viernes, 20 de agosto de 2010

Mi nombre de mujer




Sobre piel de papel hoy escribo
Mi nombre de mujer
Qué importa si de aire o si de viento
Si de fábula, o de sueño, o de lamento
Sí solamente y libremente es:
Un nombre más de mujer
Pronunciado entre mis labios
Por mi boca de mujer
Para que se lo lleve el viento
Sí tú, no lo detienes

Con mi sangre de mujer escribo
Mujer de piel y de dunas
 De luna durmiente en el rostro
O de espumas del mar
Bañándose en mi blanca piel
 O del aire la fragancia
Esencia de mujer

Mujer niña o mujer madura 
Mujer valiente o cobarde
Mujer que llora o que arde
pero siempre consecuente con su verbo de mujer 
con palabra libre en la boca y en el alma
y ojos de agua en calma
y cuerpo y formas 
de mujer

Y si hoy aún no veo tu rostro
Si hoy no alcanzo a tocarte como en un sueño
Si a cielo abierto, aún deslizándome
Soy solo para ti bruma y agua de mayo
O flor de invierno en el verano
Déjame al menos el intento
De ser mujer al completo
Y dibujarte entre mis versos
Para un mañana
En que sí sepas verme a mí
Mujer al completo

Déjame mirarme en medio de la noche
en el silencio inagotable de tus ojos infinitos
volar en el azul bendito de tus vuelos
que siendo tú hombre como eres
 no sabes emprender, sin mí
 Déjame besarte 
con ojos cerrados
y ojos abiertos
 amarrarte a lo imposible
de cualquier sueño
contarte a algún secreto 
o a algún misterio
de mujer

Yo escribo para decirte
Que solo el aire y la deriva me sostienen
Que tú jamás podrás tumbarme, jamás
Que solo existe una danza que me hechiza
Y me danza y me vuela y me retiene junto a ti
Cuando me llevas en tu piel
Danzándome

Que ya solo escribo, para decirte
Que solo soy poema para el viento
Susurro para el aire
Libertad para las manos
Que vengan a dibujarme
Tal como yo siento que soy
Cuando más soy
Como hoy me siento

Y no me digas que no, con boca de hombre cobarde
O me digas que sí, con hambre y boca de hombre hambriento
No deshagas mi paciencia o mi sonrisa con la prisa
De tu voracidad inconstante
Detente y mírame apenas por unos momentos
y bébeme con esos ojos bien abiertos:
dibújame junto a tus sueños 
compréndeme cuando despiertes
cuando soy como soy 
cuando más mujer estoy siendo
para que tú siempre sepas
por qué me gusta tanto 
ser una mujer

No tientes la suerte del destino
No desandes los pasos que has andado ni el camino
No te creas la fuerza loca
A la que yo amarre mi boca
Cualquier noche en el letargo
De ser un fugaz romance
Para tus cuentas
del calendario

Escucha la voz del trueno
Tronándote entero dentro del  pecho
Encuentra la paz de ese tu Dios sin religión
Enfréntate a tu tormenta milenaria 
Qué lluevan aguas de amor
Duérmete mil siglos si hace falta
Y luego despierta y arde y tiembla, levanta
 Demúdate de este mundo
Frente a mis ojos de mujer


Y entonces ven, habla, acércate
Laméntate sobre mis senos
Con todo el lamento que aún contengas
Enciende mi corazón por dentro
Con todo el fuego que aún corra por tus venas
Sacia mi piel verdadera, con besos de aire,
De agua, de primavera eterna
Instálate aquí, junto a mi alma 
Hazme un hueco en la tuya
A mí, mujer entera
Y escúchame allí la voz, mi voz
Háblame de tu hombre nuevo
Susúrrame junto al oído
Palabras que no sean solamente de amor
Y entonces, solo entonces:
 Reinvéntame, moldéame, vuelve a crearme
a mí también

 Destiérrame al paraíso de tus labios 
o de tu carne
Y con tu hambre de hombre, 
tal como ahora eres
Danza y vuela junto a mi vientre
y hechízate por completo
 con mi nombre
de mujer

”mujer de aire”



martes, 17 de agosto de 2010

TODO VUELVE A SER AZUL, RELATO 3ª PARTE





Pasé aún un largo tiempo encajado entre sus paredes, ni siquiera me atrevía a abrir los ojos, pero de repente, algo terriblemente frío se aferró a mi cabeza y empezó a tirar de ella, mientras yo iba perdiendo el latido acelerado, de mi madre tras mi cuerpo.

