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sábado, 27 de agosto de 2011

Nuevo número de la revista El Descensor: Lluvia de verano



Nuevo número de la revista El Descensor
Año 2, número 2- Lluvia de verano
"La lluvia milagro", es el relato con el que participé en esta edición
(páginas de la 5- 10)



 Podéis descargar este número en el siguiente enlace:


https://sites.google.com/site/revistaeldescensor/numeros/0202-lluvia-de-verano


El descensor - A02N02 - Lluvia de Verano




miércoles, 20 de julio de 2011

Niños de la calle (Relato)



Tengo ya casi 6 años. Mis hermanos Juan y Manuel, son un poco más grandes que yo.
Ellos lustran zapatos en la calle y lo hacen muy bien. Pero a mí aún no me sale y no me dejan que pruebe porque dicen que soy muy chica para que me salga bien. 
A veces me dejan sola y luego antes de que se haga de noche me vienen a buscar y nos vamos los tres juntos para casa.
Mi papá llega muy tarde y muchas veces se enfada con nosotros porque dice que ganamos muy poquita plata. Entonces nos grita y mamá le dice que sea bueno y que no nos riña tanto porque algún día hemos tenido mucha suerte y hemos llevado más plata a casa que él. Entonces mi papá le pega y ella nos manda a la cama y Miguel, que es el más chico, se pone a llorar y no me deja dormir. Yo me levanto y lo cargo en brazos para que se calle y se quede tranquilito y se duerma conmigo.
Hoy  nos hemos levantado muy temprano, Juan y Manuel se han ido por un lado y yo he estado andando todo el día solita. A veces canto canciones y me dan alguna moneda. Otros días no se me ocurre que hacer y me siento delante de un sitio donde van a comer siempre los turistas.  
Esta tarde había una mujer que me miraba todo el rato y me ha traído un plato de sopa de arroz con pollo. Luego se ha marchado con su familia y yo me he comido un poquito porque estaba caliente y muy sabroso. Pero si esa señora tan buena en vez de la comida me hubiese dado solamente un dólar, mi papa estaría más contento conmigo esta noche.   
Aún no sé como les habrá ido hoy el día a Juan y Manuel. Seguro que cuando yo cumpla  6 años me dejaran ir con ellos y me enseñarán a dar bien el lustre y entonces lo haré muy bien.
Tengo sueño y ya no tengo más ganas de caminar. Me voy a quedar aquí esperándolos. 

domingo, 3 de abril de 2011

Yo, tejedora del sueño que te alondra a mi almohada...






Yo, tejedora del sueño
que te alondra a mi almohada,
pido palabra a la boca,
reminiscencia al aire:
que exista mi presencia allí en tus calles.
Que se ha de hallar tu infinito
en mis noches sin fin.
Yo, cumbre de ti
cuando a mí trepas
en medio de este sueño
tan desnudo.
Yo, el alma
y la fe
de tu amor desnudo.


Hoy estoy escribiendo el final de otro tiempo…
De mi ayer marchito de esperanzas, de mi ayer mujer-anacoreta, de mi ayer anochecido en penitencias de aire y otros tantos vendavales, sin estar entre tus brazos.
Yo; mujer que toca suelo ahora, que deshoja los pétalos del tiempo, midiéndome en las horas que nos faltan, yo, Penélope que teje entre las teclas el periplo de este amor nunca acabado.
Yo que sólo sueño espejos solares a tu pecho, que ya estoy imaginando que está mi luna de agua en ti mecida, que retengo el aliento y te retengo, que me miro y te veo y te sonrío, y me fundo, en el fondo travieso de tus ojos rotundos, y allí veo mis ojos, abiertos, de ti rotundos.
Yo que no tengo morada y moro en ti sueños de Alhambra y besos incendiando la calma, ahora en pausa, de la aurora.
Yo que precipito la prosa que te incendia o que te arropa, el sueño, en la demora.
¿Acaso imagináis tú y el mundo que ya no voy a ser poeta, que ya no necesito serlo, porque ya no duermo, ni tiemblo, ni vuelo,  en brazos de la mujer de aire?
¿Sabe, como tú lo sabes, que te extraño tanto que he de inventarte a deshoras con mis ansias? ¿Que me dibujo en la seda de las sábanas y te plagio por completo, en tu caricia, pero con mis propias manos?

Hoy sé que el mundo es redondo para que no nos perdamos.

