viernes, 26 de junio de 2009

Un lugar en el mundo

Un lugar en el mundo...


Una brisa que olía a mar sereno, se colaba entre los hilos de la cortina que estaba suspendida en la ventana de su alcoba.

Ella aún dormía, soñaba con el rostro sereno, mientras nacía el día al otro lado y poco a poco, por cada espacio sin tejer de la cortina se iba filtrando más la claridad.
Fue aquella luz la que despertó a Hebe de su sueño.

Se levantó bostezando, apartó la fina tela y se asomó a la ventana. Desde allí podía ver el mar.
Apenas había 150 metros de distancia por el camino de la playa.



Y como cada día; se lavó la cara, cepilló su larga melena de bucles revueltos en la almohada, se vistió y salió de la casa en silencio dirigiéndose hacia la playa con las sandalias cogidas en una mano.



Llegó hasta la orilla y se sentó frente al mar, perdiendo la mirada en aquel horizonte de espumas azules. Empezó a dibujar con un dedo en la arena estrellas, soles y corazones. Más tarde, dibujó también el perfil de un hombre griego…
De repente, una voz la estaba llamando a pocos metros de la orilla:

_¡Hebe, Heeeeeebeeeee!!¡Acércate, que soy yo, Uriel!_
Y Hebe se levantó intrigada, hundiendo los pies en la arena y pudo ver como él amarraba su barca a pocos metros de la orilla.

Se alzó la falda hasta la cintura y empezó a caminar lentamente sumergiéndose en el agua, en dirección a la pequeña embarcación.
Aquel hombre no dejaba de sonreírle, mientras avanzaba hacia ella veloz entre las olas.
Cuando se encontraron, Hebe se puso de puntillas y apoyó las manos sobre los hombros de él, asomándose con valentía a sus ojos.

Él la miró sorprendido por aquel gesto. Y Hebe aturdida por aquella mirada sin tiempo se preguntó quien era él... mientras Uriel, que tenía el rostro muy moreno y rastros de niño aún en la expresión de su cara, aproximaba los labios hasta su frente para besarla y le rodeaba con las manos la cintura acercándola más aún a él.

Entonces la abrazó contra su pecho y le acarició el cabello, mientras susurraba en sus oídos que había venido un día más sólo para besarla.


Y Hebe levantó la cara y cerró los ojos dejándose besar y fue entonces, con el mar bajo sus pies creciendo en rumores, cuando llegaron al fin todos los recuerdos a su memoria...

_¡Eres tú… Uriel! _le dijo ella_ Te estaba esperando.

Y empezaron a pasear juntos por la orilla uniendo el vaivén de sus cuerpos al caminar. Él la rodeaba con su brazo derecho que quedaba cubierto bajo la larga melena de Hebe. Y ella se cogía también a él apoyando su mano en la cintura, mientras con la otra sostenía aún las sandalias.

Caminaban por la orilla de ese modo y hundían paso a paso sus pies descalzos en la arena mojada, dejando atrás unas tenues huellas que el mar iba borrando casi al instante.


Veían como más atrás en los lugares donde el agua no llegaba a empapar la arena, ésta brillaba como si contuviese partículas de puro oro. Y podían sentir a aquellas horas de la mañana, el eco de las olas muriendo y dando vida a la pequeña playa, hija del mediterráneo, que bañaba la costa azul y serena de aquella isla griega.

Y charlaban y reían abrazados hasta que el sol empezaba a ser tan intenso, que fueron a recogerse bajo la sombra de una barca que encontraron semihundida en la arena. Allí tumbados, se entregaban a un amor cálido y pausado. Uriel enredaba sus dedos entre los bucles del pelo castaño de Hebe. Y cerraban ambos los ojos por largo tiempo, para sentir sólo el tacto de las manos acariciándose y el sabor salado de los besos junto al mar. Y ya bien entrada la mañana, se levantaban de su rincón de ternuras porque ella tenía que regresar a casa y Uriel debía partir, para llevar su pesca al mercado antes de que fuese demasiado tarde y se echara a perder.


Y le dio el último beso y se marchó nadando hacia la pequeña embarcación, que había dejado amarrada a pocos metros de la orilla, para regresar luego remando hasta la isla de al lado, que era el lugar en que él vivía desde niño.

Aquella mañana despejada, podía verse dibujada en el horizonte la silueta de Citera desde la playa de la isla mayor de Creta.

Cuando Uriel llegó a su barca, empezó a remar mar adentro mientras Hebe lo miraba desde la arena, despidiéndolo con la mano y mandándole un beso al aire, que él, jugando, intentaba atrapar con su mano abierta.


_¡Adiós mi amor, hasta mañana!_le gritaba desde la barca antes de perderla de vista...