Una luz cegadora, me estaba deslumbrando, a pesar de que mis ojos querían seguir cerrados.
Aquellas palas, asidas a mi cráneo, me presionaban de tal manera, que ni siquiera era capaz de concentrarme en pensar.
Estaba anclado allí de tal forma, me dolía tanto, que apenas podía distinguir si el dolor era solamente en mi cráneo o se había extendido a todo mi cuerpo...
En ese momento no tuve dudas. Tenía que salir de allí, escapar de tan inmensa agonía.
Logré concentrar toda mi energía, pensé en la fuerza de mi estrella y en un último impulso: salí, dejando atrás el ritmo de mis propios latidos.

Me quedé flotando en el aire, tal cómo estoy en estos momentos, observándolo todo desde arriba.

Vi como seguían tirando de mi cabeza con aquellas palas metálicas y frías y cómo finalmente lograban. Sacaron del interior de mi madre, mi pequeño cuerpo ya sin vida.

Uno de los hombres lo cogió por los pies, zarandeándolo con energía, mientras mi madre contemplaba la escena con la respiración entrecortada y el rostro inundado en lágrimas.

Nadie estaba haciendo nada por ella, sólo había un hombre a su lado que le estaba cogiendo una mano con todas sus fuerzas.
Todos los demás se movían nerviosos, tocando aquel cuerpo inerte del cual yo me había desprendido. Sentí que alguien murmuraba en voz muy baja: "¡Lo hemos perdido!" y al escuchar aquellas palabras, mi madre estalló en un llanto que me desgarró completamente.

Empecé a preguntarme, cómo si ella estaba sintiendo aquel dolor, no escapaba de su cuerpo como yo mismo había hecho minutos antes.

Tuve que acercarme mucho hasta ella para ver la bruma de luz azul que la rodeaba. Ya no era la misma que yo había visto mientras estaba al otro lado.
Entonces me di cuenta de todo, no era su cuerpo ya el que estaba padeciendo aquel dolor tan espantoso, era su alma de luz... ¡Se estaba apagando!
El hombre, que antes le sostenía las manos,  lloraba ahora roto, apoyando su cabeza junto al rostro de mi madre.
Le oí balbucear algunas palabras entrecortadas y entonces puede reconocer su voz, la había sentido muchas veces mezclada con la de mi madre. Era mi padre.

Sentí y vi con mis propios ojos todo lo horrible que se presentaba este mundo: terriblemente frío,  con aquella luz blanca y cegadora inundando toda la estancia en que nos encontrábamos.
Nada era azul, ni había rastro de paz alguna en mí.
Sentí que no era capaz de vivir en un lugar cómo ese. Había llegado el momento de partir definitivamente de allí. Miré hacia arriba, invocando a mi estrella. ¿Dónde estaba ahora el camino de regreso?, ¿Acaso podría  también mi madre venir allí conmigo?
Traté de hablarle, pero no pudo comprenderme, no entendía el lenguaje en el que yo trataba de comunicarme con ella.

De repente, sentí una extraña fuerza que me atraía hacia su pecho, quise estar unos instantes junto a ella, a su lado. Algo empezaba a decirme, que no podía marcharme de aquel modo, después de ese largo tiempo en que había estado viviendo en el interior de su ser.
Pasé frente a mi pequeño cuerpo, vi un hilo plateado practicamente imperceptible, que me unía todavía a él.
En aquel momento sentí un fuerte deseo de volver a tomarlo, de regresar, a pesar del dolor que pudiese causarme de nuevo la experiencia.
Me concentré pensado en aquella luz rosada, que lo envolvía todo cuando yo entré por primera vez en este mundo y en la aureola  que el cuerpo de mi madre desprendía cuando yo la vi, antes de entrar en el interior de su ser.

Sentí una fuerte sacudida. Una corriente energética me estremeció. Sorprendido me di cuenta que ya no existía el dolor. Ya sólo sentía frío, mucho, mucho frío...

Empecé a mover mis pequeños brazos, aturdido. Alguien se abalanzó rápidamente sobre mí, al darse cuenta de mis  movimientos. Me cogieron nuevamente por los pies, palmeando esta vez con suavidad mi espalda.

Un aire espeso estaba penetrando a través de mi boca llegando cómo una ráfaga hasta el centro de mi pecho. Algo se me quebró por un instante dentro y sentí aquella punzada que el aire clavaba en mi interior y estallé en un inmenso llanto.