Yo, agua en ti, fuente o volcán a tu enigma de amor de hiedra siempre viva a las raíces de mi vida. Yo, verso sediento de ti, pasión bendita de ti, corazón de selva, tan salvaje, que no pudo domarse a otro pecho ni a otra tierra que no fuese la tuya en nuestro amor libre entre el océano y el aire. 
Yo que ya no vuelo, sino en sueños: hoy vuelvo a tener  un pasaje de avión entre las manos, el beso del reencuentro al reverso de mis labios, el viento de abril a mi favor, tu sol en mi esplendor, brillando en los colores de nuestras tardes caramelo, que han de rodarnos todavía, desnudos, junto al mar.
El alma puesta en vuelo, la boca viva en ti, y un 16 de abril que te acaricia las noches que nos faltan, las noches que ahora cuentas y dilatas,  las noches que me inventas sobre ti, pero con tus propias manos…

Y hoy sólo pido amor, que no desfallezcamos a tanta fantasía que nos llena y nos vacía  a un mismo tiempo,  porque el mundo es redondo y todo llega, porque todo sueño verdadero: va del aire a la carne y de la carne al cielo que nos alza…
Porque yo, ya no voy a ser ni la llama en verso encendida, ni la mujer del aire, sino el mar y la tierra dónde vivas.
Voy a llevarte infinito hasta esta luna clara que nos sueña despiertos, y el mar, ha de mirarnos con sus ojos abiertos, como este amor, sediento de nosotros.
La tierra firme, ha de mirarnos con sus ansias y ver que me acaricias y me enraízas, que en esta orilla sin nostalgia, soy real como tú y tu amor.
Y como el mar que siempre acoge y enhebra las olas a las aguas. 
Como tú y nuestra vida y nuestra sal y tu amor oleaje a mis entrañas.


Y hoy que estoy tan cerca de tenerte, que no puedo dormirme ni dormirte, voy a dejar de escribir, para pensar en ti,
con mis manos. 

viernes, 4 de marzo de 2011

Nuevo número de la revista "El Descensor"




Uno de mis relatos en el número de Marzo de la revista El Descensor
(páginas de la 28-36)
Año 2, número 1- El escapista
Marzo 2011


Si no lo veis bien arriba, también podéis leer o descargar la revista en el siguiente enlace:

http://sites.google.com/site/revistaeldescensor/numeros/0201-el-escapista

viernes, 11 de febrero de 2011

Como todo a veces se me hace sueño...






Como todo a veces se me hace sueño, yo te digo que esto nuestro no. Esto nuestro, no es sólo sueño. Ni siquiera es simplemente un cuento de amor. 
Es una voz. Una voz que está viva y ardiente, que sigue dentro de mí, que me habla con tu acento y que me dice: estoy aquí, tómame, soy yo...
Y te tomo y ya puedo empezar a dormirme serena, mientras tu voz  se acerca o se aleja, o se me pierde en el aire y ya en mi sueño más profundo, a veces, empieza mi viaje a otro lugar. Allí dónde veo esas cosas que después no sé cómo explicar, que no sé ni siquiera que nombre ponerles. 

Así como tú, una vez también me contaste que a ti te sucedía y me dijiste, que cuando me pasara eso me mirara las manos, porque de ese modo podría saber si todo era auténtico, si estaba en ese mundo extraño de verdad, o sólo era un invento de mi mente o de mi sueño.  
Entonces, cuando estoy allí, miro mis manos; las veo blancas, sin líneas en las palmas y eso casi siempre, me asusta demasiado  y quiero regresar. Me despierto, abro los ojos, deambulo a oscuras por la casa, trato de hallar tu voz de nuevo en el silencio, y si no la siento, te llamo y hablamos de cualquier vanalidad.  

