lunes, 12 de abril de 2010

Poética memoria


Imagen de Josep Tomàs




Aquí te hablo de cuando era niña, de mi abuela María que era hija de mineros y nació en Córdoba, de la higuera que tenía en el centro del patio allí en su casa del pueblo y de todas las fragancias y cantares del sur; del sentir que yo me aprendí aquellas músicas y aquellos olores ya en el vientre de mi madre, que también era cordobesa
y morena de piel blanca y sonrosada
como todas las mujeres mineras.

Te hablo de las lluvias del verano, aquí en la tierra bonita y verde del mar, del pueblo más grande del mediterráneo, del país pequeño y entrañable, que me vio crecer, cada verano más alta, al regresar del sur… Del olor de los melocotones y las manzanas verdes que tenía mi padre en el huerto, de los dos olivos que le plantó a mi madre en el jardín, para que tuviese un cachito de Andalucía
donde sentarse a coser por las tardes.


Te hablo de mis temores,
de quitarse la hojarasca del pecho, de mis ojos hinchados después del llanto, de las tardes de tormenta en la casita del campo, que me daban tanto miedo, y de cómo luego cuando todo quedaba en calma y mojado, empezaba yo a pasearme para inventar sueños burbuja... y me paraba a escuchar a las hormigas en su sigilo y envidiaba a los gorriones en su vuelo... y dibujaba mis alas con gotas de lluvia para creerme escapar libre, como ellos,
antes de regresar de nuevo a casa para recogerme.

Fue cuando aprendí a ser de aire y a volar entonces, al menos el alma, para no perderme en la noche o en este mundo, cuando sólo tenía nueve años y se marchó mi abuela María hacia otro espacio en el aire, poco después de regalarme la pluma roja, que aún me sigue escribiendo tan y tan bien
cuando la uso.

Te hablo también del fuego, del fuego crepitante que ella me enseñó a sentir corriendo a ríos por la sangre, del fuego que supe que me habitaba y del fuego coraje que fue la única fuerza que me ayudó a ser valiente, cuando la vida me había hecho
tener miedo por ser sólo de aire.

Te hablo de mis poetas andaluces, de esos niños azules, que hicieron de mí un alma blanda y sencilla para comprenderlos...

Te hablo de las amapolas rojas,
de ser también roja y vestirme ahora como ellas aunque me gustara tanto ir de azul cuando era niña y entonces el rojo fuera solo mi pobre abuelo y los poetas andaluces.

Hablo de los quilómetros que he recorrido desde entonces casi sin poner los pies sobre la tierra, del hechizo que sigue ejerciendo sobre mi vida la nocturnidad de la luna, de soñar despierta y seguir aún así haciéndome mujer y ver aparecer frente al espejo, las primeras líneas del tiempo en mi mirar.


Te hablo de mis amores de selva o de jungla, de aquellos que me hicieron perder la razón cuando fui joven y demasiado poética, de los corazones salvajes que jamás
se rindieron ante nada.
Ante nadie.

Estoy hablando de esos inmensos corazones de verde selva y amplio horizonte, que me han hecho llorar muchas veces por no parecerme a ellos y que me han hecho reconocerme después como un espejo, volcando gotas de sal, entre los versos que los hicieron ya eternos, en estas páginas o en mi memoria poética.

Te cuento de mi inocencia, a pesar de haber sido dos veces madre, de mis noches a solas, de mis horas brujas cercando el alba mientras mis niños dormían como los ángeles, de mis versos inmaduros y con poca coherencia sosteniéndome un día más después del café y la ducha instantánea y de marcharme al trabajo medio dormida...

De pasar las horas esperando a que llegara de nuevo la luna y la noche para volver a ser chiquita y colarme en una pluma roja, de relatar hasta el cansancio mis sueños y así hacerlos creíbles y alcanzables para el mañana y de reírme sin remedio cuando pienso que voy a tener una casita cerca del cielo si llego a anciana, aunque no me guste nada por ahora estar tan lejos del mar...

Imagen de Josep Tomàs


Te hablo de ser nada para ser tú mismo, de no llevar a cuestas nombres ni equipajes, de respirar, de caminar descalza entre el heno, de latir, de sentir solamente, de no cavilar demasiado para no tener que perderte en tus cavilos, de vivir siempre en primavera y de olvidar fríos diciembres que me helaron a veces la nostalgia y me hicieron dormitar como en sueños de oruga, cuando yo sólo ansiaba ser mariposa y volver cada verano
en un vuelo hasta el sur.

Hablo de ti y de mí, de los corazones rojos, encendidos,
del hombre y de la mujer y otra vez del fuego y de la rueda del tiempo encadenándonos las manos, de las hogueras del alma y de las auroras prendidas en la piel.

Hablo de todo eso, aunque en el fondo, de lo que pretenda es hablarte tan solamente de mis recuerdos, de mi mundo poético, del material con que estoy hecha, de mi mujer de aire, o de aquella chiquilla extraña que a veces miro al caer la tarde y sigue allí meciéndose muy fuerte, en el columpio de madera que cuelga sobre un manto de hierba densa, bajo las ventanas de mi casa.

Entonces yo corro para pararla, para que no se caiga por querer volar tan alto, la tomo en brazos y me tumbo en la hierba en su regazo, solamente a ver nubes.

Imagen de Teresa Salvador

Mayde Molina

4 comentarios:

Melody Paz dijo...

Mayde que bello esto que has escrito y como otra mujer de aire nos atraemos, nos encontramso entre nubes y viento. Volar siempre volar. Gracias por seguirme y yo también te sigo. Te dejo un beso de alas.

Teresa Fábulas dijo...

Gracias por hablar, de compartir tus recuerdos, de erizarme la piel con tus vivencias, de hacerme partícipe de tus sueños...
A mi también me gustan las amapolas, las rojas, las auténticas.
Un beso entrañable, Mayde.

Melody Paz dijo...

Tienes un premio para ti, en mi blog, retíralo. un besote, te espero.

Mayde Molina dijo...

Muchísimas gracias chicas, es una motivación intensa teneros aquí conmigo.
Besos amapola, para las dos.