Aquel hombre que me sostenía, gritó al instante en voz alta: “¡Está vivo!, ¡Está vivo!, ¡Es increíble!".

Me cubrió rápidamente con una tela muy suave. Me puso sobre el pecho de mi madre. Abrí los ojos y pude ver su rostro y cómo brillaba de nuevo aquella luz tan hermosa que lo rodeaba. Había dejado de llorar y cobijaba entre sus brazos tiernamente mi cuerpo, mientras empezaba a arrullarme contra su pecho.
Sentí como mi padre también me tocaba; deslizando suavemente una mano por mi cabeza y cogiendo con su otra mano, una de las mías, como si fuese el tesoro más grande del mundo.

Una oleada de calor me estremeció por completo, cuando al silenciar mi llanto pude sentir a través del pecho de mi madre de nuevo el latido de su corazón. Aquel sonido tan familiar que siempre lograba devolverme la paz y la calma.

Decidí quedarme allí para siempre, aprender a vivir al lado de su corazón, y empecé al fin a comprender lo que acababa de sucederme…

Había nacido en el mundo de los hombres.

Pasaron apenas unos minutos y yo me iba sintiendo cada vez mejor entre sus brazos. Me sumergí en el olvido, mientras lloraba y lloraba de frío, hasta que me quedé completamente dormido, sobre su pecho.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora ya soy un anciano, con un cuerpo tan grande y viejo que últimamente hacía que me sintiese demasiado torpe y cansado.

Recuerdo los sueños de los últimos días aquí en la tierra; alguien me pedía que me retirase, que regresara al espacio donde el cuerpo no es necesario.

Hoy sé que cumplí la meta que me trazaron.
Aprendí a vivir en este mundo tan raro, tan denso, tan extraño y tan confuso.
Conocí la risa intensa y el llanto amargo, el dolor y el placer pegado al cuerpo y al alma. Vi a mi alrededor hombres bondadosos y hombres terribles, animales vivos y animales muertos por esos hombres mezquinos.
He sido niño y hombre, amigo y enemigo, hijo y padre, amado y amante.
Sí, he sido amado y amante, pero sobre todo he sido hasta al final, la luz y la sombra de mi propio reflejo interno, aquel que nació en el alma de una estrella.

Ahora solo deseo volver junto a ella. No quisiera escapar esta vez del olvido, pero aún desconozco lo que va a sucederme.
Vuelven a pasar todas las imágenes de nuevo fugaces frente a mí…
Veo en una proyección inmensa toda mi vida. Pasan velozmente cada uno de los sentimientos que me han acompañado en este camino, las sensaciones que he vivido, los mejores recuerdos, los más bellos y todo aquello que no desearía olvidar, sino llevarme conmigo, para contarle a mi estrella.

Empiezo a regresar al sueño en el que vuelvo a ver a todas mis almas más queridas: a mi madre, a mi amada María, a mi estrella. Me siento empujado por esa extraña fuerza del cielo que me obliga a salir del tiempo, de la carne vieja y arrugada.
Aparece de nuevo el túnel frente a mi, su increíble y maravillosa luz, inundándolo todo. Primero rosada, luego color oro y allí al final del camino, al fondo del trayecto....
Azul, azul, intensamente azul índigo.

Hoy es viernes de un día de la Era de Acuario. Sé que está reinando piscis en el cielo estelar, el último signo del camino del alma. El final de la rueda.

Todo es azul de nuevo. Índigo, como el lugar al que pertenezco y al que estoy regresando, en un largo sueño, flotando entre nubes de brumas azules y doradas esperanzas de reencuentro.

Fin





TODO VUELVE A SER AZUL, RELATO 2ª PARTE



Moraban allí, junto a nosotros,  unos maestros de luz inmensa, unos sabios; aquellos que mediante su energía nos protegían y nos enseñaban a permanecer en armonía con el cosmos, con el señor de los cielos, que reinaba más allá de las galaxias y de los cuerpos estelares.

Ellos fueron, quienes me dijeron que debía emprender un largo viaje hacia otro mundo. Durante el transcurso del cual se borraría de mi memoria el recuerdo de todo cuanto antes había sido, mientras estuve allí.