Sé que tal vez sea verdad que duermo poco, pero por ahora es más que suficiente, porque ya dormí mucho de niña y aunque digan que no, yo sé que el sueño se acumula, lo mismo que las hojas del otoño sobre el suelo, haciéndolo más fértil. Por eso, mi suelo y mis cimientos están llenos de sueño antiguo.
Recuerdo perfectamente; cuando estaba en verano en casa de mi abuela, y entonces ella venía y me llenaba de besos tratando de despertarme, mientras decía: “Venga ya dormilona, levántate... que son casi las 12 de la mañana”.  
Pero ahora, cuando es medio día, ya llevo muchas horas despierta. Trabajo más de lo que quisiera, estudio todo eso que tú sabes que me inquieta. Trato de buscar un hueco  para escribirte, y la mayor parte del tiempo, pienso: a quien si no es a ti,  puedo contarle todo esto...
Porque ya nadie me comprende, ya nadie quiere creerme, cuando les digo que tú no eres de sueño, que tú sí existes y que vendrás, porque estás en mí desde siempre y ahora más que nunca, eres la voz que me acompaña.
Y ya no quiero que digan mis amigos, que parece mentira que yo no tenga ojeras con lo poco que duermo, o que me luzca la piel bonita y el humor alegre, aunque alguna vez bostece, de tan harta que me tienen de escuchar continuamente la misma retahíla.
Pero es que amor, yo no quiero que se me duerma la vida mientras sueño, yo no quiero que se me duerma tu voz en esos silencios tan largos donde la noche nos separa.
Por eso duermo justo las horas necesarias, para que descanse el cuerpo y no se duerma demasiado mi vida, porque ya dormí mucho de niña y sé que volveré a hacerlo, cuando estés aquí conmigo.
Como la primera vez en New York City, que llegábamos casi siempre tarde a los museos, de tan profundo que nos dormíamos, después de hacer el amor, otra vez, de madrugada.
Como la primera vez de dejar que sí, que la vida nos soñara hasta las tantas, por habernos rendido ya a todo, al amarnos de aquella manera.
Y luego frente al museo, ¿lo recuerdas?  nos hacíamos esas fotos, como con pose de chulitos delante de la puerta, para que quedase constancia de que habíamos estado allí, de que al menos habíamos llegado hasta la puerta.
Para que mis amigos me creyeran y supieran que todo era de verdad.
Para que yo nunca olvidara, que todo sigue siendo de verdad y que tu voz aún me vive dentro.
"mujer de aire”

martes, 28 de diciembre de 2010

Primeras palabras... (Sabana y Jean, Relato 2)


"Sirena y ormas" de Felix Mas




Primeras palabras (Sabana y Jean, relato 2)


Sus ojos me leían, sus manos me leían, su boca era lenguaje sin palabras. Ningún libro en su casa, una cama con dosel, qué cosas en estos tiempos, olor a incienso flotando en el aire de aquella estancia. 
Mi sueño; a carne y beso, a piel desnuda palpitando entre sus brazos. Sus manos tibias, templando las caricias, el baile de las velas, el mundo fuera y él en mí. Su boca abierta, ningún  verso aún escrito, ninguna promesa que cumplir o que romper, solamente: primeras palabras.
Su aliento perdido tras mi nuca, su voz diciéndome un “te quiero” sin temblor…
_No me digas eso, Jean.

De nuevo se giraba sobre mí, quedando su rostro frente al mío, sus ojos mirándome por dentro, viajando más allá de mis pupilas, sus dedos dibujando el contorno de mis labios, su otra mano abierta; como un nido de ave blanca, reteniendo mi pecho.

_¿Porqué no quieres, que te diga lo que siento?
_No quiero que me digas lo que sientes, quiero me lo enseñes, que me lo des y que yo pueda creerlo todo, sin más palabras. Porque sabes que todo el mundo usa siempre las mismas palabras y luego no son tan de verdad.  

Se le dibujaba una nueva sonrisa más tierna y más abierta, más pícara, de repente; empezó de nuevo a empujarme con aquella suavidad, su mano debajo de mi cuello, sosteniéndolo también entre sus labios.
Callando, gimiendo, suspirando. Respirando sobre mi piel y yo volvía a sentir el choque y la delicia de su pecho, su corazón gigante y sin domar, su voluntad, tratando vanamente de dilatar el tiempo en mi interior. 
El peso de su cuerpo haciéndose liviano sobre mi vientre, su pulso acelerado, su ritmo junto al mío, creciendo impetuoso, sus ojos entre abiertos, el eco del gemido y yo queriendo llevarlo al mismo cielo o paraíso que estaba tejiendo tan adentro, justo un instante antes de perder en mí toda la calma, de creer sentir las olas y el vuelco del océano creciendo y habitándome.
Cerraba los ojos, mis manos soltaban el dosel de aquella cama para aferrarse con fuerza a sus escápulas, el rojo de los tules se había desvanecido,  estaba flotando sobre nosotros, mis piernas temblorosas debajo de sus muslos, y otra vez , sentí que había abierto mi ser a la sabana de su amor desnudo...
Sentí el latido de la selva, el fluido de la selva, el río blanco y cálido de la selva y no podía dejar de contraerlo para que siguiese corriendo libre, en mí.

