mejillas cuando me reía y que eso iba a regalarme sin duda una vida afortunada.
………………..
Ahora estoy contemplando de nuevo Venus; sus destellos por momentos se están tornando anaranjados, veo a través de la ventana los matices de su color y pienso que eso sucede porque está tan cerca del sol que es capaz de reflejar los tonos de éste en el ocaso.
Hace una hora que quedó atrás tu Nueva York y estamos volando ya a más de 5000 pies de altura.
He visto los rascacielos de la gran manzana, transformarse en pequeños rectángulos grisáceos, destacando tímidamente entre las últimas luces de la tarde…
Y aunque resulte gracioso pensarlo, ese monstruo de ciudad que a la altura de nuestros ojos parecía tan grande y poderosa apenas se asemeja a un montón de juegos Lego para niños desde aquí arriba. Una ciudad de juguete, hecha de plástico duro, que se ha ido perdiendo sin más bajo mi vista.
Y tú, que me decías el otro día cuando paseábamos juntos por las grandes avenidas, sintiéndonos bien pequeños a su lado: “Fíjate… esos rascacielos… hieren el cielo como flechas...”
Hoy apenas he visto sus flechas tres segundos antes de que se perdieran en la distancia, conforme nos alzábamos entre las nubes.
Ahora volamos sobre el océano; ese inmenso océano que me está separando nuevamente de ti y que me vuelve a dejar en el patio de la casa de mi abuela llorando.

Cómo aquella mañana en que al despertarme salí corriendo a buscarla, con la cara empapada en llanto, porque se habían marchitado durante la noche todos los jazmines que ella había colocado la tarde anterior en mi cabello.
Ella me llenaba la cabeza de tirabuzones; liándome los mechones de cabello entre los dedos, sin ayuda de peines ni de nada más que sus propias manos.
Luego, antes de que oscureciera, yo la ayudaba a recoger las flores aún cerradas del patio y me enseñaba a ensartarlas, una a una en un hilo blanco. Hacíamos adornos para el pelo que ella disponía entre mis rizos y que justo al anochecer empezaban a abrir sus flores desprendiendo un intenso aroma.
Recuerdo la primera vez, que al instante de sentir su olor, pensé que aquello era una forma más de magia…Y respiré muy hondo, sintiendo la fragancia de los jazmines flotando alrededor de mi cabeza. Por eso aquella noche quise dormir con ellos.
¡Cuantos recuerdos, viven aún en mi memoria de aquellos días...!
Por eso será, que aún me gusta tanto el olor de los jazmines y que añoro inmensamente las noches de Andalucía a las que quiero volver contigo…
Para que veas como lucen las estrellas y brilla el Lucero del alba y te inundes con los aromas de las flores mezclándose en el aire de la noche y respires también el olor intenso del aceite flotando sobre los campos y puedas ver las casitas desde el cerro del pueblo, que se ven blancas y brillantes como pequeñas lunas llenas de vida…
Y así, aprendas a reconocer aquella tierra por sus olores cómo yo aprendí a hacerlo cuando era niña.
Y volveré a ponerme flores en el pelo… como aquel verano, cuando cumplí los 9 años.
Ayer por la noche, eran tus manos las que estaban enredadas entre mi pelo, deshaciéndome los rizos que con tanto empeño hiciese mi abuela hace ya tanto tiempo.
Y ahora, ya no quiero sostenerme más en la nostalgia, ni vaciarme frente a estas hojas de mi pensar, sólo me evadiré del mundo, de su realidad… Para ver como nace la noche empezando a salpicar el cielo de múltiples luces pequeñas y brillantes.
No quisiera dormirme en el transcurso del vuelo, no quisiera que me venciera el sueño y cerrar los ojos y perderme todo cuanto se puede ver desde aquí arriba, ni esta, la noche más corta, porque apenas en dos horas estaremos en otro continente y allí serán ya las primeras horas del alba.
….…….
Acaba de amanecer en Europa y el mapa que tengo frente a mis ojos me indica que ya volamos sobre Francia. Miro por la ventana y a pesar de mi tristeza, allí está Venus de nuevo cambiando de continente.
Creo que falta apenas una hora y media para aterrizar en Barcelona, la ciudad donde nací y crecí la mayor parte del tiempo, lejos de mi abuela María.
Y me detengo a pensar si acaso…
Pudiese tener tanta magia como aquel Dios pintor que dibujó con colores las tardes de mi infancia y poner el día boca abajo…
Para atrapar el giro del tiempo y así caerme de nuevo en tu noche, tibia y limpia…
Y ser como la lluvia-milagro que cayó aquel verano en Andalucía.


Lucíabluesindreams

Imagen "Venus y Luna" tomada de Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Lucero_del_alba
Imagen "Invocación a la lluvia" de Teresa "Fábulas" en Flickr: http://www.flickr.com/photos/teresafabulas/3758850554/in/set-72157620825094270/
Relato para la revista "El descensor", si quieres conocer esta revista pincha aquí:


jueves, 18 de marzo de 2010

La casa del viento, revista El descensor




Aquella noche en sus sueños
Su corazón quiso volar
Sentir el canto de los valles
Y con sus alas inmensas multicolores
Surcar el viento

pincha aquí si quieres leer el cuento:

sábado, 13 de marzo de 2010

¿Y si la lluvia...?




¿Y si me amas cuando te nombre
me sueñas cuando te olvide
y me sostienes cuando
me caiga de lo más alto del cielo?


¿Y si me dibujas con el pincel de tu anhelo?
¿Me paras en la noche cuando corra?
¿Me impulsas cuando vuele
entre las sombras de la aurora?
¿Me enciendes cuando olvide
de que soy una mujer de aire?


Y si caes tibio sobre mi cuerpo
llenándome de vida y savia
como la lluvia de verano
al morir la tarde…


Hazte 
de mi caricia muda
de mis noches de verso y luna clara
Dame un beso por un nada
Una flor por un instante de ternura
Un abrazo inmenso
por un solo lamento


Y si me recuerdas... 
Que soy:
lucero brillando en tu mañana,
oasis en la tumba de tu desmemoria,
manantial en la cuna de tus ternuras,
duna redonda donde bañar
tu desnudo


Extráñame 
Habítame 
Revíveme


Ofréceme los bosques de Mercurio
Dibújame las alas
cuando me veas dormir despierta
o morir rota y sin sueños
Ármame el recuerdo
con besos de agua
Cúbreme de amapolas
los siete mares del deseo


Anochéceme en tus labios 
Amanéceme en tus brazos
Añórame en el tiempo de las nubes
Conócete en mi piel 
mi piel blanca de duna


Libérame la culpa 
de ser de aire y mujer
Y no me amarres cuando temas
al árbol viejo de los celos
ni al tiempo mudo en los silencios
que son vano desgarro


¿Y si al fin te desnudas de espinas y de andares?
Si ya no me privas de tus sueños más azules
Si dejas de hurgar 
bajo las uñas de la duda
Mi instinto de amarte
libre y a mi brío



¿Y si eres…?

Mi amor cañaveral
Mi nube blanca del tiempo
Mi hermoso corazón de selva
Y me abandonas...
Sólo si te olvido
O me dejas si un otoño
 me ves morir sin poesía…
O me invitas a volar de tu abrazo
cuando la primavera no estalle
con sus corolas rojas
y el agua del verano
no te deje tu amor limpio 

tibio frente a mis ojos


¿Y si...la lluvia del próximo verano
te ofrece entre sus frescas gotas
Una vez más...

mi amor de aire y fuego?



Imagen mujer en la lluvia de Rodrigo Torre Vivar