martes, 21 de diciembre de 2010

yo, Sabana (Relato)

"Tetide" de Nicola De Luca

Yo, Sabana

Aquel día, en que no llegaste, empecé a hacerme amiga de su voz.
Miraba en mi muñeca,  cómo hacia al absurdo reloj que nunca llevo. Abrí el bolso y busqué dentro el móvil;  eran la siete y media y ya hacía un buen rato que estaba allí  esperándote. Volví a mirar dentro del bolso; dentro del desorden que cuelgo sobre mis hombros y sin saber demasiado qué estaba buscando, empecé a pensar en todo el peso inútil que tantas veces arrastro. 
Todo el peso inútil. Y miré hacia la puerta por si entrabas, pero no.
Allí sólo estábamos él y yo. Su voz,  canturreando algo que podía parecerse a un villancico, mientras iba situando las tapas que ya había preparado,  en el mostrador de la barra.
Su voz,  que me hablaba a unos metros de distancia, a mí, completamente ausente de todo en tu distancia. 
_ Es que como no empiece a poner en orden todo ahora, luego ya no hay manera. Los viernes, se llena que no veas…

Y volvió al final de la barra y se puso a cortar jamón…

_Ahora me callo y no te hablo_ me decía_ porque es que el otro día me rebañé la yema de un dedo, por estar distraído...

Le sonreí detrás del brillo acuoso de mis ojos. Supongo que debió ver resbalando por mi cara alguna lágrima, porque en un instante dejó el cuchillo sobre el jamonero y se acercó sentándose frente a mí. 
_ ¿Cómo te llamas?

Dije Sabana, sin pensarlo. Él arqueó las cejas, como si no lo comprendiera bien, mientras repetía: ¿Sabana?
_ Bueno, en realidad no me llamo Sabana_ traté de explicarle_ Pero me gusta mucho que me llamen así.
_ Pues entonces te llamaré así. Y dime ¿Es tu novio ese hombre que  alguna vez te acompaña?
No pude contestarle con ninguna palabra, solamente negué con la cabeza y él se levantó de la silla de repente, como si lo comprendiera todo y se me  plantó un beso sonoro en la mejilla.
_Ahora mismo voy a prepararte un capuchino. Creo que te va a sentar muy bien

Le sonreí de nuevo. Aproveché para ir al baño, mientras él se perdía tras la barra,  así podría llamarte desde el baño. Y entonces, al instante de oír tu voz, supe que te habías olvidado de nuestra cita. Me respondiste como otras veces  en un: “¿Cuándo vienes? Tengo que enseñarte algo que acabo de escribir”.
Pero yo ya no fui capaz de regresar,  ni tampoco de darte ninguna explicación.
Creo que si no hubiese habido, antes de esa tarde de diciembre, otra docena de tardes como aquella, aún hubiese tenido fuerzas para regresar y que me leyeras todo lo que habías escrito, mientras te olvidabas de que habías quedado conmigo en algún café de la ciudad. Pero es que aquella tarde hacía mucho frío y ya no tuve ganas de andar sola hacia tu casa.
Pero sí regresé durante un par de semanas a aquel mismo lugar. Necesitaba mucho los capuchinos, que ya se me habían hecho tan imprescindibles como las 6 horas de sueño. Necesitaba su risa para huir de mí misma, escuchar  la cantinela de su voz, subiendo y bajando por mis montañas rusas.
Empecé a darme cuenta de que antes de que yo entrara, él ya tenía los ojos puestos en la puerta. Siempre tenía tiempo para mí, se sentaba sin prudencia alguna en mi mesa y hacia un gesto a la camarera de “tú ve haciendo, como si yo no estuviera”
Un día, se le ocurrió dejar a un amigo suyo: “el Trapas”, que el pobre andaba sin trabajo,  a cargo de todo lo referente a las cenas del local. Entonces bajábamos paseando desde Verdi hasta Santa María del Mar. Yo colgada de su brazo y él de mi ilusión recién inaugurada.
A menudo, cenábamos en aquel sitio del Born que a mí me gustaba tanto y al que tú no querías ir porque no te dejaban fumar dentro.

