lunes, 14 de junio de 2010

Las cosas de Amanda y el chocolate del Sampaka...




A veces pienso que no te has merecido muchas de las cosas mías…
Que no te mereces casi ninguna de las cosas, que la vida te las da y que tú las tomas y juegas con ellas como el niño insatisfecho que una vez los ha usado, deja sus juguetes arrinconados y se pone a jugarle al silencio y a cazar nuevas sombras cerca del viento y a llamarle cobarde al espejo cuando ya es de noche.
Ahora, empiezo a darme cuenta de que te he dedicado ya demasiado tiempo, que me he pasado las noches enteras leyéndote y escribiéndote, ahuyentándome el sueño de los ojos y ahuyentando las dudas de mi cabeza; de tratar de saber si era a mí o no a quien escribías, cuando no sabía a quien en realidad le estabas escribiendo... si era a mí, o era a otra o era a cada una de nosotras, a cada una de tus niñas de juguete, de tus lectoras o escritoras o poetas o tontas del culo, enganchadas al sentimiento de tu verso profundo.
A todas las que al leerte hemos pensado que con cada una de nosotras hablas y al vivir en lo incierto de no saberlo, nos quedamos dormidas así como suspendidas en el aire, como un sueño gris que vive en ese baúl desordenado de amores y jaulas abiertas que alojas en tu cabeza.


A veces me arrepiento también de escribirte tantas cosas, y aunque lo hago como si hablase conmigo misma, más que contigo, luego cuando lo leo, me siento muy extraña y casi me desdibujo por completo...
Pero al mismo tiempo, algunas veces, me pongo algo contenta porque pienso que al escribirte todas esas cosas a las que tú no respondes nada de nada, me hago un poco más fuerte, más grande y más verdadera y me doy perfecta cuenta de que me estoy mereciendo muchísimo más.

Y esta tarde mientras andaba pensando y escribiendo todo esto, cuando estaba decidiendo que mañana sí que de verdad me iba a marchar, que ya no iba a querer mirarme más en la sombra de tus ojos tan tristes como mundos, que ya no iba a querer encontrarme dentro de ti cuando leyese tus próximos poemas,  porque ya no iba a estar yo en ellos; porque estarían las otras, las que te siguiesen leyendo y soñando que sean para ellas, porque yo me ya quedé sin más palabras, sin más sueños para ti.

Pero después de mi decisión, de esa promesa nueva que me hacía a mi misma, me volví a sumergir en la tristeza profunda, ya casi sintiendo la pérdida inevitable de todo lo que había proyectado ser contigo o junto a ti.
Entonces pensé que lo mejor del mundo era llamar a Amanda, para que me hiciese sonreír un poco, para que me contara sus cosas y sus alegrías y así yo aparcar un poquito mis penas.
Y cuando Amanda me contestó y empezó a calarse de mi voz y de mi risa triste, decidió al instante que lo mejor era que nos viésemos y que nos fuéramos a tomar uno de esos merecidos chocolates al "Cacao Sampaka”, de esos que te levantan el ánimo y se posan en tus michelines con alegría y te dan casi en un sorbo,  toda la dosis de vida que necesitas en ese preciso instante.




Estábamos sentadas frente a frente en una mesa y Amanda empezaba a contarme de las suyas y yo a reír mientras me relamía chupando la cuchara y escuchándola.
Y en una de esas ocurrencias suyas, tras haber sentido atentamente cada uno de mis lamentos, va y me dice toda convencida de sus palabras:

_ ¡Querida, sí ya lo sabes…! los hombres solo sirven para matar bichos, para follar, para cargar pesos...
_ ¿Para matar bichos le pregunto yo?_ alucinada
_ Sí, me dice ella… las arañitas de tu casa, los moscardones y si los hay, hasta los ratones… en fin todas esos bichitos que a nosotras nos dan un poco de miedo y mucho asco, ellos son perfectos para matarlos...
Yo me partía de la risa y aunque en mi casa no hay ratones, no podía ni siquiera pararme a imaginarte a ti, con tus manos tan bonitas de licenciado o de poeta matando los "otros bichos" de tu casa o de la mía.
Pero sí, me recorrió un extraño escalofrío al instante, cuando me quedé pensando si tal vez tú, al arrastrar y cargar con mi maleta por todo Madrid el día en que te empeñaste en acompañarme a la estación después de haberme pedido que me marchase de tu lado, aún a sabiendas de que yo, ya no regresaría jamás, te sirvió al menos para matar todos los “bichos” de tu culpa.

Y cuando Amanda vio mi cara de tristeza y tuve que contarle ese pensamiento mío, me dijo que por supuesto, que segurísimo que sí, pero que los bichos volvían una y otra vez como las culpas volvían una y otra vez sin que uno quisiera que volvieran, pero que eso ya no era asunto mío y no tenía que importarme para nada.
Y entonces nos quedamos las dos calladas, como mudas y apenas pasaron unos minutos cuando el camarero nos trajo otra taza de chocolate que no habíamos pedido ninguna de las dos y no paró de guiñarnos el ojo en todo el rato, mientras servía a las otras mesas. Luego ya, cuando nos marchábamos se acercó a nosotras y nos dijo que éramos las dos preciosas, que al segundo chocolate nos invitaba él, que salía a las 10 y que entonces sí queríamos nos invitaría también a lo que nos apeteciese en aquel momento…
Nosotras nos moríamos de la risa, porque esas cosas no suceden casi nunca en Barcelona. Y ya nos marchamos alegres del Sampaka y bajamos rambla abajo hasta el puerto y así entre mis risas y las suyas, con ese par de tazas deliciosas de chocolate bailando en nuestros estómagos, supe que al fin me había curado de ti, que ya no me quedaba ningún bicho que matar, ni ninguna palabra tuya que leerme o escribirte como hablando contigo o conmigo misma, de madrugada.

mayde molina



2 comentarios:

Laura Caro dijo...

Buen camino ése que tomas del buen humor y de sacar conclusiones del pasado.
Algún día, cuando haya pasado el tiempo y lleves dentro chocolate y risas todos los días, tienes que contarme quién es ese poeta que tanto te hizo sufrir.
Un abrazo, Mayde.

José María Alloza dijo...

A mi gusta todo, las letras, las risas, el chocolate y la proa de la fragata Jean de Vienne (D643)
Besos