“Volaba yo tan alto y tan lejano, que era como si ya me hubiese desprendido de mi propia piel mil veces.
Entonces era él; mordiéndome despacio aquel último suspiro entre los labios, haciéndome bajar del aire, volviendo a susurrarme otro “te quiero” sin temblor, mientras yo abría los ojos tan, tan, tan despacio... 
Y regresaba... a su mundo de beso, a su mundo de fuego, de agua y balbuceo, de primeras palabras, de amor desnudo y  vértigo en la sangre...
De amor de piel con piel, dejando mudo cualquier otro lenguaje.”

martes, 21 de diciembre de 2010

yo, Sabana (Relato)

"Tetide" de Nicola De Luca

Yo, Sabana

Aquel día, en que no llegaste, empecé a hacerme amiga de su voz.
Miraba en mi muñeca,  cómo hacia al absurdo reloj que nunca llevo. Abrí el bolso y busqué dentro el móvil;  eran la siete y media y ya hacía un buen rato que estaba allí  esperándote. Volví a mirar dentro del bolso; dentro del desorden que cuelgo sobre mis hombros y sin saber demasiado qué estaba buscando, empecé a pensar en todo el peso inútil que tantas veces arrastro. 
Todo el peso inútil. Y miré hacia la puerta por si entrabas, pero no.
Allí sólo estábamos él y yo. Su voz,  canturreando algo que podía parecerse a un villancico, mientras iba situando las tapas que ya había preparado,  en el mostrador de la barra.
Su voz,  que me hablaba a unos metros de distancia, a mí, completamente ausente de todo en tu distancia. 
_ Es que como no empiece a poner en orden todo ahora, luego ya no hay manera. Los viernes, se llena que no veas…

Y volvió al final de la barra y se puso a cortar jamón…

_Ahora me callo y no te hablo_ me decía_ porque es que el otro día me rebañé la yema de un dedo, por estar distraído...

Le sonreí detrás del brillo acuoso de mis ojos. Supongo que debió ver resbalando por mi cara alguna lágrima, porque en un instante dejó el cuchillo sobre el jamonero y se acercó sentándose frente a mí. 
_ ¿Cómo te llamas?

Dije Sabana, sin pensarlo. Él arqueó las cejas, como si no lo comprendiera bien, mientras repetía: ¿Sabana?
_ Bueno, en realidad no me llamo Sabana_ traté de explicarle_ Pero me gusta mucho que me llamen así.
_ Pues entonces te llamaré así. Y dime ¿Es tu novio ese hombre que  alguna vez te acompaña?
No pude contestarle con ninguna palabra, solamente negué con la cabeza y él se levantó de la silla de repente, como si lo comprendiera todo y se me  plantó un beso sonoro en la mejilla.
_Ahora mismo voy a prepararte un capuchino. Creo que te va a sentar muy bien

Le sonreí de nuevo. Aproveché para ir al baño, mientras él se perdía tras la barra,  así podría llamarte desde el baño. Y entonces, al instante de oír tu voz, supe que te habías olvidado de nuestra cita. Me respondiste como otras veces  en un: “¿Cuándo vienes? Tengo que enseñarte algo que acabo de escribir”.
Pero yo ya no fui capaz de regresar,  ni tampoco de darte ninguna explicación.
Creo que si no hubiese habido, antes de esa tarde de diciembre, otra docena de tardes como aquella, aún hubiese tenido fuerzas para regresar y que me leyeras todo lo que habías escrito, mientras te olvidabas de que habías quedado conmigo en algún café de la ciudad. Pero es que aquella tarde hacía mucho frío y ya no tuve ganas de andar sola hacia tu casa.
Pero sí regresé durante un par de semanas a aquel mismo lugar. Necesitaba mucho los capuchinos, que ya se me habían hecho tan imprescindibles como las 6 horas de sueño. Necesitaba su risa para huir de mí misma, escuchar  la cantinela de su voz, subiendo y bajando por mis montañas rusas.
Empecé a darme cuenta de que antes de que yo entrara, él ya tenía los ojos puestos en la puerta. Siempre tenía tiempo para mí, se sentaba sin prudencia alguna en mi mesa y hacia un gesto a la camarera de “tú ve haciendo, como si yo no estuviera”
Un día, se le ocurrió dejar a un amigo suyo: “el Trapas”, que el pobre andaba sin trabajo,  a cargo de todo lo referente a las cenas del local. Entonces bajábamos paseando desde Verdi hasta Santa María del Mar. Yo colgada de su brazo y él de mi ilusión recién inaugurada.
A menudo, cenábamos en aquel sitio del Born que a mí me gustaba tanto y al que tú no querías ir porque no te dejaban fumar dentro.