Y mientras se alejaba, dejando atrás la silueta de Hebe en la playa, se le escapaba algún bostezo pues desde las 12 de la noche, en que había partido con su barca no había dormido aún nada. Y navegando rumbo a su isla, iba pensando cuantas noches más enteras debía pasar pescando, para poder ganar las monedas suficientes que le permitieran construir una casa en su pequeña isla y así llevarse a Hebe a su lado.

Y los mismos pensamientos, flotaban en la cabeza de Hebe mientras permanecía sola sentada en la costa, sintiendo que no podía pasar más tiempo teniéndolo solamente en aquellas horas de sus mañanas.

Cuando la pequeña barca desapareció de su vista, Hebe emprendió el camino de regreso por la orilla, con las sandalias aún sostenidas en una mano y mirando hacia el horizonte viendo aquel pequeño mar de Creta, tan luminoso y azul en las primeras horas del día.


Pero de repente, sintió que estaba perdida, que llevaba demasiado tiempo andando y que no encontraba el camino de regreso a casa…

Entonces aturdida, se dio cuenta de que sus ropas eran otras muy diferentes y se giró para mirar hacia atrás y ya no vio ni las huellas de sus pisadas en la arena ni el pequeño barco de Uriel alejándose en el horizonte, sino otras embarcaciones mucho más grandes que se dirigían hacia un puerto y un paisaje urbano. Aquello que veía ahora no era su pequeña isla, griega sino la playa de una ciudad gigantesca que también despertaba cada mañana a orillas del mediterráneo.

Se sintió confundida por aquel extraño panorama y despertó repentinamente del sueño, descubriendo que lo que sucedía era que ella no era Hebe, que estaba tumbada en su cama, muy lejos de la playa. Lucía, ella se llamaba Lucía.

Y Lucía se entristeció, al darse cuenta que de nuevo, todo lo vivido había sido una vez más tan solo un sueño. Supo entonces, que pertenecía a otro tiempo, a otro espacio, a otra realidad y que vivía en otra ciudad muy diferente, que aunque también se encontraba a orillas del mediterráneo se llamaba Barcelona.

Y entonces era cuando la realidad se volvía más insípida y cruel porque no existía ningún Uriel en su vida, ni ningún hombre por el que ella quisiera ser besada de aquella manera desde hacía mucho tiempo.

Aunque extrañamente, cada noche, regresaba a su imaginación aquel sueño repetitivo en el que se veía a si misma como una mujer griega. Y sentía que aquel sueño le proporcionaba todo la paz y el calor que necesitaba en sus noches de soledad.

Y aunque despertaba entristecida por la ausencia de realidad… dejó día tras día de lamentarse pensando en las antiguas nostalgias de los amores huídos… Ahora tenía un sueño, y cada día se repetía del mismo modo.

Se pasaba el día vagando en el recuerdo de aquel hombre griego que ella aún no conocía y que sin embargo, no dejaba de aparecérsele con una extraña claridad en el mundo de sus sueños.

Una noche pensó que lo mejor era escribir aquello, para no olvidarlo nunca y se sentó frente a su ordenador y empezó a escribir en un blog que tituló "Mujer de aire" .



Al otro lado del mundo, muy lejos de las istas Griegas y a unos 5000 km de la ciudad de Barcelona, un hombre americano con rasgos griegos llamado Ed, leía cada día, antes de irse a dormir, los escritos de Lucía...

“Soy una mujer de aire, busco un lugar en el mundo donde mis sueños no sean tan frágiles como la luna en diciembre…”


Decía ella de sí misma en la cabecera.
Y ni siquiera le importaba, cuantos tipos se reirían al leer aquellas palabras.

Pero Ed era muy diferente. Soñaba casi tanto o más que ella. Él era piloto de aviones de pasajeros y un día mientras esperaba el momento de emprender un nuevo vuelo intercontinental, había escrito sobre una hoja en blanco:

"Soy
hombre que como él aire vuela por los espacios del mundo, buscando las huellas del destino más dormido”.



En algún lugar del mundo, un hombre de aire soñaba sin saber porque, que era pescador y que una hermosa mujer lo esperaba cada mañana, a la orilla de una playa sosteniendo sus sandalias en la mano.

Cada noche de ella, era para él una nueva mañana.

Muy lejos de su tierra, ella seguía soñando que estaba con él en la playa, y él leía sus palabras antes de irse a dormir y se transportaba con la imaginación a aquel lugar en que Lucía, la mujer de aire, dibujaría con los dedos sobre la arena su rostro contemplándola.

Y ambos al despertar, en cada extremo del planeta… aunque jamás hablaron con nadie de ello, empezaron a creer firmemente en el sueño...

Y por creer tanto en él, a pesar de ser de aire, no dejó de sorprenderlos haciéndose realidad después de aquel verano, en algún lugar del mundo frente al mar...

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Lucíabluesindreams

2 comentarios:

Luisa Loida Torres Quintanilla dijo...

Hola bendiciones

Lucíabluesindreams dijo...

Gracias linda, un placer conocerte... que estés muy bien!