Ahora casi siempre vamos a mi casa, porque allí es donde aún tengo todas mis cosas y puedo ponerme a escribir si me desvelo en plena noche o no me duermo tan rápido lo hace él.
Vivimos todavía en esa etapa tan bonita en que no podemos dejar de vernos ni un solo día. Ni un solo día, ni una sola noche podemos dejar de hacernos  el amor.
A veces siento que también hago el amor con su voz y con cada uno de los sonidos que emergen de su cuerpo. Yo casi nunca digo nada. Me callo, respiro intensamente sus sonidos y escucho sus palabras.
A veces, me atrevería a decir que son casi poesía pero luego va y suelta algún taco y a mí me estalla la risa y pienso que… ¡qué coño jodida poesía y sus atroces!
Me gusta mucho como suena mi nombre nuevo entre sus labios. Me lo pronuncia tan despacio que me dibuja en cada letra.
Me gusta cómo suenan sus besos en mi espalda, como moja los silencios en que no habla y solamente se desliza con la boca abierta desde mi cuello hasta el final de mi vientre. Como retumban sus latidos o sus jadeos en la habitación, cuando se mueve alborozado como un potrillo desbocado sobre mi cuerpo.
Ahora soy más muda que nunca cuando hago el amor con él. Ya no hablo, ni indico  camino alguno. Ha dejado de ser necesario. Solamente  emito algún sonido suave y prolongado; algún estremecimiento que vuela como él lo hace, de dentro hacia fuera.
Es como si hubiese vuelto a nacer al mundo de los sonidos, como si se me hubiese agudizado más el oído, o existiese en mí una nueva conexión oído-tacto.
Pero casi nunca puedo dormirme tan rápido como él. Entonces siempre recuerdo que mi abuela me decía que quien se duerme en seguida es porque tiene la conciencia tan tranquila como la de un niño pequeño.
Y me quedo pensando que yo también tengo la conciencia bastante tranquila, es sólo que a veces me galopa algún  pensamiento y no me deja dormir hasta que no lo escribo o lo remato.
Por eso he puesto mi escritorio aquí mismo, justo al lado de la cama.
Me levanto y me siento a escribir todas estas cosas que no puedo contener.
Lo miro y está completamente dormido con los brazos y las piernas abiertos en cruz, como un bendito y me da la risa  tonta cuando me imagino que es como si estuviese esperando a ser abducido por algún dios de los sueños. Pero luego se gira y se acurruca hacia el hueco que yo he dejado en la cama, lo palpa con la mano y abre un poco los ojos buscándome; arquea las cejas y me sonríe desde lo hondo de su sueño. En menos de un minuto vuelve a estar otra vez panza arriba, con los brazos abiertos en cruz.
De vez en cuando le oigo decir mi nombre entre sueños.  “Sabana, Sabana”… 
Ese es el nombre con que él me llama, el nombre que se  adueñó de mí  aquella tarde de diciembre en que te esperaba sin dejar de fumar, sentada en una mesa vacía.

El nombre que me quita todas las corazas. Un nombre como el alma que ahora abro y empiezo a entregar cuando él me ama.

* Sabana, es un personaje que iré trayendo más adelante en algún relato. Esta es solamente su presentación.
Besos y gracias a todos, por estar aquí conmigo...

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Amiga Mayde es el relato que te leo que más me ha estremecido.
Tiene identidad, señal de que trabajas muy duro.
Felicidades!!!!
Pepa Ortiz

Taty Cascada dijo...

Es más que identidad, es calidez, es sentir que lo escrito tiene consistencia, que es verdadero...Sentí a Sabana parte de mi...Amiga, te cuento una curiosidad, ayer estaba jugando con las palabras y recuerdo que me quedé pegada en la palabra sábana porque lo asocié con la sabana africana, de allí iba a derivar un escrito, ahora que veo que lo tomaste con un personaje me quedé alucinada, jaja, es increíble...

Te dejo amiga aquí en tu casita virtual, mis deseos que estas fiestas sean felices, alegres, que reine en tu mesa la armonía y esperanza.
Un beso.

angelcifu dijo...

importante que las palabras dejen paso a los gestos, a las miradas, al tacto suave...para convertirse en respiraciones entrecortadas, sonidos silabeantes...pasión y humedades entre las sabanas.

salud compañera

RELTIH dijo...

UN ESCRITO MUY CREATIVO. ME GUSTA.
BESOS

Pedro F. Báez dijo...

Mayde hermosa, tan afectuosa y cálida. Pido disculpas porque no he visitado como debía y en este momento no tengo el tiempo requerido para leer tu relato como merece, con calma y disfrutando cada palabra y sus tonos. Regresaré para hacerlo. Pero no quería dejar de desearte unas muy felices fiestas navideñas y lo mejor para 2011, en compañía de todos tus seres amados. Dios te bendiga y te dé siempre para que no se agote en ti jamás ese amor y ese talento indiscutible que mana de todo cuanto escribes. Un abrazo y beso para ti.

TORO SALVAJE dijo...

Precioso relato.
Bien escrito y bien construido.

Te felicito.

Besos.

Carmela dijo...

No se analizar si están bien escritos ni construidos, como toro salvaje.
Sólo se decir que se te siente, y para mi es lo mejor.
Biquiños guapa.