Ahora casi siempre vamos a mi casa, porque allí es donde aún tengo todas mis cosas y puedo ponerme a escribir si me desvelo en plena noche o no me duermo tan rápido lo hace él.
Vivimos todavía en esa etapa tan bonita en que no podemos dejar de vernos ni un solo día. Ni un solo día, ni una sola noche podemos dejar de hacernos  el amor.
A veces siento que también hago el amor con su voz y con cada uno de los sonidos que emergen de su cuerpo. Yo casi nunca digo nada. Me callo, respiro intensamente sus sonidos y escucho sus palabras.
A veces, me atrevería a decir que son casi poesía pero luego va y suelta algún taco y a mí me estalla la risa y pienso que… ¡qué coño jodida poesía y sus atroces!
Me gusta mucho como suena mi nombre nuevo entre sus labios. Me lo pronuncia tan despacio que me dibuja en cada letra.
Me gusta cómo suenan sus besos en mi espalda, como moja los silencios en que no habla y solamente se desliza con la boca abierta desde mi cuello hasta el final de mi vientre. Como retumban sus latidos o sus jadeos en la habitación, cuando se mueve alborozado como un potrillo desbocado sobre mi cuerpo.
Ahora soy más muda que nunca cuando hago el amor con él. Ya no hablo, ni indico  camino alguno. Ha dejado de ser necesario. Solamente  emito algún sonido suave y prolongado; algún estremecimiento que vuela como él lo hace, de dentro hacia fuera.
Es como si hubiese vuelto a nacer al mundo de los sonidos, como si se me hubiese agudizado más el oído, o existiese en mí una nueva conexión oído-tacto.
Pero casi nunca puedo dormirme tan rápido como él. Entonces siempre recuerdo que mi abuela me decía que quien se duerme en seguida es porque tiene la conciencia tan tranquila como la de un niño pequeño.
Y me quedo pensando que yo también tengo la conciencia bastante tranquila, es sólo que a veces me galopa algún  pensamiento y no me deja dormir hasta que no lo escribo o lo remato.
Por eso he puesto mi escritorio aquí mismo, justo al lado de la cama.
Me levanto y me siento a escribir todas estas cosas que no puedo contener.
Lo miro y está completamente dormido con los brazos y las piernas abiertos en cruz, como un bendito y me da la risa  tonta cuando me imagino que es como si estuviese esperando a ser abducido por algún dios de los sueños. Pero luego se gira y se acurruca hacia el hueco que yo he dejado en la cama, lo palpa con la mano y abre un poco los ojos buscándome; arquea las cejas y me sonríe desde lo hondo de su sueño. En menos de un minuto vuelve a estar otra vez panza arriba, con los brazos abiertos en cruz.
De vez en cuando le oigo decir mi nombre entre sueños.  “Sabana, Sabana”… 
Ese es el nombre con que él me llama, el nombre que se  adueñó de mí  aquella tarde de diciembre en que te esperaba sin dejar de fumar, sentada en una mesa vacía.

El nombre que me quita todas las corazas. Un nombre como el alma que ahora abro y empiezo a entregar cuando él me ama.

* Sabana, es un personaje que iré trayendo más adelante en algún relato. Esta es solamente su presentación.
Besos y gracias a todos, por estar aquí conmigo...

viernes, 15 de octubre de 2010

"Arube", tu nombre...(Relato)