Un día pronunciaron su nombre, aquel lugar se llamaba “La Tierra", era un planeta azul y verde que estaba en una galaxia muy lejana a la mía.
Según fui comprendiendo; allí debería vivir primero en una madre para luego crecer fuera de ella y transformarme poco a poco en hombre.
Recuerdo que empecé a preguntarme, cómo sería ser un hombre y si acaso no iba a ser demasiado doloroso vivir esa experiencia de estar tan solo y tan lejos del cuerpo de mi estrella.  
Pronto supe que no iba a estar tan solo. Me contaron que allí había millones de seres como yo, y que aquel lugar hacia dónde yo me dirigiría, era un planeta muy rico, pero agotado y ensombrecido día tras día, a causa de que los seres que lo habían ido habitando no habían respetado la armonía de su naturaleza y generación tras generación, en el transcurso de los tiempos, se había ido destruyendo en gran parte su hermosura.









Contaban que allí existía un sentimiento profundo que no se vive en el cosmos. Lo llamaban dolor y todo era confuso en él. Reinaba el miedo y la soledad en los seres que así se sentían y que incluso la mayor parte de ellos, que procedían de cuerpos estelares como el mío, se inundaban en ese dolor al haber perdido completamente sus recuerdos, al llegar a la tierra, 


Supe también, que allí las personas, a menudo se sentían solas y extrañas, que no veían la lu luz, ni crecían dentro de ella. Que todo era bastante contradictorio, que se vivía en los extremos de sentimiento, de la razón, de la mente, del corazón y de los egos.


Había hombres que amaban intensamente y se entregaban a una vida noble y otros que sin embargo, vivían confundidos entre el odio y la desesperanza y hasta llegaban a matarse entre ellos alimentando la maldad y la venganza, sin averiguar nunca lo que buscaban con aquello.
No cesaba de preguntarme, cómo viviría yo en aquel lugar, quien iba ser mi nueva madre, aquella que me iba a dar una vida nueva, diferente a la única que yo conocía hasta entonces. Pero sobre todo: cómo iba a poder reconocerla y encontrarla, en aquel mundo tan extraño.

Recuerdo que pensé, si acaso debía tener ella una luminosidad azul tan hermosa como la de mi estrella.

Estuve bastante triste unos días antes de marcharme, pues  ella era todo cuanto yo necesitaba y en aquel cuerpo de luz y polvo cósmico era donde desde que tuve memoria de ser, yo había aprendido a fluir, presente y consciente en la totalidad, en la paz absoluta que mi estrella se había proporcionado siempre.

Fue un larguísimo viaje, más no tuve dudas cuando al fin la encontré. Había soñado con su imagen, tuve una visión clara: vi su rostro humano, sus ojos brillantes y una bruma azulada que la envolvía, del mismo modo que una nebulosa azul rodeaba a mi estrella, cuando yo me separaba de ella para contemplarla en la lejanía.

Sé que estuve un tiempo distante de ella, simplemente observándola. Hasta que un día, mientras soñaba, me vi arrastrado de una forma casi mágica hacia su cuerpo. Sentí una fuerza increíblemente poderosa y me encontré de repente en el umbral de un largo túnel rosado. Empecé a sentirme en él blando, cálido y muy dichoso.

Cuando pude darme cuenta, ya había traspasado la barrera que nos separaba y me encontré viviendo en el interior de su ser, de su útero, de su cuerpo de carne, huesos y luz femenina, como la de mi estrella.


Poco a poco, envuelto en aquel pequeño mundo de calor y sensaciones, iba creciendo aquello que empecé a percibir como mi propio cuerpo.
Empecé a abrirme a los sentidos, aprendiendo a controlar los movimientos de cada uno de mis miembros. Cuando agitaba los brazos, para acercarme las manos hasta la boca y llenarla con mis dedos, en ese afán de chuparlos, sentía un placer inmenso. Eso me gustaba muchísimo.

También movía con fuerza las piernas y daba patadas a las paredes blandas que me rodeaban, para probar mis propias fuerzas y mis pequeñas habilidades desarrollándose día tras días.


Intuía que a ella le gustaba, sentirme jugando, en movimiento y percibía lejano el calor de sus manos posándose sobre mí a través de aquellas paredes de carne, músculo y piel que nos separaban de otro contacto más cercano.
Y allí complacido, con la boca llena de dedos, la escuchaba hablar a menudo y a veces hasta tatarear una musiquilla que me encantaba, porque me serenaba hasta caer en un dulce y profundo sueño.
Aprendí más adelante, a agudizar mi oído, para apreciar cada matiz del más grande de todos los sonidos: el de su corazón. Con el tiempo pude percibirlo con más intensidad que el mío propio.
Aprendí a conocer sus ritmos y escuchando aquellos latidos podía saber cómo mi madre se sentía. Y así, si ella descansaba, si no percibía yo ningún movimiento, me dormía también sereno completamente, en la paz de sus latidos.

