No consigo escribir ni una línea coherente, figúrate que fiebre…
Me duele la cabeza, me arde la garganta y hasta me cuesta tragar el agua.
Y sólo pienso en cuando era niña y aún con anginas, con casi 40 de fiebre, comía galletas María mojándolas en leche, porque creía que así tendría muchas fuerzas y me recuperaría antes para volver a jugar a volar.
Pero luego lloraba y lloraba hasta que me dolía aún más la garganta y se me hinchaban completamente los párpados. Lloraba porque no me dejaban salir a la calle o ir a patinar veloz como el viento, abriendo en cruz los brazos, que era casi como estar volando sobre el asfalto.
_¡Pero si me he comido todas las galletas y ya tengo muchas fuerzas!_ le decía a mi madre protestando entre mocos y lágrimas
Recuerdo que ella solamente me abrazaba, me miraba triste, aunque su rostro sonreía y me decía:
_ Cuando no tengas fiebre ya saldrás, cariño.
Entonces llamaba a mi abuela, para que viniese a verme y a jugar conmigo toda la tarde. Y ella venía y me cuidaba, se inventaba cuentos para mí y me divertía mucho más que sí jugaba con mis muñecas o con mi hermano pequeño a cualquier cosa. Porque con ella yo vibraba, era feliz y me curaba mucho más rápido, porque me curaban sus cuentos y sus manos e imagino que también un poco las galletas… Y otra vez a la calle y a volar y a crecer soñando.
Maldita sea, toda la infancia comiendo esas galletas María como un saco sin fondo, para que aún a mis años vuelvan a torturarme de vez en cuando las anginas, ahora que ya no me curan ni siquiera los cuentos.
Pero figúrate que absurda, esta nostalgia mía, cuando estoy un poco enferma, de querer volver a ser niña y no tener que contener ni una sola lágrima. No tener que comprender el mundo a la manera adulta, queriendo dar respuesta a porqueses y preguntas, que nadie, nadie sabe cómo explicar.
No tener que esconder mi llanto o mi ternura o mis pequeñas fantasías, no tener que esperar a que me lo cuente todo mi madre abuela, para que yo lo comprenda mejor y sonría y llegue a ser más fuerte o más valiente en la vida.
Y sentirme protegida, aquí en casa, oculta y diminuta, entre mis cuatro paredes y mis nostalgias de infancia. No querer entender ni tolerar la hipocresía, ni la falta de amor, ni la mentira, no tratar de averiguar lo extraño que se me hace tantas veces el laberinto de lo humano.
No tener que enviarte mis palabras pequeñas volando en una carta, para que tú me comprendas al leerlas, cuando no me cabe la tristeza en un poema...
No tener que imaginarme, como si fuese solamente un sueño mío, sentada en tus rodillas, sino estar en ellas, sobre ti y en ti, mirándome en tu dicha, siendo la niña o la mujer que cobra vida, ahí en las niñas de tus ojos, y dejarte ser niño de piel y sentimiento entre mis brazos, dejarte ser hombre al mismo tiempo y dulce y fuego entre mis labios y pedirte que me cuentes al oído y a tu modo los secretos…
Porqué nos dejo solos la distancia tanto tiempo, porqué justo ahora que volvemos a tenernos, volvemos a sentir tan de verdad las alas, a creer que volar es de verdad, que vivir es de verdad, que amar es mirarte y saber que estás y comprender mejor lo que no tiene explicación alguna junto a ti…
Y besar juntos las memorias de nuestras madres- abuela y abrir la caja de galletas y jugar con los retales de inocencia que aún nos quedan tan intactos…
No me sueñes. No me sueñes solamente. No me pienses cuando duermes y me inventes desnuda entre tus brazos y te creas que ahí me tienes.
Sólo tenme, sólo créeme, sólo siénteme.
No me sueñes solamente, no dibujes con tus manos en la noche mi talle, no me exilies a tus besos sin carne, no me ames con lenguaje de sueño, brumoso y volátil. No me estalles volcán de aire, en medio de la nada. No te vayas sin mí, ni de mí. No me duermas sin ti, no me dances nocturno y secreto y sin baile. No me sientas piel de aire, no me prohíbas cuando levante la mañana y el mundo me prohíba, no te midas en el tiempo sin mí. No te fugues a ningún lugar sin mí.
No me escondas de día, no me mueras de día, no me calles de día, no te olvides de mí. No me falles.
Porque yo no sólo te sueño cuando duermo, no sólo te pienso cuando duermo, no sólo te beso y te alcanzo en el aire y estallo en mil pedazos sobre mi lecho, si te invento. No sólo te pido y te desnudo y te llevo como a un sueño vivo. Yo te siento.
Tenso las cuerdas del tiempo y si están flojas; me mido en la distancia hasta tu boca. Y otra vez más, cuando caigo en picado desde el aire, eres el fuego en las llamas de mi vientre, cierro los ojos y me apago lentamente, durmiendo en este sueño que se me ha hecho presente, y cuando me desvelo me exilio al clamor de tu silencio, te miro con mis ojos sin tiempo, te pido rubor a mis mejillas, a mi toda fantasía, te siento en mi saliva, te huelo y te respiro y te palpo.
Renazco de tus labios y somos sal y viento y beso y carne y realidad.
Y no es que sea solamente eso, amor, no es que yo diga o tema, o te prohíba al despertar y entonces tú te vueles tras el sol. No es que yo pida que acabe pronto el día y llegue otra noche, para que vuelva a estar dormida y allí te sueñe o te llame a mi pasión. No es que te desee solamente en el fervor de mi mente y no sepa alcanzarte más allá. No es que te presienta al despertar y te retenga en mi caricia y te esconda debajo de mi piel, de mi sonrisa y te lleve por el mundo y sepa simplemente que un día ha de ser. Es que ha de ser amor.
Porque está escrito en el libro de la vida, porque el sueño se ha hecho vida y camino y fundamento de nuestros pasos.
Porque el sueño está despierto, porque está escrito en el lenguaje de los tiempos, porque lo he escrito yo a golpe de palabra, a golpe de nostalgia, a canto y a delirio y a plegaria de mi voz, cuando llega otra mañana y me despierta y tú te vuelas al sol y desde allí lejano me contemplas.
Me calientas la piel y me das vida y me lastimas, me lastimas y me sueñas y me olvidas, todo el día, amor.