Imagen del álbum " Canarias" de  Josep Tomás, Thundershead en Flickr




Mira, acabo de pensar un nombre sólo para ti. Un nombre para que cuando hable de ti, sepas que estoy hablando contigo y no volvamos a andar confundidos con eso del “Tú y el Yo poéticos” y con eso de si es amor o no es amor lo que nos dicen “ellos”, cuando se encuentran juntos en una exaltación de versos.  
Ahora que vuelvo a estar tan lejos,  hombre del Sol, me gusta que tengas un nombre más concreto y abstracto al mismo tiempo, un nombre perfecto que sólo sea perfecto para ti, “perfecto para vos”, como dirían mi abuela y la tuya, por eso he tratado de encontrarte uno bien bonito y además que no  hubiese sido inventado nunca antes, para que así,  sea solamente y nada más que tuyo. Solamente tu nombre.
A ver si te gusta, mira, ese nombre tuyo va a ser: “Arube”
¿Qué te parece? ¿Has visto que lindo suena? Aruuubeee. Suena como "agua" y como "hube", como "anduve", como "tuve" y casi como mar de la lejanía y como eco que devuelve la montaña, pero sobretodo a mi me gusta muchísimo este nombre porque Arube, suena como “nube” blanqui-inmensa, como la nube en la que yo vuelvo a estar inmersa, ahora tan lejos ya de ti y en el fondo aún tan cerca cada vez que vuelvo a pensarte.
Y es que esta vez he tenido que marcharme, por que tú, Arube, habías dejado de darme sol y hasta de soñarme y ya sabes de qué manera se me quiebran a mí la magia y los sueños cuando no siento calor o cuando desaparezco de la noche de un hombre al que he amado mucho. Y todavía  más si ese hombre, ha sido un hombre del Sol.
Y a mí, que sólo soy  “mujer de aire”  me han amado ya tantas veces y de tantas formas singulares, que se me hace muy extraño, muy extraño, que tú, con ese corazón de Sol tan gigantesco que tienes, solamente me quisieses y me bebieses y amases a  modo de niebla y nube y así es como al fin has logrado que yo vuelva a estar ahí: en una nube blanca del aire sostenida, mecida nuevamente por el tiritar del viento.