Era entonces cuando podía percibir la vida que ella vivía en ese mundo, a través de mis sueños y no de mis sentidos.
También solía viajar desde ellos, de nuevo hacia la luz de mi estrella. Era un viaje sin cuerpo, sin otro deseo que el de seguir viéndola día tras día, aunque fuera solamente por un tiempo muy breve.

Llegaban también hasta mis sueños los maestros de la luz, y me contaban más detalles acerca de mi presente y de cómo iba a desarrollarse todo, conforme yo estuviese preparado para el momento de abandonar el cuerpo de mi madre y vivir con el mío propio, fuera de aquel tierno espacio que entonces era mi único mundo.

Un día al despertar supe que no podría permanecer demasiado tiempo más allí. Apenas tenía ya sitio para moverme. Ese día, lo reconozco, tuve muchísimo miedo. Un miedo que jamás antes había sentido y me acurruqué, escondiendo la cabeza entre mis brazos, escuchando su latido para recogerme aún más en mi mismo, para no ocupar demasiado espacio, ya que yo no quería abandonar aquel lugar que era para mi tan cálido y placentero.

Me había acostumbrado a jugar con el agua tibia que me envolvía; intentaba atraparla con mis manos, con mi boca, entraba y salía de ella, se escapaba hacia dentro y cuando en mi torpeza, me la tragaba, me divertía sintiendo como recorría todo mi cuerpo.

Un día, mientras dormía, me despertó su latido extrañamente acelerado. Sentí por primera vez, cómo me oprimían las paredes de mi casa con una fuerza casi insoportable. Todo temblaba a mi alrededor.
Tuve tanto miedo, que empecé a luchar contra aquellas paredes que aparecían ante mi hostiles y extrañamente contraídas. Di varios golpes con insistencia y de repente una fuerte sacudida me bloqueó. Sentí como perdía mi agua, me agité inquieto buscándola, pero ya nunca más pude recuperarla.

Algo se había quebrado bajo mi cabeza y me veía cada vez más impulsado hacia ese precipicio que se abría sin remedio ante mí.
Apenas sentía ya fuerzas para resistirme. En un momento de breve quietud, pude sentir como mi madre gritaba asustada, llamaba a alguien desesperadamente, mientras todo se nublaba en mi mente.

Entonces, pude ver el fondo de mi casa quebrándose bajo mi cabeza, mientras esa fuerza aplastante me empujaba hacia el hueco que acababa de surgir frente a mí.

No sé cuanto tiempo transcurrió, probablemente demasiado, pues apenas pude soportar ya el dolor. Sentía mi cuerpo magullado, sin fuerzas para oponer resistencia e inevitablemente, tuve que empezar a atravesar aquel estrecho túnel.


imagen de Teresa Salvador, "Fábulas" en Flickr

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lunes, 16 de agosto de 2010

TODO VUELVE A SER AZUL, RELATO 1ª PARTE



Alguno de vosotros me había animado, hace unos días, a que escribiese algún relato, aquí en el blog. Éste lo empecé a escribir hace ya un tiempo, iniciando una fantasía que pudiese llevarme a imaginar posibles respuestas acerca del origen y del fin de nuestras vidas. Ya digo, no es más que mi visión fantástica de las cosas y se fue transformando desde el primer boceto, en el que apenas había una idea flotante,  hasta el relato que podéis leer ahora;  en el que un hombre,  justo antes de morir,  empieza a recuperar su memoria más antigua.
 Como es bastante largo lo subiré en varias partes y le iré poniendo voz, para que quien no tenga demasiadas ganas de leer en pantalla,  pueda escucharlo como si se tratase de un cuento.
 Gracias mil, por leerme, por estar aquí, por darme ánimos





Todo vuelve a ser de nuevo azul, infinitamente azul



Cierro los ojos, llenándome de paz, al despertar de ese sueño que me ha llevado, otra vez, al lugar del que procedo. 
Creo que hace apenas unas horas que he empezado a despertar a los recuerdos, y ha sido mientras estaba viendo, cómo los médicos manipulaban con sus instrumentos mi viejo cuerpo
herido y fracturado, ahí abajo. Sé que esta vez, hagan lo que hagan, no voy a regresar.

Me siento flotando en el aire de un frío quirófano hospitalario. Y resulta  gracioso pensar, que hacía ya 84 años, que yo no estaba en un lugar como este...