"Teide i altocumulus lenticularis" Imagen de Josep Tomás

Días atrás estuve tan, tan triste, que no tuve más remedio que volver a recitar a Lorca. Otra vez la voz de Lorca quebrándose en mi voz, otra vez la voz de Federico muriéndose entre los huecos de mis huesos de aire... Y ya  te había contado que eso yo lo hacía desde muy niña, que cuando estaba verdaderamente triste por alguna cosa, necesitaba ponerme más triste todavía para llegar a una especie de estado de “súmmun de mi tristeza” y entonces desde ese súmmum, ir dejando que poco a poco fluyese entre verso y verso y gota a gota de lágrima, que se fuese evaporando sobre el suelo, de no poder ya contenerse más dentro de mí, para que así despacito, se me fuese transformando de nuevo en alegría.
Figúrate que poder tan inmenso ejerce Lorca sobre mis tristezas y mis  alegrías y sobre la salvación de cada uno de mis estados de ánimo...
Pero ahora ya vuelvo a estar casi feliz. He recitado también a muchos otros, he estado también escribiendo muchísimo, cosas de aquellas para iluminar y encender el cielo del amor. 
Me lo han recordado de nuevo aquí arriba, que tanto tú como yo, habíamos sido elegidos para eso, para hablar y escribir acerca del amor, que curioso, tal vez más para escribirlo que para vivirlo demasiado intenso entre nosotros, para no tener con ello que correr el riesgo de olvidarnos de que nuestra misión era escribirlo. Para alzarlo hasta las cumbres con los versos, para que el hombre al mirarlo con sus ojos supiese ver su inmensidad por encima de cualquier cosa en este mundo.
Qué bonito, en estos tiempos que corren, sentirse responsable de esa misión, ¿verdad Arube?
Sentí durante mucho tiempo que yo no podría, pero ahora vuelvo a ser libre y he vuelto a nacerme a la esperanza y a la fe en mí misma. 
El viento, como siempre, ha venido a rescatarme de mi frío y de mis sombras y cada día, ahora, me está arrullando nuevos cantos y melodías de amor, que son como voces de pájaros, que ya no escuchan los hombres, allá en la tierra, pero que van a volver a escuchar cuando seamos capaces nosotros de escribirlos.
Vemos juntos de la mano, el viento y yo,  al astro rey: el Sol, quebrándose cada tarde tras nuestro ocaso. Llora de rayos perdidos y de soledad dispersa al ver que se le van yendo las almas de los hombres, al ver que se van partiendo a jirones de sus rayos, que se les van escapando del pecho inevitablemente y que ya no les viven dentro, como cuando él quiso dejarlos allí prendidos, premiándoles por haber tratado de acercarse tanto a él como el mismísimo valiente y mítico Ícaro.
Me cuenta el viento, que el Sol le dijo un atardecer, que a ti te había puesto más rayos que a ningún hombre dentro del pecho, porque tus sueños volaban muchísimo más cercanos a él y las verdades que querías alcanzar eran tan infinitas, como aquellas verdades universales y francas que otros ya encontraban demasiado usadas y gastadas y dejaron de buscar por ello. 
Pero a ti, el Sol, te puso muchos rayos dentro, porque eras como un niño nuevo, un niño esperanza, buscando la nueva verdad que en realidad era una verdad muy antigua y olvidada.
La única verdad sostenible en el planeta y en el universo entero, la única que todavía podía mudarle completamente la piel y el espíritu a los hombres. La verdad del amor y del amar, la fe en el amor y en el amar y en la existencia en este mundo siendo solamente el brillo y el cuerpo y la horma de su luz. 
Y estar en el amor de Dios y el Universo hacia el hombre y en el amor universal del hombre hacia la mujer y viceversa una y mil veces como un círculo infinito y perfecto.
Y ahora que lo recuerdo, creo que fue cuando me dijiste “aquello”, cuando yo empecé a desvanecerme ya un poquito de tus brazos, aquel día que tú me pediste: “No quiero que me ames intensamente, sólo ámame como ahora. Porque es mejor que seamos amigos, ya que eso siempre, nos va a durar más que el amor.”
No acabé de comprenderlo en aquel momento, porque a mí los amigos me duran muchísimo y el amor no siempre me dura tanto, es cierto, pero si te digo la verdad, creo que nunca es del todo por mi culpa, porque yo sigo amando niño y los niños aunque sean egoístas, pocas veces se equivocan en su amar. Porque les nace como algo no aprendido pero instintivo, como un sentimiento necesario para sobrevivir por el mundo y que nace del alma y que se crece dentro de ella y con ella, con el calor del amor humano y con los besos.
Y sin embargo, a mí, que amo tan niño, me han amado tantas veces a golpe de amor quebranto o como a un  sueño imposible, o con amor amarrado y sombrío lleno de cuerdas invisibles, pero cuerdas al fin y al cabo. Y sí que es verdad, que he tenido hombres que me han "querido" mucho, tanto que no he podido respirar, yo que soy hija del viento y tener que estar sin respiro, figúrate…
Por todo eso, no sé ni cómo es que a estas alturas aún me quedan ganas de volver a atreverme a amar. Porque, como mujer de aire que soy, llevo muchas lunas dentro, y muchos rayos blancos de su luz, robados al mismo Sol, a ese Sol que a ti te puso el calor del amor más puro  justo en el centro del corazón, como un lucero oculto para los ciegos.
Me dice el viento, mi padre y mi compañero, que me ha pasado esto contigo, porque te he encontrado demasiado tarde, porque te he buscado y te he hallado ya muy tarde, que debiera haberlo hecho mucho antes y si no, pues haberme esperado un tiempo, hasta que hubieses sido tú el que me buscase a mí, cuando ya hubieses estado completamente curado de ti mismo. Y de haber ido dispersando los rayos de tu Sol, tan sólo a medio-amor en cada uno de esos corazones que se acercaban a ti, porque habían leído el brillo de tus versos y te habían adorado desde entonces, halagándote y haciéndote sentir otra vez hombre del Sol.
Por eso ya no pudiste dármelos a mi, ni los versos, ni los rayos más ocultos de tu Sol, por eso me dejaste aquella noche sola, para que yo no te amase más de la cuenta, por eso me pediste que te amase solamente un poco, solamente a medio-amor, consciente de que tú no ibas a poder darme de beber solecitos, porque los que te quedaban, los necesitabas para vivir, para vivirte tú mismo, hasta nacerte todo nuevo. Hasta volver a ser  de nuevo, el hombre aquel,  Sol inmenso, como cuando amaste y te amaron por primera vez en el mundo. 
Pero eso volverá a sucederte, Arube, y a lo mejor yo ya no estaré para verlo, porque el destino me habrá volcado y volado hacia otros Soles, hacia otro amar a Sol vivo en esta vida y en este ahora universal. Pero cuando eso suceda y el viento me haga eco con su voz, de que ese hecho ha vuelto a irrumpir plenamente en tu vida, estaré inmensamente dichosa por ti, porque habrás vuelto al fin a recuperar toda la luz de tu grandeza y porque  finalmente volverás a querer compartirla con una mujer del aire y de la luna.

Tengo la Luna, esa luna que tenemos todas las mujeres con alma de poeta y todas las mujeres amantes, esa luna que nos hace posible fundirnos a media noche, con el Sol de cada hombre que nos ama,   dormida de añoranza y de otoños. Pero en noches como esta, en que todo parece una vez más un cuento hermoso por el que vivir despiertos, me dice que te cuente también a ti todo lo que estoy sintiendo, Arube, porque ahora que ya no hemos llegado a tiempo, ni estamos a tiempo para amarnos, sí podemos ser verdaderos amigos, como tú me decías aquel día y eso sí que es bien cierto, que puede durarnos mucho, mucho más, que el amar sin Sol.

Y es que hoy me he despertado como nueva, y lo he escrito todo de un tirón, porque sé que  ya no he vuelto a llorar más por ti mientras dormía, sino que me he despertado viviendo de vida en esta nube mágica del cielo, mientras llegaba a mis oídos el canto de los pájaros y a mis ojos la insólita belleza del amanecer al despertarse el Sol.
Y el amor por el amor que siento, se hace un sueño más real al escribirlo y escribirte y  un día sin duda, sé que voy, que vamos a encontrarlo, lo mismo que tú, que yo,  para ser Lunas y Soles al mismo tiempo, para volver a ser niños  despertando, caminando a tientas hacia ese nuevo cielo del amor, entre un canto de pájaros y una luz de estrellas azules, Arube…

“mujer de aire”
"El Hierro Posta de Sol", Imagen de Josep Tomás




Josep Carreras/Lluis Llach: "El cant dels ocells"


domingo, 10 de octubre de 2010

Conversaciones del ayer...(relatos de la vida)





“Yo soy ardiente, yo soy morena,
yo soy el símbolo de la pasión…”
G. Adolfo Bécquer


Él, mirándome desde las sábanas con cara de perdido en este mundo…

_Tienes suerte conmigo, porque las rubias no son tan ardientes…

_¿Ah, no? Y tú cómo lo sabes

_ Porque yo he sido también rubia y cuando he sido rubia, no he sido tan ardiente como ahora.

Yo, guiñando un ojo.

Él, cara de sorpresa…

_ ¿Y por qué no?

_ Porque cuando he sido rubia, no he sido yo.

_ ¿Y las que siempre han sido rubias, las que son rubias de verdad y “SIEMPRE”?

_ A ti no te gustan, las que son rubias de verdad.

_¿?...

_ Porque son como muñequitas, que se te rompen entre las manos y luego te sientes tremendamente culpable.

_ ¿Y las pelirrojas?

_ Las pelirrojas, sí que son muy ardientes. Son tan ardientes que se les sube el fuego a la melena. Y lo sé porque también he sido pelirroja…

_¿De verás?

_ Sí, pero aún así, también de pelirroja he sido menos ardiente que ahora, que soy sólo yo.

_mmm, entonces tal vez una pelirroja también estaría bien para mí ;) ¿no crees?

_ Sí, seguro que sí. Pero tú no te vas a ir con ninguna pelirroja.
_ ¿Ah, no?

_ No, estoy casi convencida de que no

_ ¿?

_Porque tú también eres ardiente y a ti, lo que más te gusta, es que te amen intenso, aunque digas que no y yo soy intensa y te amo intenso, y si tú te vas con una pelirroja, yo me iré con el rubio de mi oficina y le enseñaré a ser tan ardiente como tú…

Claro, que “él” como niño inquieto que siempre fue, tuvo que probarlo todo y se fue con una chica rubia, que le hablaba y le escribía a todas horas de sexo, pero que a la hora de la verdad resultó que nada, de nada, que aquella solamente era su forma de liberar lo que no podía sentirse bien haciendo. Así que al cabo de un tiempo él la dejo, a ella, a sus montones de palabras provocadoras y a sus pocas ganas de llevarlas a cabo.
Poco tiempo después, una amiga mía, que vive en su misma ciudad, me contó que lo veían con una chica pelirroja muy guapa y muy delgada, pero que al cabo del tiempo volvía otra vez a andar solo y de antro en antro hasta la madrugada.
 Y a día de hoy, que ha pasado tanto tiempo ya, dicen que aún camina sin rumbo,  con esa mirada clavada de niño perdido buscando todavía la sed de mundo, pero sin verdaderas ganas de llevarse agua a la boca.

Lo peor de todo, es que a mí me dejó tan triste, que ni siquiera tuve ganas de irme con aquel chico rubio tan mono, que siempre me invitaba a cafés en la oficina.
Aunque la verdad es que ahora pienso, que eso no fue ni bueno ni malo, sino que representaba solamente, que yo tenía todo más claro que él, que yo sí sabía lo que quería y no necesitaba experimentar con ese tipo de cosas.

Y eso,  ya no sé si es tan solamente un síntoma de “alma femenina” o representa haber alcanzado un poquitín de la madurez que a esos niños-hombres de ojos perdidos, y amor arrebato,  les cuesta tanto llegar a alcanzar. 




*Ahhh, se me había olvidado decir, que no se enfaden por Dios conmigo, mis amigas rubias y pelirrojas, que yo sé que vosotras también lo sois: ardientes e intensas como la vida misma. Besos, a cada una de vosotras...