Me llamo Eduardo, ayer mismo, me atropelló una furgoneta en la calle, a sólo unos metros de mi casa.
Estaba distraído, cruce sin mirar y una fuerte embestida me tiró al suelo frenando en seco sobre mi cuerpo. Creo que se me rompió la pelvis y tal vez alguna costilla, pues sentí un dolor tan fuerte que me desmayé, perdiendo completamente el conocimiento.


Hoy, al despertar en este cuerpo maltrecho me he dado cuenta al fin de todo y he escapado para no sentir más el dolor de la carne y los huesos rotos que a pesar de los calmantes se me estaba haciendo ya insoportable.
Y ahora, aquí flotante, empiezo a serenarme observando cómo transcurre rápidamente, el tiempo que falta para que al fin pueda marcharme.


 Estoy viendo maravillado , con una lucidez absoluta, todo aquello que durante tantos años quise saber. Y ese poder que trae hacia mi ser el recuerdo más antiguo, me permite aniquilar todos los miedos que un hombre siente ante la muerte.  Ahora comprendo que si el ser humano, supiese que en las horas que preceden a su fin regresa a la memoria absolutamente todo, ese miedo que construye durante toda su existencia no tendría ningún sentido.


He visto con imágenes y sensaciones a flor de piel, cómo si de una película proyectada velozmente, frente a mí,  se tratase  todo cuanto me ha sucedido en estos 84 años de vida en la que ya he pasado por ser niño, hombre y finalmente un anciano.




Me he visto llorando, con millares de lágrimas de sal, en el calor del recuerdo que me trae la imagen de María, en el sentimiento profundo que en mi ser siempre ha despertado.



Mi esposa, María; sus ojos, chispas de vida, sus caricias, su dulzura, tan encargada de despertar en mí el más intenso de los placeres que un hombre puede vivir aquí en la tierra: el sueño del amor.


Y acaso aún me tiembla la arrolladora fuerza de ese amor suyo en la carne, como si aún fuese posible, que después de tantos años, en mis labios, permaneciese la esencia de todos los besos que ella me dio y el recuerdo de su voz, como una caricia que en el aire ha seguido cobijándome día tras día, cuando después de 15 años de no tenerla a mi lado, no he dejado de pensar en todo cuanto juntos los dos hemos vivido en este mundo.


Iba soñando despierto, como casi siempre, pensando en ella, cuando ayer me atropellaron. Miro ahora hacia arriba, allí donde esté y sonrío pensando cuanta razón tenía cuando me decía: "Eduardo, siempre andas en las nubes, tan despistado por la calle que un día tendremos un disgusto".



Pienso también ahora, qué suerte que se marchase primero ella, pues conociéndola, hubiese sido mucho más duro para ella vivir aquí sin mí, a su lado.


Más allá de mis recuerdos como hombre me he ido viendo tiernamente en el niño de mi primera infancia, jugando a los juegos que me enseñaron a ser, creciendo frente a los ojos de mi madre, regocijándome en la risa y en esa felicidad de la inocencia y del florecer de los sentidos, del vivir sólo para el juego, para el mágico instante presente del ahora.


Sé, que cada uno de esos momentos que viví, dentro de mi niño,  fue sumamente importante en mi camino, en mi aprender desde la infancia el sentido que iba a tener para mí, ser por primera vez hombre en un mundo donde todo era tan extraño, tan denso y tan dual.

Creo que siempre intuí, que por debajo de mis estrellas existían otros lugares lejanos. Mundos en los que el tiempo transcurría a otro ritmo muy diferente.









Hoy sé que nací en una estrella, en una galaxia muy lejana a este sistema solar.


El polvo cósmico que la envolvía desprendía un halo azul, que llegaba a transformarse en una nebulosa lila, incluso a veces rosada. De hecho, yo vivía en un grupo estelar que estaba siempre en continua y maravillosa transformación.


Esa fue mi primer hogar, del que surgió mi verdadera esencia hace millones de años.

Había a mí alrededor muchísimos como yo, infinidad de cuerpos estelares habitados por seres de energía y luz como la mía. Desde allí los observaba, fundiéndose en armonía con el cosmos, adoptando incluso la apariencia, la luz y el destello cambiante de las formas estelares que los cobijaban.

Había en mi cielo, estrellas rojas, amarillas, azules, nebulosas doradas, rosadas, todas ellas con matices de colores que jamás pude ver aquí, en este mundo. Aunque siempre el azul, acaba predominando por encima del resto de los tonos.


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